Una conversación placent-era

Inma tiene 38 años y está en la semana cuarenta de su primer embarazo. Le faltan dos días escasos para salir de cuentas. Sentada en el sofá con los pies sobre la mesa de centro, rebaña con la cucharilla el fondo de una tarrina de helado de avellana y mira la tele con el ceño levemente fruncido. Un programa de prensa rosa. Son las once de la noche. Hace frío pero ella está acalorada. Con un movimiento enfurruñado se deshace de la manta con la que estaba cubriéndose las piernas. Se observa los tobillos. Están hinchados. Tiene las mejillas encendidas. Suda. Le duelen los riñones. Está incómoda. Sobre todo está nerviosa. Durante un instante se plantea la posibilidad de telefonear a casa de sus padres. De pronto necesita un poco de atención. Sentirse pequeña de nuevo. Que una voz autorizada le diga que todo va a salir bien. Inma estira el brazo izquierdo hacia la mesita lateral en busca del teléfono. No lo alcanza. Tal vez para no tener que levantar el culo del asiento descarta la idea de la llamada. Otra razón, probablemente más importante, es que no le apetece que su madre vuelva a reprenderla por no aceptar pasar estos últimos días en su compañía. Así que de nuevo se deja abrazar por el resplandor azulado con que el televisor inunda la habitación. Dentro del aparato un tertuliano con pajarita habla sobre el robado de la princesa de no sé dónde. Otra colaboradora replica que las fotos son un ejemplo clarísimo de posado-robado. Su voz es como un graznido. Inma se repantiga un poco más en el sofá y coloca las manos extendidas sobre su vientre ovoide. El ombligo queda en el centro exacto del triángulo que forman sus pulgares y sus índices al unirse. Es como uno de esos símbolos bíblicos, piensa, como el ojo de Dios. El pensamiento no le gusta. Pero cuando se dispone a retirar las manos nota justo ahí, en el ombligo, un par de patadas de su inminente hijo. Por un momento interpreta los golpes como una especie de toc-toc. Un intento primario de comunicación. Y seguramente por eso Inma no puede evitar sonreír y decir en voz alta y tono meloso:
-Tranquilo, pequeño, dentro de nada estarás aquí conmigo.
En otro momento de su vida, cuando llevaba rastas y creía que su existencia iba a ser maravillosa y especial y exitosa y, en todo caso, mucho mejor que la del común de los mortales, Inma habría criticado lo ridículo de hablar con un feto, por muy avanzado que fuera su estado de gestación y por mucho que insistieran en las virtudes de tal práctica los libros de asesoramiento pre-parto y hasta publicaciones científicas de renombre. Ahora sin embargo no siente el menor reparo en hacerlo. Y ni siquiera se sorprende en exceso cuando escucha esos sonidos guturales, como palabras en estado embrionario, atravesando la piel tensa de su vientre y diciéndole:
-Ya lo sé, madre, de eso precisamente quería hablarte.
-¡Oh, Dios mío! ¡Hablas!
-Contigo sí, madre. No olvides que estamos conectados. Puede decirse que somos uno. Por lo menos hasta pasado mañana.
-¡Dios bendito! ¡Qué listo es mi niño!
-No es para tanto, créeme.
-¡Que no es para tanto, dice! Esto es digno de la portada de Science. Agárrate fuerte ahí adentro, que voy a por la grabadora.
-¿Quieres hacer el favor de quedarte ahí sentada? Joder, ¿ves a lo que me refiero? Si me hubieras prestado un poco más de atención haría ya meses que habrías escuchado lo que quiero decirte.
-Oye, a mí háblame con respeto, ¿eh?, que soy tu madre.
-Sí, bueno, vale, perdona. En fin, a lo que iba. Hay un asunto del que me gustaría hablar contigo. Estoy en vilo desde que te oí contarle a esa amiga tuya profesora de yoga que habías decidido cometer semejante aberración.
-¿Aberración? Pero ¿de qué estás hablando, cariño?
-Hostia, pues de lo de la jodida piscinita… ¿Es innegociable?
-¡Que no digas tacos, criajo deslenguado!
-Está bien, está bien… Pues eso, ¿de verdad vas a seguir adelante con lo del parto acuático? ¿Me has tomado por una puñetera trucha o algo así?
-¿Cómo? Pero si dicen que es la manera menos traumática de venir al mundo. Agua templadita, luz cálida, ingravidez… Un entorno mucho más acogedor que la cama de un hospital. Y si lo que te preocupa es ahogarte debes saber que…
-Sí, sí, ya lo sé. Mis vías respiratorias están acostumbradas al líquido amniótico y todo ese rollo, no soy gilipollas.
-¿Entonces?
-¿Cómo que entonces? ¿Tan raro te parece que no me seduzca la idea de ser lanzado al mundo como un puto torpedo subacuático? Joder, madre, que tengo piernas y brazos, ¡no aletas!
-¡Oye, tú! Aquí la que pare soy yo y lo haré donde me salga del coño.
-Nunca mejor dicho…
-¡Oye, oye, oye! No te me pongas cínico que la tenemos, te aviso. Habrase visto con el renacuajo. A ver si vas a ser otro de esos que piensan que los derechos de la madre no cuentan para nada.
-En absoluto, madre. Aquí y ahora ya me siento en disposición de asegurarte que soy un ferviente defensor del aborto. Lo poco que he intuido del mundo exterior a través de esta membrana de piel estriada me hace estar seguro de que ni en el lugar más bonito de La Tierra voy a estar mejor que aquí dentro.
-Pues en ese caso, ¿qué más te da cómo venir al mundo?
-¡Joder, claro que me da! Si la vida del humano medio es la mitad de lamentable de lo que desde aquí he tenido ocasión de vislumbrar, ya tendré tiempo para humillaciones e indignidades. ¡No me hagas nacer en un jodido delfinario, por lo que más quieras!
-No es un delfinario, tonto, es un acuario muy bonito y muy limpio y muy acogedor. Y de fondo suena una música de sitar de lo más relajante.
-De sitar… Dios bendito.
-Además, lo hago por ti.
-¡Y un huevo! Lo que tú quieres es sentirte especial, diferente y bohemia con esto de alumbrar a un mamífero terrestre dentro de una puta pecera.
-Pero ¿cómo te atreves, desagradecido? A mí solo me importa tu bienestar.
-Sí, claro… Seguro que dirás lo mismo cuando a los siete años me apuntes a clases de flauta dulce, al equipo de balonmano y a la academia de inglés, alemán y chino.
-¡Ya me he cansado de tonterías! Se acabó la discusión. ¡Nos vamos a la cama!
-Madre, no me dejes con la palabra en la boca. Un poco de consideración. Recapacita, por favor.
-¡Chitón he dicho!
-¡Hostia puta! ¡Ya está bien! Exijo hablar con mi padre, a ver si él entra en razón.
-Tu padre es un botecito congelado en un banco de esperma, para que te enteres.
– ¡Qué! ¡Pero cómo! ¿Y ese compañero de trabajo con el que retozabas los martes? Vamos, no me jodas… ¿Ni siquiera puedo aspirar a que mis padres se divorcien cuando esté en plena pubertad y me colmen de regalos? Hay que joderse…
-Y para que lo sepas: habría preferido que fueras una niña.
-Ya, ya. Por lo que intuyo desde aquí, yo también. ¿Ves? Ya estamos de acuerdo en algo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Una conversación placent-era

  1. Sulo Resmes dijo:

    Plas…plas…plas. No puedo más que aplaudirte. Si no conseguimos que te publiquen, es que el mundo anda mucho más jodido de lo que pensábamos.

  2. MAJO. dijo:

    Absolutamente genial!!!

  3. carmina dijo:

    Genial!!

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