El asiento de atrás

No había sido la peor paliza. Esta vez, cuando los golpes cesaron, María pudo arrastrarse hasta el sofá y encaramarse a él. Se quedó allí tendida, con el cuerpo en tensión a la espera de un último puñetazo y la cabeza luchando por no desvanecerse. Al cabo de un rato perdió el conocimiento. Despertó en plena noche. Se incorporó con dificultades. Consiguió a duras penas ponerse en pie. Le dolía todo el cuerpo. Cada inspiración le causaba una punzada en las costillas. Notaba la cara acartonada y pesada. Se la palpó con cuidado. Tenía el labio partido y la mejilla derecha hinchada como un balón. El más leve roce de sus dedos dolía como el pinchazo de una aguja. Como siempre que se levantaba después de una paliza, se alegró íntimamente de no tener hijos con ese cabrón. Era un dato que la reconfortaba, que le hacía seguir teniendo cierta confianza en su criterio. Después, sigilosamente pero tan deprisa como pudo, se acercó hasta el mueble del recibidor. Las llaves del coche estaban sobre el platito de porcelana que habían comprado de recuerdo durante aquel viaje a Galicia. Le parecía que aquellas vacaciones a la orilla del océano habían ocurrido en otra vida. Le parecía que ni ella ni su marido eran los mismos que se habían querido tanto en aquel tiempo. Por entonces jamás habría sospechado que él acabaría por convertirse en un monstruo. Y aún menos habría pensado que ella se lo consentiría, que lo perdonaría una y otra vez. Pero, por desgracia, ya no tenía sentido pensar en cómo, cuándo o por qué habían empezado los problemas. Lo importante ahora era ponerles fin. En la penumbra de la noche, María se inclinó sobre el platito y observó con detenimiento el llavero durante un par de minutos. Intentaba determinar cuál era la manera adecuada para cogerlo haciendo el menor ruido posible. Finalmente decidió coger la llave por la punta y tiró de ella despacio. Al hacerlo el mando del cierre centralizado se deslizó suavemente sobre la porcelana con un imperceptible roce. A ella, sin embargo, aquel levísimo sonido le pareció tan atronador como el paso de una locomotora. Así que cogió las llaves y salió de casa a toda prisa. Se subió al coche y arrancó. Las ruedas derraparon al acelerar sobre el camino de grava que conectaba el bonito chalé con la carretera. No se sintió un poco segura hasta que desembocó en la autovía. Le tranquilizó ver otros coches. Luces. Movimiento. Compañía. Levantó el pie del acelerador y bajó las ventanillas delanteras. El habitáculo estaba impregnado del nauseabundo olor del after-shave de su marido. Necesitaba airearlo. Recorrió así un par de kilómetros y volvió a subirlas. Puso la radio. Era el boletín de noticias de las tres de la madrugada. Una hora menos en Canarias. Iba a hacer mucho frío. Bastante menos en Canarias. La apagó. A quién le importaba el clima exterior. Lo único que al final importaba era el ambiente que uno tuviera que respirar en casa día tras día y noche tras noche en primavera, en verano, en otoño o en invierno. Fue más o menos en ese momento cuando creyó ver a través del retrovisor que algo se movía en la parte trasera. Y enseguida le pareció que un par de manos fuertes se cerraban con violencia en torno a su cuello. Gritó, quitó una mano del volante y se la llevó al cuello. No consiguió más que arañárselo con sus propias uñas. Aun así, presa del nerviosismo, lanzó hacia el asiento de atrás un codazo ciego que solo golpeó el aire frío con el que acababa de purificar el coche. No había nadie en el asiento trasero. Únicamente su pasado viajaba con ella. Pero algo le decía que tarde o temprano lograría dejarlo atrás. Así que volvió a hundir el pie en el acelerador y se adentró veloz en la noche. No había estrellas en el cielo, pero María estaba segura de que en cuanto pasaran las nubes las vería brillar más que nunca.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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