Ring

Tú no lo sabes pero en el vestuario del trabajo huele a sudor, a pies, a carne de más. Huele a ropa interior sucia y a colonia barata. Huele a derrota a prueba de desodorantes. Huele a humanidad sin mayúscula.

Frente al espejo intento subirme la cremallera del mono azul del uniforme. Pero se engancha y se engancha. Y mientras lucho con ella observo todos esos reflejos ahí delante, a mi espalda. El reverso de mis compañeros. Sus yoes del revés. Ramírez que se ata las botas sentado en la banqueta, la barriga flácida y peluda colgando entre sus rodillas. Le dice algo a García, que se está aplicando loción mentolada en su cara flaca recién afeitada. Hablan. Se ríen. Se comunican. Sí, hablan. Y creo que lo hacen en mi idioma. Pero lo cierto es que no entiendo una sola palabra de lo que dicen.

Todo me resulta extraño. La luz mortecina que cae de los fluorescentes sume el vestuario en una atmósfera espesa, casi oleosa. Algo así como la ambarina viscosidad en la que reposan ingrávidos los habitantes de los frascos de formol. A través del espejo me fijo en nosotros. Ramírez, García, Rojo. Somos criaturas a medio hacer. Proyectos abortados. Especímenes inviables indiferentes a su condición. Al menos es lo que me parece, y siento miedo al pensarlo. Literalmente me estremezco mientras contemplo el espectáculo atrapado en el espejo. Mis compañeros, en cambio, dan la impresión de llevarlo bien.

Precisamente ahora se ponen en pie y salen por la puerta rumbo a sus respectivos puestos en la cadena de montaje. Justo antes de cerrar de un portazo la mano de García apaga la luz despreocupadamente. Olvidándose de mí. Allí de pie, a solas en medio de la penumbra rancia del vestuario, escucho los pasos de mis compañeros alejándose al otro lado. Su conversación reduciéndose a murmullo. Luego a ruido. Luego a nada. Y pienso.

La rendija de luz que se filtra por debajo de la puerta. Ese tenue resplandor que ilumina cada vez más levemente el linóleo que se extiende hasta mis pies, puede interpretarse de dos maneras:

La luz inalcanzable al final de un túnel de pongamos diez mil días idénticos a este, peleando con la cremallera, esforzándome por subírmela hasta la misma garganta.

O el brillo de la velada en que al fin decida usar este cuartucho como lo que es, un vestuario, y enfundarme los guantes, saltar al ring y convertirme en campeón mundial de los pesados.

Ambas opciones son gratis, así que decido abrazar la segunda. Y fijo la mirada en el reflejo tenebroso que el espejo me devuelve.

Tú no lo sabes, le digo mientras le lanzo dos rápidos directos que cortan el aire viciado del vestuario.

Tú no lo sabes, le digo mientras bailo en la oscuridad frente a mi peor y más íntimo enemigo, con la guardia alta, dispuesto a soltar el gancho definitivo.

Tú no lo sabes, le digo, pero yo sí: un día tumbaré al mundo por K.O.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Ring

  1. El relato «refleja» lo que va entre la derrota y el anhelo de victoria; la reducción de la eternidad.

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