Tarde de verano y piscinas Toy

Recuerdo el calor pegajoso y recuerdo las moscas sobre el mantel y recuerdo a mi padre en el balcón, tirado en la pequeña piscina Toy que aquel verano nos habían comprado a mi hermano y a mí para que no echáramos demasiado de menos la playa. Pero aquel día acabábamos de comer y el viejo dijo que no había dios que aguantara aquel calor y que esa tarde la piscina sería para él. Apuró su vaso de vino y se repantigó triunfante en la silla. Me parece que mi hermano mayor se atrevió a decir algo. No sé, supongo que alguna tímida protesta. Lo que sí recuerdo es que mi padre le cruzó la cara con el revés de su manaza y luego lo levantó de la silla agarrándolo del cuello. Mi madre saltó sobre el cabrón como una fiera pero no pudo hacer gran cosa. Un codazo le partió el tabique nasal en tres secciones. Aun hoy le duele de tanto en tanto. En fin, a los pocos segundos mi padre se cansó de estrangular a David y lo tiró de un empujón sobre la mesa. Para entonces mi vejiga ya se había vaciado por completo sobre el tapizado floreado que forraba aquellas cuatro viejas sillas. El viejo se dio cuenta. Antes de poder reaccionar su zarpa me cogía del pescuezo y me obligaba a lamer aquel charco. Tenía cinco años. Luego, como es habitual tras este tipo de tormentas, se impuso la calma. Una calma que mi madre aprovechó para curarnos a David y a mí. Después se rellenó de algodón las fosas nasales y, supongo, empezó a inventarse la coartada que daría esta vez a los familiares y conocidos. Porque amigos, en estas situaciones, no suele haber. Entonces se metió un par de lorazapanes y se tumbó en la cama. Mi hermano se escabulló hacia la calle y yo me quedé en el salón, todavía temblando. Vi a mi padre quitarse los pantolones y la camisa. Cuando se hubo quedado en calzoncillos dejó caer sus ciento veinte kilos sobre la pequeña piscina. Me recuerdo a mí mismo observándolo en silencio al tiempo que chasqueaba la lengua para intentar quitarme el sabor a metal oxidado de mi propia orina. Panza arriba en aquel diminuto círculo de plástico y agua parecía un cerdo blanco y fofo. Joder, al sol fileteado que se filtraba por la persiana parecía un monstruo. Una fiera estriada. Un ser maligno venido del infierno. Parecía cualquier cosa menos un padre. Y supe que tenía que matarlo. Mi madre siempre nos insistía a mi hermano y a mí en que tuviéramos cuidado con el ventilador cuando nos metiéramos en la piscina, que mantuviéramos aquel trasto alejado del agua. Si aquel aparato tocaba el agua arderíamos vivos, nos decía. Y, claro, no pude evitarlo. Nadie me lo ha agradecido todavía. Pero, la verdad, no hace ni puñetera falta. A veces, en sueños, me despierta el olor a plástico quemado que quedó flotando en el aire de la casa. A veces, en pesadillas, me despierta el olor a carne quemada. Pero no, no necesito que nadie me agradezca nada.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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