Cultura del esfuerzo

-Espero que esta relación dure mucho tiempo –me dijo mi jefa tendiéndome la mano.

Era la encargada del Área de Decoro y Buen Luto (sí, en mayúsculas, según el rótulo atornillado a la puerta de su pequeño despacho, donde un rato antes había firmado mi contrato). Una cincuentona chaparra pero recia con el pelo casi al cero y una espalda más ancha que la de Michael Phelps. Ahora estábamos en los vestuarios. Acababa de ponerme el uniforme de mi nuevo empleo, un mono gris con tirantes y una camiseta negra. Entonces la mujer había entrado sin llamar, se había plantado ante mí rascándose la entrepierna y me había soltado eso, que deseaba verme por allí durante mucho tiempo. Sinceramente, sus palabras me acojonaron. Y, a la vez, incrementaron la perplejidad en la que me hallaba sumido desde que decidiera aceptar aquel trabajo. Joder, no sé si me explico: no conseguía entender cómo había acabado trabajando para el cementerio municipal. Por mucho que me remontara en mi vida en busca de una cagada de tal calibre que justificara tan aberrante destino, juro por dios que no era capaz de encontrarla. Pero, bueno, acerté a estrecharle la mano y la mujer añadió:

-Bueno, pues vamos a empezar.

Salimos del vestuario y nos montamos en la diminuta cabina de una especie de motocarro azul. Ella conducía. Yo me dejaba conducir. Viajamos un buen rato hombro con hombro a través de las larguísimas avenidas del cementerio. Podía percibir el perfume barato de mi jefa mezclado con los efluvios dulzones de todas aquellas flores muertas que colgaban alegremente de los maceteros de los nichos.

-Hay mucha maricona a la que le tiran p’atrás estos sitios –dijo. Yo mantuve la vista puesta en las floreadas paredes. Intentaba imaginar que eran plantas silvestres. Plantas vivas creciendo al borde de carreteras mejores. Ella añadió-: Pero tú pareces de fiar. Creo que encajarás aquí.

Al fin nos detuvimos en una calle idéntica a todas las que habíamos recorrido.

-Bueno, tío –me dijo-, coge el rastrillo que hay en la parte de atrás, y a currar.

Me dio un puñetazo en el hombro en señal de ánimo, supongo. Yo obedecí. Con el rastrillo ya en la mano me acerqué de nuevo a la cabina y le pregunté a través de la ventanilla:

-Pero, oye… ¿Qué se supone que tengo que hacer?

-Joder, pues amontonar todas las hojas caídas. Haz un montoncito en el centro de cada tramo de nichos.

-Pero… Hace viento. Se…

-Sí, sí, se volarán –me interrumpió mi jefa-, pero no importa. Mañana las vuelves a amontonar. Un trabajo fácil, relajado y al solecito, ¿eh?

Arrancó el motor del motocarro y la vi alejarse entre los muertos hasta que dobló, demasiado abruptamente, una esquina invisible a mis ojos y desapareció.

El cementerio estaba desierto. De tanto en tanto un gato cruzaba la calle en la distancia. Y a veces cantaba algún pájaro. Poco más. Nada que mirar. Así que me puse a barrer como un gilipollas. Se me había olvidado preguntar si podía fumar, pero decidí suponer que sí. Lo contrario habría hecho la situación todavía más absurda.

Había miles, decenas de miles de hojitas y pétalos y otros minúsculos fragmentos vegetales esparcidos por el suelo. Sobre todo, claro, se acumulaban en las zonas más próximas a las paredes de nichos. Concentré allí mi trabajo. En un momento dado levanté la vista del suelo y me encontré ante una resplandeciente lápida blanca. “David Rodríguez Ponce. 2003-2011. Era un ángel, y El Señor lo quería a su lado”. Desde el marco ovalado de la foto el niño me miraba con una sonrisa triste. La perspectiva de llegar a conocer de memoria la ubicación y el texto de todas las tumbas que me rodeaban me sumió en una angustia tal que jamás había sufriddo. Sentí ganas de abrirme las venas con el rastrillo.

Fue entonces cuando, por suerte o por desgracia, oí el petardeo del tubo de escape del motocarro. Al poco apareció calle arriba, avanzando despacio hacia mí. Cuando se detuvo a mi lado, mi jefa me dijo:

-Sube, machote. Un trabajo imprevisto. Vas a aprender muchas cosas en tu primer día. Ah, y tira ese cigarro, joder.

Me llevó a los servicios.

-Anda, ponte estos guantes de goma y entra ahí, en el de caballeros.

También esta vez le obedecí. Antes de entrar la oí que me gritaba desde el motocarro:

-Oye, date prisa. Te espero aquí y luego te llevo de vuelta a tu sitio.

Accedí a los servicios con miedo. Sentía una especie de premonición oscura, como si algo terrible estuviera esperándome allí dentro. No me equivocaba. La puerta del tercer váter estaba abierta de par en par, mostrando sin tapujos lo que el mundo esperaba que limpiara. Dentro de aquel pequeño habitáculo el caos era total. Quienquiera que hubiese usado aquel retrete por última vez no conocía los conceptos de dentro y fuera, o sencillamente había decidirse cagarse en ellos. Me quedé petrificado ante el espectáculo. El suelo pringoso, las paredes rebozadas de mierda. Y, joder, ese olor nauseabundo. Sí, durante quince o veinte segundos me quedé allí plantado frente al retrete más asqueroso que jamás un humano se hubiera visto obligado a observar y mucho menos a limpiar, contemplando la descomunal y demencial cagada de alguien, en principio, tan humano como yo.

La voz de mi jefa me sacó de mi estupor. Desde el vano de la puerta de los aseos me dijo:

-Venga, joder, no seas remilgado. Más cultura del esfuerzo es lo que hace falta en este país.

Algo se rompió entonces en mi interior. ¿Cultura del esfuerzo? Hostia puta, llevaba toda la vida esforzándome. ¿O acaso esa hijaputa creía que había acabado trabajando en un cementerio por realización personal? Avancé hacia ella intentando disimular mis firmes intenciones de estrangularla con los guantes de goma. Pero cuando la tuve delante, mirándome con la expresión de estar perdiéndose algo incrustada en sus estúpidos ojos, de pronto me invadieron unas ganas irrefrenables de abrazarla. Y así lo hice. Rodeé su cuerpo amorfo con mis brazos y la apreté con todo el amor que milagrosamente mi alma todavía albergaba. Abracé su ignorancia, su profunda mezquindad, su falta de respeto hacia la especie que tan patéticamente representaba. Sí, quise abrazar por extensión a toda la Humanidad. Transmitir con ese gesto que, pese a que no lo merecieran, yo seguía amando a mis hermanos. Y así permanecí hasta que alguien me golpeó en la cabeza con algo contundente. Amanecí en el hospital, con una vértebra cervical rota y una denuncia por acoso. Y otra vez en el paro.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Cultura del esfuerzo

  1. Son divinas líneas tu relato que en particular muestra un constante esfuerzo, a cada instante, porque la vida en todas sus facetas, desde lo inmensamente conmovedor (o conmocionador) hasta lo más miserable, lo requiere siempre.

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