Instinto

Llevaba todo el día tirado en el sofá del salón tocándome los huevos, mirando el techo, rebañando los restos de un par de latas de conservas. Echando de menos el cariño de Sara. Deprimiéndome. Dormitando. En ello estaba cuando me despertó un fogonazo cegador. Tan potente que noté con dolor cómo mis pupilas se contraían detrás de los párpados cerrados hasta quedar reducidas al tamaño de cabezas de alfiler. Con los ojos cerrados con fuerza, intentando recuperar la visión, caminé a tientas hacia la ventana. Una vez allí conseguí entreabrirlos ligeramente. Y a través de mis lágrimas irritadas pude contemplar la materialización de la amenaza que habíamos aprendido a ignorar. Hostia puta. A poco más de dos kilómetros campo adentro el fuego del infierno ardía sobre la tierra iluminando la noche, haciendo que la luna llena pareciera tan insignificante como una bombilla de veinte watios. Era una visión irreal, casi onírica. Una gigantesca bola anaranjada y roja brillaba en el horizonte justo donde la silueta hiperbólica de la torre de refrigeración de la central nuclear llevaba dos décadas recortándose contra el cielo. Resultaba increíble. Era increíble. Tenía que serlo. De hecho sentía que mi cerebro se esforzaba por poner en duda la veracidad de lo que mis ojos le estaban transmitiendo. Pero en ese preciso momento mis otros cuatro sentidos se vieron obligados a ratificar lo que mis pupilas observaban. La onda supersónica abrió de par en par la ventana con una violencia brutal. Un puñetazo de aire que olía a metal y a tierra quemados me golpeó de lleno. Salí despedido de espaldas, choqué contra el respaldo del sofá y caí detrás de él. Una estrepitosa lluvia horizontal de cristales se estrelló contra la pared opuesta al tiempo que el sofá, yo y el resto de muebles de la habitación hacíamos lo propio. La casa, el edificio entero vibró y crujió desde sus cimientos durante unos segundos que me resultaron eternos. Y luego el silencio.

Aproximadamente un minuto del silencio más absoluto y aterrador. Hasta que empezaron a oírse los primeros gritos de desesperación. Llamadas de auxilio, alaridos de dolor, lloros de todas las edades y nombres de seres amados se alzaban en las ruinas de la oscuridad. Casi al instante, sin embargo, las voces humanas fueron acalladas por las atronadoras sirenas de alarma. Los megáfonos instalados a lo largo y ancho del pueblo, esos que jamás pensamos que oiríamos chillar, habían entrado en funcionamiento.

Su bramido estridente me hizo reaccionar. Salí de entre el amasijo de muebles y cristales y corrí hacia el dormitorio. Sabía bien que debajo de la cama, resguardado del polvo por una bolsa de film transparente, estaba el equipo de emergencia que Sara se había comprado por Internet un par de años antes, después de una vívida pesadilla. Una puta premonición, cojones, ahora no había duda. En fin, era probable que aquel mono de plástico amarillo ofreciera nada más que una protección mínima, si es que ofrecía alguna. Seguramente el cibernauta japonés que se lo había vendido la había timado. Pero ahora mismo era todo cuanto tenía a mi disposición. Así que rasgué la bolsa con las uñas y me introduje en el traje sin perder más tiempo. Puse especial cuidado en que la máscara antigases protegiera adecuadamente mis vías respiratorias. Después me encogí sobre mí mismo y procuré que mi cuerpo quedara cubierto por la fina plancha de plomo que revestía el pecho del traje. Cuando consideré que estaba tan bien protegido como podía me quedé allí quietísimo, debajo de la cama, oyendo el aullido de las sirenas y pensando en la pobre Sara.

Solo ahora me daba cuenta de que al entrar precipitadamente en el dormitorio no había prestado la menor atención a su cuerpo tendido sobre la cama. La prisa, el terror, el instinto de supervivencia me habían hecho olvidarme de ella. Era cierto que llevaba cinco días muerta pero, en este momento, enfundado en su traje antirradiación, agazapado bajo el colchón en que tantas veces habíamos dormido juntos y sobre el que poco a poco se descomponía su cadáver, me dolía en lo más hondo no haberle dedicado ni siquiera una mirada. Y me pregunté si a lo largo de la semana alguno de los vecinos del edificio habría empleado siquiera un minuto en pensar que tal vez fuera un poco raro llevar tantos días sin ver a esa setentona del quinto que sufría del corazón.

Después, creo, me quedé dormido un rato, porque lo siguiente que recuerdo es que el zumbido de las sirenas había cesado y que la luz del día se colaba por la ventana del dormitorio. Durante horas vi cómo un rectángulo oblicuo de sol reptaba lentamente por el suelo de la habitación. No me atrevía a salir de mi refugio, pero tenía la esperanza de que unos pocos rayos llegaran a bañar mi posición. El gres del enlosado estaba frío. Sentía todo el cuerpo entumecido. Pero no tuve suerte. A media tarde el último rastro de sol, una delgada y temblorosa línea dorada, desapareció ante mis ojos tras un breve parpadeo final. Y al tiempo que una infinita tristeza se apoderaba de mí, como si aquel día fuera el primero y único de mi vida en que había valorado la luz, el calor y la vida en todo su merecimiento, una penumbra creciente fue engullendo la habitación.

Para entonces, claro, ya hacía horas que me extrañaba el hecho de que nadie hubiera venido al rescate. Suponía que todo un ejército de fuerzas de élite debería de haber tomado el pueblo ante una emergencia tan grave, recorriendo las calles casa por casa para evacuar a quien todavía no se hubiera largado. Claro que, puestos a suponer (y tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo), cabía la posibilidad de que la tragedia fuera de tal calibre que ni siquiera se hubiera autorizado la presencia en la zona de unidades de evacuación. Incluso podía ser que los hijos de puta de los vecinos hubieran informado a los rescatadores de que no quedaba nadie en el inmueble. Era posible que se hubieran olvidado de Sara. Era posible que la odiaran. Sí, me daba cuenta de que estaba poniéndome paranoico. Y mi delirio fue en aumento hasta llegar a la convicción de que lo mejor que podría pasarme sería que nadie viniera en mi busca. Quién sabía lo que el gobierno, el ejército, la policía o quien cojones se encargara de la situación podría tener pensado para empezar a “limpiar” la zona… Al fin y al cabo, transcurridas casi veinticuatro horas desde del desastre, todo bicho viviente en un radio de treinta kilómetros a la redonda tenía que ser una pila andante cargada hasta los topes de radiactividad. Un tiro en la nuca y una fosa común muy profunda no parecía un destino muy descabellado.

Por eso cuando en plena noche y sumido en un inquieto letargo oí un par de embestidas sordas en la puerta del piso y finalmente el estruendo de esta al ser derribada, casi me cagué encima. No moví ni un puñetero músculo. ¿Cómo? ¿Que debería haber salido de mi escondite? Sí, claro, es fácil decirlo ahora. Pero ya os digo que yo llevaba un puto día entero temblando de frío y pánico bajo una cama ocupada por un cadáver, con la imaginación disparada y la inteligencia nublada. Así que, colegas, si alguna vez os veis en medio de un holocausto nuclear y lográis salir bien parados tendréis derecho a darme consejos. Hasta entonces a cerrar la bocaza y seguir escuchando.

El haz de luz de una linterna recorrió de manera aparentemente aleatoria la oscuridad del suelo y al instante un hombre entró en el dormitorio. No podía ver nada más que sus gruesas y oscuras botas negras de goma. Se detuvo en seco a unos pasos de la cama. Enseguida otra luz oscilante anunció la llegada de un segundo par de botas. Esta lleva varios días muerta, dijo uno de los hombres. Su voz sonaba como un gorgoteo. Supuse que llevaba puesta una escafandra o algo así. El otro contestó con una voz prácticamente idéntica. Pues de eso que se ha librado, dijo, vámonos de aquí cagando leches, no hay nadie más en la casa. Y ambos desaparecieron con la misma rapidez con la que habían entrado.

En cuanto dejé de escuchar los pasos de los dos hombres escaleras abajo, me tranquilicé un poco. Y me di cuenta de que era la primera vez que sentía cierto alivio desde que la tragedia había empezado. Mi cuerpo aprovechó el momento para recordarme que seguía vivo. Me rugieron ruidosamente las tripas, como si en su interior un animal luchara por sobrevivir, y estaba planteándome salir a comer lo que fuera cuando me pareció escuchar unas pisadas amortiguadas que deambulaban por la casa.

Agucé el oído. Aguanté la respiración. Recé para que mis intestinos se mantuvieran en silencio. Sí, había algo en casa. Algo que, si mis sentidos no me engañaban, se movía sobre cuatro poderosas patas. Y se acercaba por el pasillo que llevaba al dormitorio. Inmediatamente pensé en Killer, el rottweiler del mascachapas del tercero. Puta mierda. Aquel monstruo me la tenía jurada. La última vez que se me había ocurrido salir de casa había perdido la mitad de mi oreja izquierda entre sus fauces. Y joder, ya estaba ahí mismo, dentro de la habitación. Podía olerlo incluso a pesar de llevar puesta la máscara con la que había estado protegiéndome. Tenía su hedor archivado en la sección de Cuidado: Peligro Mortal de mi cerebro. Y estaba claro que el suyo me había catalogado en la de Comida Rápida. Así que me preparé para correr. Con todo el sigilo que pude me quité la máscara y salí de debajo de la plancha de plomo. En algún lugar de la oscuridad Killer exhaló entonces por su hocico una ráfaga de aire. Pero no ladró ni intuí que hiciera ningún movimiento de ataque. Entonces comprendí. El animal estaba distraído olfateando el cadáver de Sara. Aquella era mi oportunidad. Era ahora o nunca. A toda velocidad salí de debajo de la cama y empecé a correr hacia la puerta del dormitorio y luego por el pasillo en dirección al salón. Killer ladraba enloquecido a mi espalda. Cómo corría el cabrón. Setenta kilos de músculo y colmillos a un palmo de mí. Durante los segundos que duró aquella carrera a vida o muerte en la penumbra me olvidé incluso del holocausto nuclear. La inmediatez de la amenaza del rottweiler monopolizaba mi mente. El instinto de supervivencia me guiaba. Por eso, supongo, al desembocar en el salón tuve muy claro lo que debía hacer. Exprimí al máximo mis fuerzas, encaré la ventana rota y salté a través de ella al vacío. Killer siguió mi vuelo sin dejar de ladrar ni un puto instante. Mientras nos despeñábamos lo vi girar en el aire, dando manotazos torpes mientras intentaba comprender dónde cojones estaba. Ambos ejecutamos aquella caída libre uniformemente acelerada en perfecta sincronía. Y alcanzamos el suelo a la par. Él se despanzurró contra el asfalto con un ruido como de ropa mojada. Una papilla sanguinolenta le manaba de la boca y los ojos. Quién sabe, tal vez la radiación ya hubiera licuado buena parte de sus órganos internos. Yo, en cambio, caí de pie. Como todos mis hermanos. Como todos los gatos. Me rompí algunas uñas de las patas traseras, eso fue todo. Bueno, para ser sincero, creo que también me rompí el último hueso de la cola. Nada grave, en todo caso. Me atrevería a asegurar que ni siquiera me vi en la necesidad de consumir una de mis legendarias siete vidas. Estaba en condiciones de alejarme de allí a toda velocidad. Y eso hice.

Llevo casi tres horas campo a través. He recorrido maizales, cruzado un par de arroyos y superado las verjas de unas cuantas granjas. He surcado la parte más oscura de la noche más negra. Y sigo vivo. Corriendo, saltando y brincando hacia sitios mejores. Guiado por mi instinto animal. Y con la esperanza de que el mono antirradiación que mi ama Sara le compró a aquel japo no fuera una estafa. Mientras, la luna llena brilla en el cielo estrellado. Tranquila, impertérrita, segura. Como siempre. Pero su resplandor de plata se transforma en una iridiscencia verdosa cuando atraviesa esa gran nube tóxica que no deja de perseguirme.

Anuncios

Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s