La próxima tormenta

Todavía era un hombre joven, aunque cada vez con mayor frecuencia necesitaba hacer un esfuerzo consciente por reconocerse en el espejo. Pero no sería mentir decir que todavía era un hombre joven atravesando el país invernal para ir a verla a ella, tan tranquilo, decidido y feliz como cualquiera que así elija sentirse.

Tras cuatrocientos o quinientos kilómetros el cielo se cubrió de un gris granítico y empezó a llover y luego a diluviar. Y el hombre joven puso las luces antiniebla y redujo la velocidad. Y condujo aferrado al volante mientras le adelantaban incluso los tráilers, que pasaban a su lado atravesando la cortina de agua como gigantescos taladros, con ruido de gomas chirriantes y traqueteo de hierros.

Hasta que llegó a un área de servicio en mitad de campos encharcados de un barro negruzco. La edificación, le pareció intuir, tenía forma piramidal. Detuvo el coche a escasos metros de la entrada del bar/cafetería/restaurante/self-service/grill, que en efecto era una pirámide acristalada, pero no pudo evitar entrar empapado en el local.

Y tal vez fue el calor que allí se respiraba lo que le hizo sentirse cómodo al instante. O quizá se debió a la canción que salía de los altavoces incrustados en el falso techo; un tema lánguidamente, muy lánguidamente bluesero que invitaba a tomarse algo caliente viendo descargar la tormenta contra los ventanales, contra la cima transparente de la pirámide. Y, fuera, contra las carrocerías relucientes de los coches y los columpios oxidados del pequeño parque infantil anexo y las uralitas del párking y el asfalto y el campo y el mundo entero.

Fuera cual fuese el motivo lo cierto es que aquel hombre que todavía era joven se sintió allí, con un café en la mano y el mundo anegado en sus pupilas, más a gusto de lo que recordaba haberse sentido en mucho tiempo. Y pensó, sabiéndolo absurdo, en quedarse allí para siempre. Como un mueble más. Como las plantas artificiales que separaban la barra del comedor. Como la máquina de bolas-sorpresa o como la polvorienta botella de anís del mono de la balda más alta de la estantería. A salvo de las inclemencias del tiempo. De los peligros del mundo exterior. Amablemente protegido del mal por unos delgados cristales que le permitían a uno verlo todo sin exponerse a ningún riesgo.

Pero al cabo de un rato el cielo se iluminó de nuevo y aquel hombre que todavía era joven se olvidó de lo que acaba de pensar y sentir, pagó su café y de nuevo al volante prosiguió conduciendo hacia ella. Rápido, rápido y más rápido. 150 km/h. Con prisa. Casi con ansia. Con la leve sensación, tal vez nada más que intuición, de que dentro del área de servicio había envejecido más de lo que indicaba el reloj del salpicadero. Y hundió aún más el pedal del acelerador con la impresión de que empezaba a ser tarde para todo menos para ponerse a salvo de la próxima tormenta. 180 km/h. Sobre mojado.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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