Julieta y Romeo

Con esfuerzo por los sesenta y siete años que acababa de cumplir y con cuidado por los setenta y uno de su marido, la mujer desnudó al hombre y poco a poco lo metió en la bañera. Quedó de rodillas, notando en sus manos y antebrazos el roce templado del agua. Alivio para su artritis y para sus viejas fracturas. De la cinta del delantal le colgaba una pequeña toalla rosa con flores azules estampadas, los colores desgastados y el punto áspero. Sin saber muy bien por qué se preguntó de dónde había salido. Supuso que era una prenda superviviente de su ajuar, pero no habría podido asegurarlo. Cuando el día a día es el infierno uno acaba olvidándose de los detalles superfluos de una mala tarde de hacía más de cuatro décadas. Detalles como por ejemplo quién en concreto te regaló un juego de toallas para lavar la felicidad de tu matrimonio. Todavía arrodillada la enrolló y la colocó a modo de almohada entre la blanca porcelana y la nuca escuálida de su marido. Luego se incorporó y permaneció un rato de pie junto a la bañera mirando al hombre, que le sonreía con cara de tonto desde ahí abajo. Parecía un muerto viviente de esos que salían en una serie de la Sexta. Un puñado de huesos envueltos en piel vieja. Pellejo en realidad. Es curioso, dijo la mujer en voz alta, el alzheimer te ha devorado el cerebro y lo único que no te ha adelgazado es la cabeza. Esa cabeza de cabrón, añadió ahora para sí misma, que te hizo joderme la vida desde la misma noche de bodas. Ahí de pie se retorció las manos con cierto nerviosismo y recordó cómo aquel guiñapo que flotaba en el agua tibia le había doblado la muñeca hasta rompérsela sobre la cama de la habitación en que la desvirgó nada más hubo acabado el banquete. Simplemente porque se había negado a que le diera por el culo. Luego vino una paliza que fue la primera de incontables a lo largo de cuarenta y dos años. Así que lo peor que le había pasado en la vida no era el alzheimer de su marido, claro, por mucho que las vecinas insistieran en subrayar la desgracia del pobre hombre cuando se cruzaban con ella en el portal. Lo peor era la sensación, profunda y densa como bilis, de humillarse un poco más todavía cada vez que tenía que bañar, dar de comer o limpiar el culo a aquel hijo de puta. Se acercó al grifo de la bañera y giró al máximo el mando del agua caliente. La vieja caldera, de esas que de verdad calentaban, zumbó a lo lejos en la galería e hizo que el agua desprendiera vapor nada más manar. Los pies del viejo justo debajo del chorro hirviente, enrojeciéndose por momentos, la piel adquiriendo la fina textura de la telilla de un huevo. Y él sin poder moverlos ni un milímetro. Cuando la mujer decidió acabar con aquello cerró el grifo y se dirigió al botiquín de debajo del lavabo. Detrás de las cajas de los medicamentos que su marido había ido tomando a lo largo de la evolución de su enfermedad encontró los somníferos que ella había tenido que dejar porque un enfermo de alzheimer no deja tiempo para dormir a pierna suelta. Vacío el frasco en la palma de su mano y con el índice fue separando, contando las pastillas mientras agradecía a Dios o a quien fuera que nunca les hubiera dado hijos. Que no tuviera ningún flotador al que tener que agarrarse por obligación. Cuando hubo acabado el recuento treinta y siete comprimidos descansaban sobre su mano callosa. Supuso que serían suficientes. Con ellas en su puño apretado volvió a acercarse a la bañera, a la altura de los pies del hombre. Introdujo la mano libre en el agua caliente y cruzó las piernas de su marido, tobillo sobre tobillo. Luego los levantó lentamente y observó cómo todo ocurría tal y como se le acababa de pasar por la cabeza. La espalda del hombre se escurrió por la pared de la bañera emitiendo un leve chirrido hasta que su barbilla tocó la superficie del agua. Entonces se detuvo. Y se lo pensó por última vez. Concluyó, con una rapidez y seguridad que le sorprendieron gratamente, que sencillamente no había nada que pensar. Y casi sin ser consciente de ello elevó un poco más las piernas del viejo y cuando quiso darse cuenta el agua ya cubría por completo su cara. Su sonrisa de muñeco de trapo, de mono, de bebé, de enfermo mental, la sonrisa que lucen las cosas huecas, parecía una mueca siniestra bajo dos dedos de agua. No le importó. Lo demás, todo lo demás, llevaba hundido más tiempo del que era capaz de recordar. En una sima abisal.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Julieta y Romeo

  1. Con un texto donde el «odio» es un eje central abrumador, combinas la estética con la animadversión por la muerte de una forma característica.

    Buen cambio de título, aunque siempre sea lo único que discuto de tus textos: son muy desapegados. En fin, nos obligas [a tus lectores] a ir al grano, directo con el exquisito relato. No obstante es comprensible, pues el título suele ser (después de la primera frase) la frase más difícil de una narración.

    Saludos.

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