Un capítulo

Desconozco los motivos más habituales de la gente para abandonar su trabajo. Es más: intuyo que en los tiempos que corren quien más quien menos aguanta carros y carretas con tal de no verse despedido. Sea como sea, casi todo el mundo opina que la razón por la que dejé mi último empleo es una soberana estupidez. Quizá incluso una locura. Ya he mencionado el asunto: el puto pesado de los desayunos. Un capullo. Todo aquel que no entienda que algunos hombres necesitan un poco de paz y tranquilidad y, joder, mentalizarse durante un rato antes de subir a la oficina lo es: un verdadero capullo y un jodido degenerado mental. El tipo en cuestión se llamaba no sé qué Sepúlveda. Era nuevo, un par de semanas en la empresa. Una mala mañana decidió entrar a tomar el café en el bar donde yo solía desayunar. Quién sabe por qué acabó allí, pues se trataba de un bar situado a tres manzanas de la oficina. Al poco de empezar en la empresa me había decantado por él para empezar la jornada porque su lejanía con el trabajo me garantizaba no coincidir con ninguno de mis compañeros. Tener que hablar de buena mañana del tiempo, del fútbol, del gobierno, de la crisis, de las tetas de la secretaria de la tercera planta, en fin, de toda esa mierda, siempre me ha parecido un tormento laboral ajeno al que el salario retribuye. El caso es que Sepúlveda entró en el bar, me vio y se apoltronó en el taburete vecino como si tuviera derecho o cuando menos legitimidad para hacerlo.

-Buenos días –dijo sonriendo amplia y tontamente, como casi toda la Humanidad a los veinticinco, desde debajo de su ridículo bigotito.

-Hola –le contesté, y en previsión de lo que me venía encima cogí el periódico que había sobre la barra. Lo abrí por una página al azar y me parapeté tras él. No fue una señal lo bastante clara para el cretino.

-Soy no sé qué Sepúlveda –continuó, agrandando aún más su sonrisa barbilampiña.

No contesté.

-Tú eres Boris, ¿verdad? El de RECOBROS.

No contesté. Sepúlveda, sin embargo, se dio por respondido.

-Ya. Yo estoy en PERSONAL. Me han puesto de adjunto del Director. Ya sabes, Sánchez. Dicen que el año que viene se jubila…

Dejó que esta última frase quedase suspendida en el aire de un modo demasiado evidente. La pausa en su discurso solicitaba con similar descaro algún comentario por mi parte. Me limité a mirarle, esta vez con más profundidad que en las ojeadas que me había visto obligado a dedicarle anteriormente. La codicia centelleaba en sus ojos de veinteañero trepa. No sé qué vería él en los míos pero desde luego sirvió para hacerle callar. Maravilloso silencio humano. Me creí ganador. La máquina de café del bar y la melodía intermitente de la tragaperras era cuanto se escuchaba. Fue un espejismo acústico. Al cabo de un par de minutos Sepúlveda prosiguió con su cháchara. Esta vez temas más mundanos. Del estilo de los que antes he enumerado. No se calló ni cuando de camino a la oficina con él pegado a mi lado fingí usar el móvil para hacer una llamada. Subiendo a la oficina en el ascensor sentí ganas de partirles los dientes contra el pasamanos. Me preocupé de verdad. Una violencia desconocida se abría paso por mi cuerpo a través de tendones y músculos. El río de furia desembocaba en mis manos. Temblaban. Por suerte en ese momento las puertas del ascensor se abrieron en el piso del Departamento de Personal. Sepúlveda me dio un amistoso puñetazo en la cara externa del brazo a modo de despedida. Era su manera de decir que habíamos confraternizado, supuse mientras lo veía alejarse por el pasillo. Era su manera de demostrar que de pronto formaba parte de mi vida. Sentí náuseas. Reprimí las arcadas mientras esperaba que las puertas del ascensor se cerraran. El espejo de cuerpo entero me devolvía un reflejo difícil de reconocer. Un ser de otro mundo. Una vez solo vomité un poco en un rincón del habitáculo. Bilis color café con leche. Sabía que el suplicio no había hecho más que comenzar. Estaba convencido de que aquel cabrón iba a desayunar conmigo todos los putos días. La única duda era cuánto tiempo sería yo capaz de aguantarlo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Un capítulo

  1. micromios dijo:

    Extraño texto con personajes reales, situaciones conocidas, pero con desenlace irreal (alguien dejaria el trabajo en estos tiempos?)
    Salut

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