Marca blanca

Me ducho sin prisa. Me tomo mi tiempo. Froto a conciencia. Las axilas, las ingles, detrás de las orejas. Intento disfrutar del momento. Relajarme. Concentrarme en la idea de que hoy va a ser un día mucho mejor que cualquiera de los últimos veintiocho. Pero entonces veo el jodido Pantene Pro no sé qué con antioxidantes, humectantes, vitaminas, pro-vitaminas y extractos botánicos tumbado en la rejilla para el gel y el champú. Y mi moderado optimismo se diluye bajo la ducha. Ya puestos, decido probar tu champú en mi pelo. No noto ningún cambio significativo con respecto a lavarme la cabeza con el sucedáneo de marca blanca de Eroski que siempre he utilizado. Tal vez que la espuma que genera el barato escuece un poco más cuando se mete en los ojos, pero nada más. Salgo de la ducha y me seco. La toalla huele a humedad fría y rancia. Como los rincones de las ermitas remotas, como las sombras perpetuas de las cuevas. Como una tumba excavada en la tierra reblandecida por la lluvia de un campo nocturno. Imagino todo eso muy fugazmente, lo juro. Tan solo un instante. Una fracción de segundo, lo juro otra vez. Estoy mejorando. Luego me lavo los dientes ante el pequeño espejo rectangular que hay sobre el lavabo. Los cepillo y cepillo hasta que una finísima diadema de sangre corona cada uno de ellos. Escupo. Dedico unos minutos a escrutar el espumarajo. Pese a que la luz blanquecina del fluorescente que enmarca el espejo hace que el rojo resalte sobre la pila, no consigo leer nada escrito en los hilillos sanguinolentos que garabatean la clorofila. Era previsible, supongo. Abro el grifo y el potencial mensaje se espaguetiza y comienza a girar despacio arrastrado por el remolino que rodea el desagüe-vórtice. Horizonte de sucesos. Finalmente, como si mi saliva nunca hubiera existido, es engullida sin dejar rastro por el agujero negro. ¿Dónde irá? ¿Directa a su desintegración? ¿Tal vez rumbo a otra dimensión? Y de ser así, ¿a una mejor o a una peor? Debería dejar de ver documentales del espacio. En cualquier caso, la desaparición de mi escupitajo me causa cierta tristeza. La frustración de lo irrecuperable. Una pena, en todo caso, de baja intensidad. Leve, llevadera. Nada que ver con la que se instaló dentro de mí el día que decidiste esfumarte de mi vida. Mientras miro mi reflejo en el espejo me digo en voz alta que no estoy loco: sé que lo más seguro es que no hubiera ningún mensaje que descifrar escrito entre la saliva y el dentífrico, pero tenía que intentarlo. Y también sé que no debería sentirme culpable por cómo acabaron las cosas entre nosotros. Pero últimamente siento que necesito con urgencia una señal. Alguna clase de epifanía. Algo que me diga todo lo que ya sé con una voz diferente a la mía. Algo que consiga desembarrancarme, joder. ¿Y por qué no iba a ser mi salivazo en el lavabo un sitio tan bueno o tan malo como los posos del café para buscar esa revelación? Ayer no encontré nada oculto en ellos, es verdad, pero no costaba nada intentarlo. Y hoy tampoco. Así que salgo del baño, me visto y me dirijo a la cocina. Pongo la cafetera al fuego y salgo a la pequeña terraza a fumarme un cigarro mientras espero a que el café esté listo. Hace buen día. Ni una nube en el cielo. El sol calienta sin quemar e ilumina sin cegar. En el edificio de enfrente una mujer joven a la que nunca había visto riega las plantas de su balcón. Lleva una camiseta de tirantes larga y holgada. Cuando se inclina sobre las macetas sujetas a la barandilla puedo verle las tetas. No son gran cosa. Ella se da cuenta de que la observo, pero no parece importarle. Puede que hasta le guste, porque después riega los maceteros que hay en el suelo del balcón y se asegura de enseñarme el culo mientras lo hace. Decente. En fin, la verdad es que la chica no es nada del otro mundo pero, qué coño, quizá tú y yo tampoco fuéramos nada mucho mejor que un producto marca blanca. Así que cuando la vecina me saluda con la mano desde la fachada de enfrente decido tomármelo como la señal que estaba esperando. Le devuelvo el saludo y me meto en casa. La cafetera ha empezado a burbujear. Apago el fuego y dejo reposar el café mientras voy al baño a por tu champú caro y la toalla que recogió tu olor por última vez. Luego vuelvo a la cocina, tiro tus últimos vestigios al cubo de la basura, me sirvo una taza y salgo de nuevo a la terraza. Al sol. Pero al sol de verdad, no el de los docus espaciales de History Channel.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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