Primavera

Ayer la vida me dejaba en paz y el mundo era más o menos habitable. Pero hoy se diría que la primavera acabara de explotar proyectando en todas direcciones su metralla de colores y olores. Toda esa vida intentando entrar en mí sin permiso mientras paseo buscando el refugio umbrío de las cornisas. Me duelen las córneas. Me escuece la pituitaria. Me pica la piel. La temperatura ha subido unos pocos grados pero, entre tú y yo, lo suficiente como para que mis ingles rezumen sudor rancio tan solo unos pasos después de echar a andar. Pagaría por que fuera octubre y, joder, aún ni siquiera ha llegado abril. En el mejor de los casos tengo por delante seis meses de jovencitas en tirantes y escotes bronceados como esas que van por ahí. Solo pensarlo me hace resoplar de cansancio. Antes encontraba entretenida la contemplación del vacío recauchutado. Un divertimento sencillo e inofensivo, como mirar una peli de acción un domingo por la tarde. Como mirar porno, qué coño. Ahora esas visiones me producen una insondable pereza, aderezada con cierta náusea. ¿Será esto hacerse viejo? Quiero decir, ¿habré alcanzado el punto de sufrir una sobredosis de mundo?, me pregunto mientras sigo mi camino hacia ninguna parte. Encuentro la respuesta cuando de pronto me veo rodeado de un gentío repugnante. Me detengo y miro alrededor en busca de explicación. Compruebo entonces que estoy frente a la puerta de un gimnasio-solarium-spa. Una manada de seres de aspecto humano salen y entran. No digo seres humanos sino seres de aspecto humano porque se trata de hombres y mujeres demasiado perfectos como para ser lo uno o lo otro. La piel de todos ellos es de un inquietante color anaranjado. El aire en torno a sus cuerpos perfectos huele a gomina, maquillaje y crema bronceadora. Los fragmentos conversacionales que capto mencionan conceptos como “complemento dietético”, “Calvin Klein” y “depilación integral”. Se me eriza el vello del espinazo y me debato entre salir corriendo o quedarme y preguntarles de qué sirve cuidarse tanto si van a desperdiciar toda esa salud siendo como son. No hago ni lo uno ni lo otro. Sencillamente (y a pesar de estar intentando dejarlo) me enciendo un cigarrillo con una calada larga y profunda, mantengo el aire unos segundos en los pulmones para que se impregne bien de mi suciedad y luego abro la puerta del gimnasio, asomo la cabeza al interior y exhalo el humo en la recepción. El tipo amariconado de dos metros de altura que hay tras el mostrador me ve y abre la boca en gesto de estupor al tiempo que retrocede un par de pasos hasta pegar su espalda contra la pared, como si lo que estuviera invadiendo el aire del local fuera anthrax. Yo le sonrío desde el otro lado de la cortina vaporosa que sale en volutas de mi boca. Tú me contaminas, yo te contamino, le digo entonces, y le dedico un perfecto corte de mangas con mis brazos como palillos.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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6 respuestas a Primavera

  1. Aquí reflejas la incuestionable carga de humanidad que, por sorprendente que parezca, conlleva la misantropía. Excelente. Saludos. 😀

  2. Amparo Noguera dijo:

    En tu linea… Bueniiisimo!!! Supongo que el gimnasio-solarium-spa que nombras es el mio 🙂
    Aprovecho para mandarte un abrazo.

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