Pollos

No recuerdo por qué fuimos a aquel pueblo. Solo sé que era verano y yo tendría cinco o seis años y después de un buen rato en la carretera por fin aparcamos a la sombra de lo que me parecieron unos árboles gigantescos y verdísimos. Se oía música a lo lejos, bombo y platillos. Y mi padre dijo:

Vamos a la plaza.

Y fuimos a la plaza. Estaba llena de gente. Olía a carne, a aceite y a sudor. Todo el mundo miraba hacia un sitio que yo no podía ver desde mi altura. Entonces mi madre me cogió en brazos. En el centro de la plaza había un escenario con una larga mesa a la que se sentaban cuatro hombres. Parecía haber algo delante de ellos. No alcancé a distinguirlo hasta que mi padre me subió a sus hombros. Eran pollos. Cada uno de los hombres tenía ante sí un enorme y reluciente y humeante pollo asado. Como el que mi madre hacía algunos domingos. Entonces se oyó un bocinazo y los hombres se inclinaron precipitadamente de un salto sobre la mesa y empezaron a comerse sus respectivos pollos.

Venga, hijo, me dijo mi padre, apuesta por uno.

Yo no lo entendí.

¿Es un juego?, le pregunté.

¿Un juego? Es una competición, chaval.

Los hombres devoraban la carne sin cubiertos, solo con sus manos y con sus dientes. No tardaron más de dos minutos en dejar sobre los platos los esqueletos repelados de las aves. Unas señoras con delantales de flores trajeron una nueva remesa. Fue despachada con idéntica rapidez. Y luego otra y otra y otra. Uno de los competidores abandonó en su quinto pollo. Otro a mitad del sexto. Los otros dos aguantaron a la par hasta el noveno animal, pero el décimo marcó la diferencia. Uno de los hombres solo pudo comerse un ala. Por mucho que lo intentó apenas consiguió engullir más carne. Los pocos bocados que acertaba a dar le caían de inmediato de entre los dientes sobre el plato. El otro, en cambio, logró comerse ambas alas y una pechuga sin aparentes dificultades. Cuando decidió dar por terminada su comilona dio la impresión de que lo hacía por puro aburrimiento. Se levantó de la silla y alzó los brazos sonrosados, fofos y peludos como el vientre de los cerdos. Como su propio vientre, en realidad, que asomaba sudoroso, como el lomo mojado de una ballena, por entre los faldones de su camisa abierta. Tenía los labios, la barbilla, los mofletes, toda la cara brillante de grasa y salpicada de migas de carne.

La gente rompió en aplausos y vítores. Una niña subió al escenario y corrió directa a abrazar al campeón. Una chica en minifalda le dio un ramo de flores y un beso en la aceitosa mejilla. El hombre la levantó en volandas y todos los presentes pudimos observar la blancura de sus bragas.

¿Lo ves?, me dijo mi padre mirando hacia arriba con una sonrisa de satisfacción. Te dije que iba a ganar este. ¡Lo sabía!

Y se llevó el pulgar y el índice a la lengua y emitió un silbido largo que se elevó sobre las palmas y el griterío como un halcón horrible y penetró agudísimo en mis oídos.

Busqué refugio en mi madre. Y sentí tristeza al observar que también ella aplaudía y sonreía como hipnotizada.

Unas nubes oscuras se habían posado entretanto sobre el pueblo. Empezó a llover con fuerza. Agua fresca, agua limpia que de algún modo agradecí como un milagro desde mi conciencia infantil. Me parecía un regalo. Un buen baño después de tanta suciedad grasienta. Pero no pude disfrutar de la lluvia como habría deseado. La gente empezó a dispersarse hacia los soportales de la plaza en busca de refugio. También mi madre y mi padre corrieron hacia el coche. Y yo, como un muñeco zarandeado sobre sus hombros, comprendí por primera vez y de golpe cuál era la verdadera naturaleza del mundo. Lo que me esperaba. Iba a pasarlo mal.

 

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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