Por qué escribir

Días en los que hasta el café se te atraganta porque de repente miras a tu izquierda en la barra y ¡zas!: el tipo de al lado no tiene labio inferior. No está. Ese pedazo de carne que debería ocultar del resplandor cruel de los fluorescentes esa línea no muy recta de dientes sucios de un color amarillo parduzco. Sencillamente no está. Cosas que pasan. Putadas. Pienso en un cáncer. Pienso en un accidente de tráfico. Pienso en una malformación congénita. Pienso en su padre llevándoselo a pescar de crío, lanzando el anzuelo demasiado cerca de la cara de su hijo. Pienso en la posibilidad de que algún loco se lo desgajara de un navajazo en plena disputa futbolística. Pienso en la posibilidad de que alguna loca se lo arrancara de un mordisco en pleno clímax barato. Pienso en cosas que nunca sabré pero sé que el hombre no tiene labio y, joder, es mucho peor que ser tuerto o tener un agujero donde debería haber una oreja. Además tiene la cara picada o más bien tiene algo parecido a una jodida hamburguesa en la cara. Como si nada más nacer lo hubieran atado de las muñecas al guardabarros trasero de una camioneta y le hubieran arrastrado toda la vida por una carretera secundaria mal asfaltada. Justo hasta ahora, que al fin lo han soltado aleatoriamente a la puerta de este bar. Y hay algo en los ojos del hombre que me dice que acierto, que lleva muy adentro esa sensación de apaleamiento. De tortura. De desubicación. Me lo dicen los movimientos de sus dedos crispados al recolocarse sobre la frente el pelo grasiento. Me lo dice la manera huidiza en que pide que le rellenen el güisqui. Me lo dicen la ropa que lleva y ese tic que le hace llevarse la mano cada cinco segundos a su nariz amoratada para cubrirse durante un instante su amputación. Me lo dice el hecho de que ahora me mira desde esos ojillos rojos de perro tan rabioso como asustado que se entreabren en el centro de su cara y me dice ¿Qué cojones estás mirando?, con su lengua moviéndose como una babosa enferma en el agujero amorfo de su boca. Por un instante pienso en decirle todo esto, todo lo que estoy viendo en él y sopesando la posibilidad de escribir. Pero no lo hago. Lo único que le digo es Nada, hombre, no estoy mirando nada. Y mientras observo con disimulo cómo el tipo se echa a la garganta el güisqui apoyando el vaso en sus dientes, clinc-clinc, me pregunto si en verdad es eso lo que deseaba que le respondiera. Si no habría preferido oír todo lo que su visión hace que pase por mi cabeza. Profundidades. Muecas al borde del abismo. Equilibrismo en la cuerda floja. Carencias eternas. Hambres imposibles de saciar. Webs porno. Refugios con afilados bordes de cristal. Rebanadas de hígado. Venenos demasiado lentos. Nostalgia de universos paralelos jamás vistos, un poco más cercanos a la perfección o siquiera a la mera habitabilidad. La importancia de la luz interior. Bienaventurados los desfigurados. Bienaventurados los rotos porque solo ellos bañarán sus heridas en el agua tibia de la felicidad. Y otras mentiras por las que escribir.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Por qué escribir

  1. Nojaman dijo:

    En muchas ocasiones las “taras” o defectos que vemos en los demás son el puro reflejo de las propias, no es su caso Don…
    Un saludo afectuoso

  2. Como Günter Grass. Leí tus motivos y es difícil no extrapolarse a «El tambor de hojalata».

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