Huesos de cereza

Al llegar del instituto encontré a mi hermano pequeño sentado en su silla de cara a la pared sucia del salón. A través del agujero con forma de puño de la puerta de la cocina se colaban los gritos y los golpes que constituían el código de comunicación de mis padres. Oí cómo una botella se hacía añicos contra el suelo y enseguida cómo un objeto pesado, la nevera o quizá la lavadora, era pateado y empujado con violencia. Luego ambos se cruzaron múltiples amenazas de muerte, pero no me hice ilusiones: ya hacía mucho tiempo que había perdido la esperanza de que las hicieran realidad. Colgué la mochila en el respaldo de la silla de mi hermano y saqué de ella la hoja de papel cuadriculado en que había envuelto el puñado de cerezas que acababa de robar del huerto del vecino. Giré la silla hacia mí y desenvolví el papel ante los ojos de Toni. Durante un instante, su cara de paralítico cerebral -sempiternamente feliz- pareció iluminarse con el destello de la verdadera alegría. Le encantaban las cerezas. Vamos a comérnoslas en el porche, le dije. En cuanto empecé a empujar su silla él agitó contento sus manos atontadas en el aire. Era 13 de enero y el sol se hundía en el más inalcanzable de los horizontes al otro lado de las colinas peladas, pero no le puse su anorak. Joder, Toni, ojalá te mueras, pensé mientras le metía en la boca la primera cereza. Mi hermano la masticó torpemente con sus dientes torcidos. Un fino hilo de baba rojiza le resbaló de la comisura de los labios, formó una gota en su barbilla afilada y tembló allí durante unos segundos hasta caer al abismo inútil de su entrepierna. Para entonces yo ya me había comido cuatro cerezas y escupido sus huesos al polvo del camino. En ese momento Toni empezó a emitir unos sonidos guturales al tiempo que su cara se enrojecía y sus ojos se humedecían y crecían como globos  en sus cuencas. Ahógate, le grité mirándole fijamente, ahógate de una puta vez porque nunca vamos a escapar de esta vida de mierda. Pero no me hizo caso. De algún modo que aun hoy no me explico consiguió librarse del atragantamiento y escupir el hueso a una distancia imposible, mucho más lejos de lo que yo los había arrojado. Y, claro, enseguida se puso a palmotear el aire y su cara se deformó en esa mueca horrenda que era su sonrisa. Mirándole pensé que daría lo que fuera por no quererle, por poder largarme de allí sin el menor cargo de conciencia. Pero lo que hice fue partir en dos una cereza, quitarle el hueso y meterle en la boca aquella fruta dulce, ya inofensiva. Luego le di un beso en la mejilla. Y juntos vimos cómo la oscuridad caía sobre nuestra parte del mundo, en la que nunca brillaba el sol.

Anuncios

Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Huesos de cereza

  1. Jaute dijo:

    Enternecedor, así, sin más.
    Saludos

  2. Nuevamente, perfecto. Ahora me recordaste a Saramago, José Saramago. Porque son las partes de una «realidad esquiva», la realidad del amor y la desdicha, las que hacen de tu texto algo más que maravilloso, crucial.

  3. micromios dijo:

    Hueso de cereza vs corazón de cereza.
    Me gustó.
    Salut

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s