Animales y personas

El sol brillaba en el centro de la mañana y no hacía frío ni calor y no tenía nada que hacer. Me tomé un café en el bar de abajo. No estaba la camarera venezolana que suele acaparar mi atención. Me entretuve mirando al hombre que se desayunaba un gintonic de Larios en la barra. No parecía del todo humano. Sus pupilas dilatadas ocupaban la mayor parte del iris. Y la nuez subía y bajaba en su escuálido cuello como la de un rumiante que bebiera a la orilla de una charca. Parecía una presa asustada. Tragaba ginebra, tragaba saliva. Glup. Y por el modo en que el hombre observaba su reflejo en el espejo sucio de detrás de la barra supe que él mismo era consciente de que era una especie en extinción. El camarero le preguntó entonces si le ponía otro. El hombre asintió con un movimiento de cabeza casi inapreciable. Huésped. Parásito. Lógicamente o no, se me ocurrió ir al zoo. Al nuevo zoo. Ese que no tiene jaulas ni vallas. Ese que parece una porción del Serengueti. En la taquilla había un chaval gordinflón con la cara comida por el acné. Aparentemente tenía las manos entre las piernas y la vista clavada ahí abajo. Por un momento temí que estuviera haciendo alguna guarrada. Tengo el don de toparme con gente tarada. Estiré un poco el cuello y comprobé que simplemente whatsappeaba. Me dijo sin mirarme que la entrada eran veinte euros. Joder. Me lo pensé un poco. Pero, bueno, al fin y al cabo el cine te salía por diez pavos entre unas cosas y otras. Por lo menos el zoo ofrecía vida real. Sutilmente encarcelada, como casi la de todo el mundo, pero real. Sangre, pelo, olores, rugidos y toda clase de ruidos de frustración. Acabé destripando mi cartera y puse el puto billete sobre la bandeja metálica. Creo que valió la pena, la verdad. Me paseé sin prisa entre plantas y animales que jamás había visto. Tenía todo el tiempo del mundo. El día se extendía ante mí como un río africano. Caudaloso, cadencioso. Místico. Tan imponente como proclive a la sequía. Tenía que llenarlo. Me dispuse a prestar atención a la flora y a la fauna. Una pareja de pandas mordisqueaba bambú en su parcela. Desde lo alto del muro una niña con trenzas les arrojaba cacahuetes. Los animales los veían caer con la indolencia instalada en sus redondos ojos tristes. Después, un sendero meticulosamente trazado entre acacias y matas de dientes de león para dar la impresión de ser silvestre me condujo hasta la balsa de los hipopótamos. Eran cuatro. Inmóviles, metidos hasta el vientre en el agua parduzca. Brillaban al sol como piedras rugosas. Uno tenía la boca abierta. Sus colmillos eran del color de un váter sucio. Me preguntaba si la inmundicia y la fealdad serían el motor de la naturaleza cuando el más grande de ellos empezó a cagar como si no hubiera un mañana. Sus gigantescas plastas caían al agua con un sonido pesado, como el de cadáveres arrojados por la borda. La porquería, sin embargo, no ahuyentaba a los flamencos que acicalaban sus plumas a pocos metros de la manada. Ni a los pajaritos rojos que desparasitaban las orejas de las cuatro bestias. Pensé en el hombre del bar. Pensé en cuántos gintonics se habría bebido sin tener verdaderas ganas sino sencillamente por haber alcanzado la convicción de que aquel había llegado a ser su papel en el ecosistema. Me alejé de allí. Atravesé una especie de prado. Perfectamente verde y liso, como un tapete de billar. En un momento dado diez o doce lémures cruzaron frente a mí correteando y dando saltitos. El último se detuvo y se me quedó mirando desde sus veinte centímetros de altura. Su gesto denotaba asombro y recelo. Como si yo fuera la atracción de su zoo particular. Pero, claro, no era más que un pequeño lémur. Siendo justos, su expresión igualmente podría indicar estupidez o indiferencia. Fuera como fuera, me habría gustado saber qué pensaba de mí, si es que pensaba algo. Al cabo de unos segundos lo distrajo el bramido de un ñú o un yac o algo por el estilo en la distancia. Giró la cabeza rápidamente en dirección al origen del sonido. Y reanudó su marcha saltarina por donde su grupo había desaparecido. Sus pisadas eran ligeras sobre la hierba. Sin huella. Y sentí que se llevaban consigo el misterio de lo que acababan de tener delante.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a Animales y personas

  1. De una forma espontánea y cotidiana, que por momentos se vale incluso del patetismo del ser, nos expones lo conmovedor que es recordar (o entender) la realidad animal que presenta nuestra especie. Excelente.

  2. micromios dijo:

    Exclente texto, me llegó la simpleza o la tristeza, aún no he decidido, del animal, en la jaula y en la barra.
    Salut

    • ivanrojo dijo:

      Quizá ambas cosas, querida Micro. Animales somos. Y encima a veces nos damos cuenta de ello. Un don-maldición. Gracias y salud.

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