La vieja cementera

La vieja cementera. Mañana cumpliría cinco años abandonada. Una mole gris de cuarenta metros de altura con dos chimeneas de por lo menos el doble. ¿Te acuerdas de las nubes de humo que soltaban cuando la vida aún tenía sentido en este sitio? Sucias, densas, tóxicas y a merced del viento. En fin, como la vida misma. Con su cierre murieron también buena parte de los planes de futuro de las familias de la zona. Muchos de sus trabajadores se “reconvirtieron”. Joder, la palabra se puso realmente de moda. Zapateros, carniceros, mecánicos, pintores, electricistas. En el pueblo solo un representante de cada uno de esos empleos consiguió asentarse. Los demás tuvieron que sobrevivir a base del subsidio, de pequeñas chapuzas sueltas y de intentar olvidarse de todo poniéndose ciegos en el único bar. Como mi padre. Como el tuyo. Estuvo bien conocernos esa madrugada en que cada uno por su cuenta fuimos a sacarlos de aquel antro. Caía una nevada de cojones. Cuando al fin lograste sentar a tu padre en tu viejo Ford e intentaste arrancar, el trasto tosió un poco y se calló. Yo no tenía ni puta idea de mecánica, ya sabes, pero me acerqué y fingí examinar el motor como si supiera lo que hacía. No sé qué coño toqué, pero el caso es que el coche resucitó de entre los muertos cuando dije por decir que le dieras al contacto. Los faros me iluminaron y pensé que quizá los milagros existían. Cerré el capó y te vi sentada al volante, a través de una cortina de copos de nieve que parecían dorados a la luz de los faros. Sonreías y me mirabas de una forma extraña. Y pensé que sí, que los milagros tenían que existir. Así que estuvo bien conocerte aquella noche. Y estuvo muy bien lo que pasó en los años siguientes. Nunca llegaste a dejar a tu novio, pero aquello no parecía importante para ninguno de los dos hasta que hace un par de meses me llamaste por teléfono y me dijiste que definitivamente te quedabas con él. O, dicho de otro modo, que definitivamente prescindías de mí. Que dentro de unas semanas os iríais a la ciudad a trabajar y ser felices. Aquí no se puede, dijiste. Y hoy te has empeñado en que vengamos juntos a ver la demolición de la cementera. Al fin la dinamitan, y supongo que te apetece poner un punto final simbólico e impactante a nuestra historia. Ni idea, tú sabrás. Unos dicen que construirán un cementerio nuclear aprovechando sus fuertes cimientos. Otros que Ikea se ha interesado en los terrenos. A mí me la trae floja. Lo único que me importa es que cuando dentro de diez segundos la vieja fábrica vuele por los aires, el origen del origen de mi milagro particular será borrado del mapa. Y sin un origen no puede haber un final. Así que me temo que siempre me acordaré de ti. Es lo que pienso mientras el T.N.T. explota, el aire se rompe y el suelo tiembla. Es lo que pienso mientras la fábrica se hunde en medio de una polvareda que avanza y nos engulle. Es lo que pienso, pero no voy a decírtelo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a La vieja cementera

  1. Sulo Resmes dijo:

    …it’s all over now, baby blue.

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