Tres cuervos

Son poco más de las ocho de la mañana de un día de invierno y voy a llevar a mi padre a la residencia municipal. Unos vecinos nos han conseguido una plaza. Conocen a alguien en el ayuntamiento, y a cambio de unos cuantos cientos para ellos y otros para su amigo de dentro, nuestra solicitud fue admitida a trámite hace dos semanas y concedida a los pocos días. Sara, mi mujer, salió fugazmente de su letargo el otro día y dijo que deberíamos invitarles a cenar un día de estos. Para que vean que somos buena gente, gente agradecida. Pero yo le he dicho que no nos han hecho ningún favor. Que más bien hemos contratado sus servicios, y que sin duda los hemos pagado con creces. En cualquier caso, si Sara se empeña habrá cena. No cuesta nada hacer eso por ella. Y quizá le venga bien una noche en compañía novedosa. Últimamente no lo está pasando muy bien. Está un poco deprimida. Bastante, en realidad. Puede que estuviera bien distraerse con una buena cena. Una excusa para beber, al fin y al cabo, y confraternizar un rato con los vecinos. Ya está bien de que nos vean como a unos bichos raros. Además, la verdad es que esto de la residencia ha sido como un regalo de la Providencia. Hace ya un par de años que la granja va de mal en peor. Y el viejo supone una pasta al mes en pañales, papillas y medicinas. Por no hablar de las llamadas intercontinentales que hace a hurtadillas en plena madrugada. Por lo menos una vez a la semana se las arregla para salir de la cama, coger el teléfono y marcar el número de su hermano con la intención de charlar un rato con él. El número de su hermano, y este es un dato importante, en la jodida Rusia. Mi tío se quedó a vivir allí porque durante su servicio en la quinta gran guerra le hizo un bombo a una butanesa que calentaba las noches de los soldados en un garito de Kemerovo. Y aunque ya han pasado diez años desde que el pobre muriera atropellado por un tranvía nocturno, mi padre es incapaz de recordarlo. A mí me toca los cojones que no se olvide también del número de mi difunto tío, o cuando menos del prefijo siberiano. Supongo que es cosa de los microinfartos cerebrales que le diagnosticaron la última vez que lo llevamos al hospital porque le había vuelto a dar por tragarse alfileres.

-Demencia, para entendernos -me explicó el doctor en tono chabacano al salir de la consulta.

La palmadita en mi hombro con la que dio por concluida nuestra conversación hizo que me entraran ganas de machacarle los dientes hasta incrustárselos en los sesos. Jodidos doctores. Te ven con estiércol en las botas y virutas de serrín en la camisa de felpa y te toman por un puto ignorante.

Pero, bueno, a lo que iba. Cargo la maleta de mi padre en el maletero y me dispongo a sacar la ranchera del garaje. En realidad se trata de un establo, pero vendí la última vaca en otoño, y lo he reconvertido en garaje. Le doy al contacto. Nada. Es un coche viejo, y lleva demasiado tiempo parado en medio de este jodido frío de tres pares de cojones. Vuelvo a girar la llave unas cuantas veces más. Al fin el motor tose como lo hace mi padre durante estas noches de invierno. Con rabia. Como intentando ahuyentar la muerte acechante. Acelero a fondo, acelero aún más a fondo y el trasto empieza a carburar. Lo saco en primera del garaje. Me deslizo sobre la nieve embarrada o el barro nevado con suma precaución. No me falles ahora, le digo en voz alta a mi ranchera mientras le doy unos golpecitos cariñosos en el salpicadero, aguanta al menos hasta que deje al viejo a la puerta de la residencia y, bueno, ya puestos, hasta que pueda dar media vuelta y alejarme los metros necesarios para perderlo de vista.

Me detengo frente al porche y echo el freno de mano. Salgo y me dirijo hacia mi padre. Lo he dejado en los escalones de la entrada, envuelto en un par de mantas y con el nudo de la corbata más o menos bien hecho. Me da la impresión de que al verme se asusta un poco.

-Venga, papá, es hora de irse –le digo en el tono más tranquilizador que soy capaz de fingir.

Él balbucea algo ininteligible y esconde la cabeza entre las mantas. Lo levanto agarrándolo por los sobacos y me lo cargó al hombro. No quiero dejarlo en el asilo con los zapatos manchados de barro. Me doy cuenta de lo flaco que está. Sus costillas se me clavan en la clavícula mientras lo transporto. Cuando consigo acomodarlo en el asiento del acompañante mi hija sale por la puerta mosquitera y dice que quiere venirse con nosotros.

-No, Ana, tienes que quedarte a cuidar de tu madre.

-Pero si está dormida -replica ella.

-Ya sabes que mamá está enferma, enana; hemos quedado en que cuando yo no esté tú eres la encargada de vigilarla para que no se tome más que una pastilla.

-Pero si nunca se despierta antes de la hora de comer –protesta la cría.

Y tiene razón. Sara lleva casi diez meses siendo una especie de inválida que duerme, solloza y llena el orinal de la habitación dos o tres veces a la semana. Todo eso y también, en un par de ocasiones, una inválida egoísta que me la ha querido jugar poniéndose hasta el culo de tranquilizantes. No sé de dónde coño los sacará pero, joder, no hago más que encontrarme esas putas píldoras en los sitios más insospechados. Hasta en algunos frascos de especias. Comino, clavo y otros condimentos por el estilo de esos que acaban quedándose al fondo del armario porque un tipo como yo jamás las utilizaría para sazonar los pocos platos que sabe preparar. De manera que no es buena idea arriesgarse a que Sara se quede sola en casa ni un puñetero minuto. Pero, por otra parte, uno acaba cansándose de estar siempre alerta. Y además, qué coño, una niña de ocho años se merece dar una vuelta en coche con su padre aunque solo sea una vez al año. Así que le digo a mi hija:

-Vamos, sube.

Y ella sonríe amplia y deslumbrantemente, salta los escalones del porche, hunde sus zapatitos en el lodo y entra a toda prisa en el coche.

Ni siquiera recuerdo cuándo dejó de funcionar la radio de la ranchera, así que durante el trayecto atravesamos el paisaje helado en completo silencio. Le he dicho a Ana que sea buena chica y se esté calladita ahí detrás, que a ver si hay suerte y el abuelo se duerme. Y, joder, sí, por una vez las cosas salen como quiero que salgan. A los pocos kilómetros percibo la cadencia profunda y pausada de la respiración de mi padre dormido. Y me relajo un poco. No me gustaría tener que verle llorar, maldecir ni aguantar ningún drama senil. Solo quiero dejarlo allí, decirle que va a estar de puta madre y mentirle lo mejor posible al prometerle que iremos a verle todos los domingos. Solo quiero, en definitiva, quitarme un problema de encima. Uno de todos ellos.

En esto pienso mientras conduzco por una carretera desierta bajo un sol de aspecto enfermizo, como tamizado por esa telilla que recubre la yema de los huevos. Dejando nieve sucia a ambos lados y a una mujer suicida en casa. Rumbo al sórdido lugar que he elegido para que mi padre se consuma y muera. Hasta que un súbito volantazo me saca de mis pensamientos. Un reventón en la rueda delantera derecha nos echa violentamente al arcén. Tras un largo patinazo detengo el coche sin excesivos problemas. Ana empieza a llorar en el asiento de atrás. Me giro y le digo que se calle, le grito que se calle, que le he dicho que no quería oírla en todo el viaje. Y creo que le doy un leve bofetón con los dedos de la mano, no estoy seguro. También me parece que al instante le pido perdón e intento acercarla hacia mí para darle un abrazo, pero tampoco estoy seguro de esto. Lo que sí sé es que salgo del coche, rodeo el capó y me acuclillo junto a la rueda pinchada. Tras observarla durante un minuto, intentando tranquilizar el ritmo de mi respiración, mis latidos y mis ideas, por alguna razón alzo la vista hacia el cielo azul. Tres cuervos me miran desde la parte más laxa de la comba del tendido telefónico. Están muy juntos. Sus alas se tocan en busca de calor animal. Entonces el del medio emite un graznido extraño, agita su plumaje un momento y se precipita hacia el suelo como una piedra negra, sin hacer el menor movimiento. Se clava de cabeza en la nieve, las patas rígidas asomando de la blancura como dos oscuras flores resecas. A los pocos segundos sus dos compañeros abandonan el cable y descienden a tierra con un aleteo demasiado sonoro. No hay la menor elegancia en su vuelo. Aterrizan junto al cadáver aún caliente de su hermano, y empiezan a picotear su carne con indiferencia animal, no sé si cruel o simplemente estúpida. Veo sus picos recubiertos de rojo, y se me revuelven las tripas. Vomito bilis junto al neumático pinchado. Me limpio la boca con la manga. Y me levanto. Subo al coche, me hundo en el asiento y cierro los ojos deseando con todas mis fuerzas escuchar la respiración de mi padre. Cuando la oigo, me echo a llorar feliz, o quizá simplemente aliviado, mientras pienso Joder, el cabrón ni se ha inmutado con el pinchazo. Entonces noto la mano suave de mi hija secándome las mejillas húmedas. Le digo Todo irá bien, enana. Y vuelvo a salir del coche decidido a sacar la rueda de repuesto del maletero, colocarla rápidamente y dar media vuelta lo antes posible. Decidido a volver a casa. Ponerlo todo patas arriba hasta dar con la última de esas jodidas pastillas. Ordenarle a la compañía telefónica que inhabilite las llamadas internacionales desde mi teléfono. Amenazar a mis vecinos con quemarles la granja si no me devuelven la pasta. Confiar en que mañana será mejor. Y otras cosas por el estilo. Decidido, supongo, a empezar a hacer las cosas bien.

Anuncios

Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s