Celebración del amor

-¿A qué coño estás esperando? Arranca de una puta vez.

Fue lo que mi padre le dijo a mi madre cuando por fin se subió al coche. Bueno, más bien lo subieron. Unos cuantos hombres, hartos de aguantar sus gilipolleces. Lo cogieron en volandas y lo dejaron caer desdeñosamente sobre el asiento del copiloto. Un intenso tufo a alcohol barato se extendió de inmediato por todo el habitáculo. Los desgastados amortiguadores se hundieron un palmo bajo su peso, y yo, en el asiento de atrás, sentí que me hundía un poco más en el pozo ciego que era mi vida. Miré el reloj de pulsera. Las tres de la madrugada. Mediados de septiembre. Levanté la vista hacia el extremo norte del valle. El cielo brillaba en un límpido azul marino. Ni rastro de las brumas cálidas que opacaban las noches tan solo quince días antes. Se acababa el verano. La brisa ya bajaba fresca de las montañas, y solo un grillo cantaba en algún lugar de la oscuridad circundante. No lo bastante alto, sin embargo, como para acallar las voces de aquellos hombres, que maldecían e insultaban a mi padre mientras se alejaban de vuelta al salón de banquetes.

El viejo llevaba una botella medio vacía de güisqui DYC en la mano y bastantes más centilitros de alcohol en las venas. Boqueaba. Las aletas de la nariz se le abrían desmesuradamente y emitían un desagradable gorgoteo mucoso cada vez que inspiraba. Supongo que la parte sabia de su cuerpo se esforzaba por oxigenar su sangre. En cualquier caso, faltaba mucho para que se le pasara la borrachera. Yo lo sabía perfectamente. Había desarrollado la capacidad de calcular el punto exacto de los ciegos de mi padre. Así que sí: sabía que aquello duraría toda la noche. Todavía quedaba mucho que aguantar. Y, de golpe, me invadió el cansancio. Un cansancio extraño, lento, pesado. El cansancio que producen las certezas impuestas. Una extenuación indescifrable, irresoluble y perpetua, de origen casi divino, como la que debían de sentir los bueyes obligados a arar de sol a sol las tierras resecas en las que me había tocado nacer. Recuerdo haber pensado eso mientras observaba al perfil abotargado de mi padre recortado contra el parabrisas sucio y las brillantes estrellas. Un hilillo de saliva espesa le resbalaba despacio desde la comisura izquierda de sus labios hasta la barbilla. En un gesto torpe, quiso limpiárselo con la manga del brazo con que sostenía la botella. Al hacerlo el güisqui se le derramó sobre la pechera, y balbuceó algo parecido a una blasfemia. Joder, aquel guiñapo me daba vergüenza. Lo sabía desde hacía tiempo, desde siempre, pero ahora ese agotamiento del que acabo de hablar me transmitía un sentimiento aún peor: la pura resignación. Ese pedazo de carne maloliente desparramado sobre el asiento del acompañante era mi padre. Lo mejor sería aceptarlo de una puta vez. Pero, joder, bastaba con echarle un vistazo fugaz para saber que eso era algo difícil de asumir. Detrás de su oreja izquierda giraba una de las sombrillitas de papel con las que habían adornado los sorbetes de limón servidos durante el banquete. Fucsia. Definitivamente, el viejo era un puto payaso. Supongo que algo parecido le pasaría por la cabeza a mi madre, pero lo cierto es que, igual que yo y como siempre, no tuvo cojones de decir ni una palabra. Se limitó a girar la llave en el contacto, y empezó a conducir hacia casa.

Calculé que el camino nos llevaría tres cuartos de hora. Demasiado tiempo como para no tener que presenciar otra de sus broncas. No veía la hora de llegar a casa, meterme en la cama, taparme las orejas con la almohada y quedarme dormido. Intenté distraerme contando las farolas que íbamos dejando atrás. Treinta y nueve mientras recorríamos las calles del pueblo. Luego nos adentramos en la carretera. Allí no había alumbrado. Solo estrellas, campos oscuros y de tanto en tanto las luces de alguna granja en la distancia. Doradas. Cálidas. Acogedoras. Casas mejores donde vivir. Casas buenas. O así me parecieron. También quise contarlas. Pero no tenía sentido. Estaban demasiado espaciadas en la noche. Así que me tumbé boca arriba en el asiento. Mientras miraba los arañazos en el techo acolchado del viejo Ford pensé que daría lo que fuera por crecer. Crecer de golpe. Que al despertar a la mañana siguiente tuviera que afeitarme o examinarme del carné de conducir. Que tuviera que ir a trabajar, a la cola del paro o a cualquier sitio que justificara salir de casa y, con suerte, no volver jamás. Igual que había hecho Flaco una tarde nublada del invierno pasado. Alargué el brazo y metí los dedos en las tripas de espuma amarillenta del acolchado. Flaco siempre tuvo unas garras fuertes. Y, joder, sabía cómo tocarle los huevos a mi padre. Echaba de menos a aquel galgo. Era idiota, y quizá por eso también era valiente. Me sentía más seguro cuando él viajaba a mi lado en el asiento de atrás. Pero no podía reprocharle que se hubiera largado. Ni los perros pueden vivir eternamente con las costillas rotas.

-Siéntate como un hombre, cojones –soltó entonces mi padre desde el asiento del copiloto. Las palabras se enredaban en su lengua. Mal síntoma. Cuando las frases le daban problemas recurría a explicarse a base de puñetazos contra quien tuviera más a mano. Por suerte para mí, esta vez acertó a añadir-: Que no tenga que repetírtelo, maricona.

Le obedecí. Pegué la espalda contra el respaldo tan recta como si la tuviera fijada con velcro al tapizado, y procuré no temblar demasiado. O al menos no de un modo muy visible. Mi padre odiaba a los cobardes. Y, para él, todo el mundo lo era. También yo. Cada día me decía docenas de veces que era un puto nenaza y que no entendía cómo podía llevar su misma sangre. Así que, ya digo, le obedecí. Tenía doce años.

Veníamos de la boda de una sobrina de mi madre. Una chica gorda y pelirroja que en realidad ni siquiera era mi verdadera prima sino la hija de una prima segunda de mi madre, creo. En fin, una de esas personas con las que compartía unos pocos e irrelevantes genes pero que, ya por aquel entonces, me importaba menos que los gusanos de seda que escondía en una caja de zapatos debajo de la cama. Sobre todo después de que una mala noche, en uno de sus arrebatos de locura, a mi padre le diera por comprobar de qué color era el humo que los capullos emitían al arder. Al día siguiente gasté los pocos céntimos que había en mi hucha en comprarme una nueva remesa. Y al poco otra, y luego otra y otra. Y juré mantener aquellos rollos de seda a salvo hasta que llegara el día en que pudiera encargar que me hicieran un traje con ella. Ese sería el día en que me largaría de aquel estercolero. Una gilipollez, sí. Pero, ¿qué queréis? Fantasear con la cara que pondría el viejo al verme marchar trajeado y resplandeciente me daba fuerzas para mantenerme a flote.

Por suerte no volví a verla nunca. A mi medio prima pelirroja, quiero decir. Su recuerdo aquella noche es todo cuanto conservo de ella. Y no es bueno. No parecía feliz durante el banquete. Tampoco su flamante marido, un chaval canijo con la nariz enorme. Ambos se limitaron a comer en silencio en la mesa presidencial, y ni siquiera se besaron cuando se lo reclamaron a gritos los primeros invitados en caer borrachos, mi padre entre ellos. Aquello me indignó. Ahora imagino que una semilla no deseada llevaba ya unas semanas germinando en la tripa fofa de la gorda. Pero entonces no entendía por qué aquellos dos pringados habían decidido casarse, ni para qué coño habíamos ido a su estúpida celebración. De allí solo íbamos a sacar problemas.

Así que estaba enfadado con mi madre. Ese tipo de situaciones siempre acababan con una paliza para ella, para mí o para los dos. Mi padre no necesitaba ninguna excusa para ponerse hasta las cejas de güisqui todos los días, pero tampoco era cuestión de ponérselo fácil encerrándolo durante horas en un salón con barra libre.

Por supuesto, las cosas sucedieron tal y como me había estado temiendo. El mal suele ser inevitable, pero siempre se ve venir de lejos. Antes del segundo plato mi padre ya iba del revés y se había ganado un buen puñado de enemigos a base de soltar obscenidades a algunas mujeres y burlarse de los trabajos de sus compañeros de mesa. De hecho, me sorprendía que el gigantón barbudo que se sentaba justo delante de él, al que, según alcancé a oír, llamaban Leo El Loco, todavía no hubiera saltado sobre la mesa y le hubiera retorcido el cuello como a un pollo con aquellas manazas. Mi padre había estado riéndose del labio leporino del pobre hombre durante toda la cena. Pero El Loco sabía encajar. Aguantó el tipo como un campeón demostrando que tal vez su apodo no fuera del todo justo. De vez en cuando (supuse entonces que para contener las ganas de desmontar a hostias a mi padre) se mordía el labio defectuoso en una mueca que provocaba que las carcajadas del viejo resonaran en todo el salón de banquetes. Pero nada más.

Desde la mesa en la que me habían sentado con el resto de niños, yo rezaba por que al Loco se le hincharan las pelotas y se decidiera de una puñetera vez a romperle a mi padre todos los huesos. Pero cuando comprendí que aquel gigante no iba a alegrarme la noche, mis oraciones se orientaron hacia otra súplica: que el viejo la pillara tan gorda que quedara inutilizado al menos durante un par de días. Que enfermara de verdad y nos permitiera vivir un tiempo en paz, aunque tan solo fuera lo que restaba de fin de semana. O, puestos a soñar, que se cayera de espaldas y se desnucara contra la plataforma rodante en que habían traído la tarta nupcial. O que un oportuno ictus le hiciera caer de bruces sobre la fondue de chocolate y se abrasara su puta jeta hasta que esta quedara tan deformada como su alma. No sé, algo que le dejara realmente jodido y lo más a merced posible de los demás. Es decir, de mi madre y de mí. A menudo, lo admito, me sorprendía a mí mismo fantaseando con la posibilidad de torturar a mi padre desvalido. Recordaba la vez en que un repartidor de gas butano lo había encontrado hecho un trapo bajo el puente del Río Seco. El viejo nunca nos dijo si se había caído o si lo habían tirado. Decía, con un deje de orgullo en la voz, que algunas cosas no deben ser escuchadas por las mujeres y los niños. Así de gilipollas era el viejo. A mí, la verdad, me importaba un huevo cuál hubiera sido la causa de aquella caída. Lo maravilloso eran sus consecuencias: cuatro costillas rotas y una luxación en la cadera. El cabrón tardó casi dos meses en recuperarse lo suficiente como para pillarme desprevenido. Fue una buena temporada, joder. La mejor de mi infancia, me atrevería a decir. Paz y tranquilidad. Integridad. Y durante todo ese tiempo aproveché para poner en sus calcetines las garrapatas que le quitaba a Flaco. El viejo no podía doblarse para quitárselas o rascarse. Me encantaba oírle maldecir y chillar como un cerdo.

En la mesa de los niños había desde mocosos con pañales hasta el capullo de Richi, que tenía quince años pero parecía un marine curtido en Irak. Metro noventa, la piel requemada por el sol y el pelo rubio cortado a cepillo. Las niñitas no le quitaban los ojos de encima. Algunas ni siquiera se molestaron en probar el rosbif. Con la barbilla apoyada en las manos escuchaban embobadas todas las gilipolleces que decía aquel chulo de tres al cuarto. Básicamente sobre sus proezas en el equipo de fútbol y sobre el miedo que le tenían la mayoría de profesores del instituto. Richi también nos explicó, con una perenne sonrisa de sorna, que lo habían sentado en la mesa de los críos porque a principios del verano se había follado a la nueva novia de su tío, y el cornudo había amenazado con matarlo si le obligaban a compartir mesa y mantel con él. Pero, claro, era su tío el que tenía suerte de que no los hubieran sentado juntos, decía Richi, porque estaba hasta las pelotas de aquel vejestorio llorón y se moría de ganas de partirle los dientes.

Aunque, continuó diciendo Richi, si ese pesado que se había subido a una mesa y no paraba de patear copas y platos seguía dando por saco un minuto más, sería él quien probara sus puños. El pesado era mi padre, claro. Y Richi lo sabía muy bien, igual que el resto de chavales de mi mesa. Todos me miraron fijamente y en silencio después de la amenaza de aquel chulo. Sabía que esperaban una reacción por mi parte. Que saliera en defensa del viejo y así pudieran divertirse un rato viendo cómo el aprendiz de marine me daba una buena manta de hostias en el jardín de la parte trasera del restaurante. Por supuesto, no moví un músculo ni dije una sola palabra. Bajé la vista al plato y jugueteé con una de las coles de Bruselas de la guarnición a la espera de que aquel trago pasara de una puta vez, concentrado en que mi tenedor no temblara demasiado. En cuanto comprendieron que no iba a entrar al trapo, los chicos empezaron a burlarse de mí. Me llamaron Cagao, Comemierda, Gallina y otras estupideces por el estilo. Y cuando el coro de insultos se desvaneció, el propio Richi concluyó en voz muy alta que yo era aún peor que mi padre, porque el viejo sería un borracho apestoso pero, joder, al menos los tenía bien puestos. No le extrañaba nada, dijo para terminar, que mi padre fuera por ahí diciendo que creía que su hijo le había salido chupapollas.

Todos se partieron de risa menos la niña que tenía a mi derecha. Era la pequeña de la camada del farmacéutico. La había visto alguna vez sentada tras el mostrador del negocio de sus padres, siempre muy callada, muy quieta y muy seria. Recuerdo que, por alguna razón, mi madre sentía especial respeto por aquella familia. Los de la farmacia son la única gente decente de este puñetero páramo, solía decirme. Si alguna vez tienes ocasión, pégate a ellos como una lapa y no te sueltes hasta haberles chupado toda la sangre. Y cada vez que me mandaba a comprar alguna pomada para los moratones, cortes o quemaduras que nos hacía nuestro hijoputa particular, insistía en que diera las buenas tardes al entrar y al salir y terminara cada frase con un Señor o Señora, según el caso.

Bueno, pues miré de reojo a la niña. Permanecía en silencio, con la espalda muy recta y sus delgadas manos descansando lánguidas sobre el regazo con las palmas hacia arriba. De tanto en tanto juntaba el índice y el pulgar de cada mano durante unos segundos. Me pregunté si estaría meditando. Había leído algo al respecto en un pequeño libro que había encontrado una madrugada en uno de los contenedores de la gasolinera. Estaba rebuscando algo comestible entre la basura. El hambre me corroía las tripas. Había sido una noche muy larga. Poco antes de la cena había tenido que salir de casa cagando hostias. El viejo tenía en la mano la navaja oxidada con la que despellejaba los pollos y los conejos y no paraba de murmurar locuras entre dientes mientras andaba pasillo arriba y abajo. Mi madre, sin siquiera avisarme, había atrancado la puerta de su habitación, y aquello había vuelto más loco de lo normal al viejo. No necesité que me mirara más de dos veces con esos ojos rojos de alcohol y sangre y la navaja aferrada en su puño para escabullirme. En fin, el caso es que el librito hablaba sobre el autocontrol y la capacidad de abstracción y el amor hacia uno mismo como principio de todos los demás, y lo ilustraba con una serie de dibujos de personas en posturas que me recordaban a la que exhibía mi vecina de mesa.

-Oye, ¿estás meditando? –le pregunté en voz baja para evitar que las burlas de los demás se reactivaran.

La niña no contestó. Ni siquiera me miró. Sin apartar la vista de algún punto indeterminado de la pared enmoquetada de enfrente, parpadeó tres veces seguidas muy despacio, como a cámara lenta, y exhaló por la boca el aire de sus pulmones.

-Sí, estás meditando. Lo he leído en un libro. Dice que el ritmo de la respiración es fundamental para alcanzar la relajación profunda.

La niña giró entonces la cabeza hacia mí. Pude ver las manchas oscuras que se le extendían bajo los ojos. Eran de un morado intenso, prácticamente negro. Tenía los labios resecos y observé con cierta repulsión que su cuidado peinado no disimulaba del todo un par de calvas en el lado derecho de su cabeza. Tampoco esta vez dijo nada en absoluto, así que fui yo quien siguió hablando:

-Además, eso que haces con los dedos sirve para mantener la energía fluyendo a lo largo de tu cuerpo. Como un circuito en On. No estoy loco, de verdad que lo he leído.

Solo entonces se dignó a dirigirme la palabra. Con un hilo de voz, como si pronunciar cuatro palabras la agotara físicamente, dijo:

-No sé si estás loco, pero te aseguro que no estoy meditando. Simplemente me encuentro mal. Me cuesta mucho mover los brazos. Y tengo la tripa muy hinchada-. Miré su vientre. Era verdad: parecía que tuviera una pelota bajo la falda. Ella prosiguió-: Creo que mi padre me está envenenando. Esos polvos fosforescentes que guarda en la caja fuerte. No debí contarle a mamá lo que me hace los viernes por la noche.

Un escalofrío nacido en algún punto de mi conocimiento que todavía no había superado la calidad de intuición se derramó a lo largo de mi espina dorsal. Sentí la necesidad de decirle algo a aquella niña. Algo que la ayudara a sentirse mínimamente mejor. Pero me resultaba difícil explicarme teniendo en cuenta que no alcanzaba a comprender del todo la magnitud de su tragedia. No, no llegué a decirle nada. Y, además, en ese momento el vocerío del salón de banquetes se incrementó de golpe. Mi padre seguía subido a su mesa. Bailaba patéticamente y se había desabrochado el cinturón. Los pantalones se le escurrieron hasta los tobillos. Y remató el espectáculo enseñando su culo fofo y blanco nuclear a los presentes.

Cuando quise darme cuenta la niña había desaparecido de mi lado. La vi a lo lejos, abandonando la fiesta con su familia por una puerta lateral. Su padre le rodeaba el cuello con el brazo. Pude verlo de espaldas. Encorvado, esmirriado y con el pelo de la nuca cortado con precisión quirúrgica. Sin esa sonrisa con la que atendía a la clientela de su farmacia y después de haber oído lo que su hija acababa de contarme, solo pude pensar que mi padre no era el único demonio que había conseguido escapar de los infiernos.

Un rato después mi viejo vomitó sobre el chal de una señora y al poco se quedó dormido en uno de los sillones que rodeaban la pista de baile. Mi madre aprovechó la ocasión para ponerle verde y lamentarse de su suerte con otras invitadas. No pude evitar sentir náuseas al oírla. ¿De verdad eso era todo lo que podíamos hacer al respecto? ¿Esa era la forma de solucionar nuestro problema? Fue entonces cuando por primera vez caí en la cuenta de que mi madre era igual de culpable de nuestra mierda que el borracho de mi padre. Hablaba con orgullo de su desgracia. Se sentía cómoda en el papel de víctima. Como si sintiera que con su desdicha estaba ganándose el cielo o alguna gilipollez por el estilo. Fue un momento muy triste. Es duro tener doce años y comprobar que ni siquiera tu madre va a mover un puto dedo para ayudarte.

Por eso no le devolví ninguna de las miradas cómplices que me lanzó a través del retrovisor mientras conducíamos hacia casa. Ya digo, solo pensaba en mi perro Flaco. En dónde estaría. En si habría preñado a alguna perra. En si sería feliz. Joder, deseaba de verdad que así fuera. Noté que los ojos se me humedecían. El viejo roncaba abrazado a su botella en el asiento del copiloto y no estaba en condiciones de enterarse de nada, pero me negaba a que mi madre se diera cuenta. De repente odiaba la idea de que ella pudiera llegar a saber nada acerca de mis sentimientos. No se lo merecía. No tenía derecho. Ya no. Así que refugié la mirada en el paisaje al otro lado de la ventanilla. Las estrellas titilaban en el agua de mis ojos. Se deshacían en filamentos de un azul plateado. Y pensé si morir sería algo parecido a eso, una desintegración indolora y luminosa.

Algo chocó entonces contra el morro del coche. Mi madre hundió el pie en el pedal de freno y salí proyectado contra el asiento de mi padre. En cuanto me incorporé miré por la luna trasera. Había un bulto tendido sobre el oscuro asfalto. Me asaltó un mal presentimiento, absurdo pero muy intenso. Habíamos atropellado a Flaco, estaba seguro. Los gritos de mi padre me hicieron volver la vista hacia el interior del coche. Se había estampado contra el salpicadero. El güisqui se había roto entre sus manos, que ahora aferraban crispadas el cuello afilado de la botella. Parecía presa de un ataque de pánico. Chillaba como un jodido cerdo. Parecía un animal asustado. Pero de pronto se calló, apretó las mandíbulas y dio un respingo en el asiento para ponerse de rodillas sobre él. Con ojos desorbitados esgrimió el filo de la botella alternativamente contra mi madre y contra mí. Muchas veces, muy rápido. Le temblaba el brazo. Le temblaban los labios. Y tuve la certeza de que ni mi madre ni yo saldríamos vivos de aquel coche. Y de que nuestra muerte no sería un apagarse tan plácido y resplandeciente como el de las estrellas del Universo.

Pero, nunca me he explicado cómo, el viejo logró contenerse. A la velocidad del rayo abrió la portezuela del coche y saltó a la carretera. Corrió los metros que le separaban del animal atropellado y se arrodilló a su lado. Me decidí a salir. Flaco era lo único bueno que me había pasado en la vida; si aún estaba vivo, tenía que estar con él en sus últimos momentos. Mi madre intentó mantenerme dentro del coche. Me cogió por el brazo con una fuerza que jamás le habría supuesto, pero conseguí zafarme.

Fuera, la noche había dejado se ser fresca para convertirse en fría. El aire que bajaba de las montañas me resecó la nariz en tan solo un segundo. Los surcos de mis lágrimas me picaban al enfriarse sobre mis mejillas encendidas. Y noté, sobre todo, cómo a cada paso que daba en dirección a mi padre y a mi perro me flaqueaban un poco más las rodillas. Sin embargo logré acercarme lo bastante como para, a la luz roja de los pilotos traseros del coche, comprobar con alivio que aquel animal peludo no se parecía en nada a Flaco. Se trataba de una cabra. Sangraba por la boca y le faltaba la mitad de una pata delantera. Sus enormes ojos negros todavía contenían un tenue resplandor de vida. Le duró poco. Mi padre empezó entonces a gritar como el puto tarado que siempre había sido, mientras, llorando a moco tendido y con la sombrillita de papel todavía detrás de la oreja, apuñalaba furiosamente con la botella a aquel pobre animal.

De pie en la carretera, contemplando aquella carnicería, me di cuenta de que no sentía la menor pena por la cabra. Quien me la inspiraba, profunda y dolorosamente, era el desgraciado del viejo. Y también mi madre, incapaz siquiera de salir del puto coche. Y comprendí que esa pena era la única forma en que jamás se manifestaría el amor que sentía por aquel par de mal nacidos. Porque, joder, les quería.

Una ráfaga de viento arreció entonces, trayendo el tufo del abono de los campos negros que nos rodeaban. El hedor de las vidas que se pudrían en ellos. Y me alegré en lo más puro de mi corazón de que, vivo o muerto, Flaco no estuviera con nosotros. Yo, mejor o peor, podría soportar todo aquello. Y así fue.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Celebración del amor

  1. Exhibes con el favor de las palabras incesantemente nítidas, poéticas, el verdadero valor de la miseria. Eso, de escritor a escritor, merece un premio. Y de hombre a hombre, merece una alabanza. Sin duda, sublime.

  2. En adelante te he de comparar solamente con escritores de verdad. Por ahora, con este relato, abarcas el nivel que tiene José Emilio Pacheco, escritor de «Las batallas en el desierto»: http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Emilio_Pacheco

    • ivanrojo dijo:

      No conozco a ese escritor del que me hablas, pero ahora mismo me informo al respecto. Y, sinceramente, muchas gracias por tus comentarios. Los valoro, me alegran y me honran de verdad.

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