Japón

Resumiré la historia. Tampoco es cuestión de revolcarse en el lodo.

Una noche me dijo que ya no le apetecía estar conmigo. Sin la típica fase previa de caras raras, discusiones provocadas y demás movidas sin sentido. Llevábamos casi un año y todo parecía ir bien. Habría jurado que nos queríamos y todos esos rollos. Vamos, que ni una sola vez a lo largo de nuestra relación me había visto en la tesitura de preguntarme si le habría bajado la regla. Pero aquella noche, mientras ella hojeaba el sobrevalorado Mondosonoro en un bar donde estábamos tomando unas cañas, me lo soltó así sin más. Como quien te dice que ha decidido cambiarse el corte de pelo o que se va a pasar a Yoigo. En ese momento opté por hacerme el duro, claro. Tú misma, le dije, ahí te quedas. Pagué los cuatro tercios y me largué a mi casa cagándome en la puta.

Cuatro días más tarde aún no se me había pasado la mala hostia. Había estado esperando que me llamara para decirme que se le había ido la puta olla y que todo había sido una gran cagada por su parte. Pero, joder, la llamada no llegaba, así que fui yo quien marcó su número. Le dije que sería un detalle por su parte darme alguna explicación. Nunca debí preguntar. Ella me informó con absoluta naturalidad que se había cansado de follar conmigo. Y aprovechó el silencio que se produjo en mi extremo del cable telefónico para añadir que había encontrado a un japonés que lo hacía mucho mejor. Luego dijo adiós y colgó.

¿Un japo? ¡Hostia puta! Pero si es de dominio público que tienen la polla del grosor de una pajita de zumo individual. ¿O eran los chinos? Joder, el caso es que, quizá por lo inesperado de sus declaraciones, confieso que tras escucharla quedé completa e instantáneamente desquiciado.

Tiré mis dvd’s de Kitano y hasta mi adorado disco de los Michelle Gun Elephant y me enclaustré a escribir declaraciones de guerra al Imperio del Sol Naciente en forma de poemas. No sirvió de mucho. Un lunes el amanecer me alcanzó dando vueltas en la cama y decidido a hacer lo que hiciera falta para volver a estar con ella. Estúpidamente, o tal vez aprovechando la circunstancia de tener una floristería justo al lado de mi casa, decidí plantarme en su casa con un ramo de rosas gigantesco. Vamos, un cojón de pato en pétalos y espinas. Ya con las flores en la mano, y como si de una luminosa epifanía se tratara, se me ocurrió la manera de perfeccionar mi sorpresa. Aún no le había devuelto la copia de sus llaves, y pensé que sería un toque de genialidad romántica aprovechar la hora en que se iba a dar su clase de yoga, tai-chi, pilates o lo que fuera (seguro que el cabrón nipón había salido de ahí, joder) para entrar en su casa y dejarle el ramo sobre la cama, acompañado de las llaves, claro, y de una nota breve pero cargada de los mejores sentimientos.

A las cuatro menos diez estaba agazapado detrás de una furgoneta aparcada frente a su portal. La vi salir y enfilar calle arriba hacia el gimnasio. Estaba radiante, sonriente, feliz. Parecía que en cualquier momento sus pies se despegarían del suelo y empezaría a levitar, como en un jodido anuncio de cereales con fibra. El corazón me dolió unos instantes. Pero respiré hondo y me repuse, decidido a seguir adelante con mi plan.

Ya en su casa me invadieron las dudas. Los muebles, la luz que atravesaba las cortinas, esa estantería en la que se quedaría para siempre alguno de mis mejores discos. Joder, hasta el olor de su ambipur. Todo me evocaba situaciones mejores que la que estaba viviendo en ese instante. Situaciones con sentido, legítimas, elegidas por los dos. Muy diferentes a la artimaña que me estaba tomando en lujo de perpetrar. Qué queréis… Supongo que en el fondo soy un gilipollas. Sea como sea no tuve ocasión de seguir analizando mi dilema moral. El ruido del ascensor al detenerse en el rellano me puso en alerta, y fue escuchar la llave en la cerradura y correr de un lado a otro en busca de escondite. Quizá lo más apropiado habría sido dar la cara e intentar salir del entuerto con el mayor decoro posible. Sí, supongo que habría sido lo más normal. Pero lo cierto es que mientras me preguntaba por qué cojones no daba por concluida mi patética pantomima ya estaba debajo de la cama del dormitorio sintiéndome personaje de una mala comedia de sobremesa.

Desde la penumbra ligeramente polvorienta de mi escondrijo oí el portazo y luego sus pasos apresurados recorriendo el pequeño piso. Antes de cinco segundos mis ojos enfocaban sus tobillos a través de los faldones de la sábana. Lo que sucedió entonces voy a contarlo aún más rápido que lo anterior porque no me es trago de buen gusto y porque me acabo de tomar un par de orfidales y no creo que me quede mucha cuerda.

Lo vi todo desde ahí abajo, ya digo, con la cara pegada al suelo y las manos quietísimas aferradas al puto celofán del ramo de rosas.

Se dirigió al pequeño escritorio que había bajo la ventana, cogió el portátil y lo puso sobre la cama. Luego acercó un taburete bajo y se sentó frente a la pantalla, sus piernas flexionadas entreabiertas justo delante de mis narices.  Se conectó al skype y supongo que el jodido japonés apareció al instante en la pantalla. Se comunicaban en inglés. No lo domino tanto como a mi currículum le gustaría, así que supongo que me perdí detalles de lo más jugoso. Pero pude captar algunas frases significativas. Ella le dijo que le había encantado ese wassap sorpresa que él le acababa de enviar. Que había vuelto corriendo a casa nada más recibirlo, que el yoga podía esperar. El japonés le dijo en un inglés casi tan malo como el mío que sabía que habían quedado a las ocho, pero que no podía esperar para follársela. Que la quería so much. Pues llámame ya, le apremió ella, que me muero de ganas. Enseguida empezó a oírse el zumbido de su móvil al vibrar en algún sitio relativamente próximo. Ay, espera, cuelga, dijo ella, que me lo he dejado en el bolso. Se levantó, cogió el teléfono y volvió al taburete. Vale, ya puedes volver a llamarme, dijo entonces mientras con la mano libre se quitaba ansiosamente las mayas con las que en ese instante podría haber estado meditando en la posición del loto. Luego, con más prisa todavía, se deshizo de las bragas arrojándolas a un rincón de la habitación. Y un momento después, cuando el móvil empezó a vibrar de nuevo en su mano, vi cómo el resplandor azul hielo de la pequeña pantalla se perdía en el interior de su vagina emitiendo la vibración de un terremoto diminuto pero letal. Mientras ella y el japo se juraban amor eterno entre gemidos de placer, sentí cómo se marchitaban de golpe las flores que sostenía con cuidado entre las manos. Caían sobre el gres sucio, arrugadas, casi replegadas sobre su centro. Tal vez avergonzadas de sí mismas.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a Japón

  1. El Japón a través de una fantasía: aquella sustentada en su alta y moderna «capacidad» tecnológica.

    Saludos. 😀 Excelente.

  2. Toni F dijo:

    Me he reido con esa historia nipona de desgracia a lo Peter Sellers. Me gustaría saber la marca de ese super móvil que tiene cobertura intravaginal!! Salud señor!

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