La lentitud de los cargueros

06:50 a.m.

Playa. El culo en la arena, aún fría.

El mediterráneo enfrente.

Cemento a la espalda.

Playa urbana. Grisácea. Colillas

entre las pisadas, papeleras que

vomitan su empacho de basura,

espuma de detergente

lavando la orilla.

Mil veces mejor que el Caribe.

Cargueros nigerianos

balizan el horizonte.

Cargueros panameños. Cargueros

coreanos.

Fantasmas entre la neblina

atomizada del amanecer.

Se desplazan despacio sobre la frontera

de los azules. Muy despacio.

Supongo que cualquier destino

queda más lejos si lo persigues

a bordo de metal pesado.

Aunque la tierra firme

tampoco ofrece garantías.

Detrás de mí

grupos de guiris salen

de los garitos del paseo marítimo.

Se adentran en la arena.

gritan, ríen, se tambalean. Emiten

un resplandor rojo alcoholizado.

Pasan a mi lado. El primer derrame

del alba ilumina sus pantorrillas. Y

no es bonito. Sus corvas níveas,

inflamadas de erupción solar.

Algunos se bañan en ropa interior.

Otros se desploman y se duermen.

Una pareja rubia y fea

folla torpemente detrás

de la caseta de los helados.

Ojalá se quede preñada. Es justo

pagar por el mal gusto.

Dos gaviotas vuelan bajo

alrededor de la silla vacía del vigilante.

Se persiguen, juegan.

Quizá sea su primera cita.

Se alejan mar adentro y se posan

en una boya. Un buen sitio

Para empezar. Enseguida retoman

el vuelo en completo silencio

en el aire salado.

Un jubilado con soriasis

pasea por la orilla. Se agacha,

coge algo.

Parece un cangrejo pero

no estoy seguro. Se lo acerca a la cara,

lo escudriña desde todos los ángulos

girándolo entre sus dedos.

Luego lo deja caer en la arena

mojada. Y lo pisa. Y vuelve a pisarlo.

Lleva zapatillas de goma.

Como los niños. Como los viejos.

Se limpia la suela en la cresta

de una pequeña ola rota.

Y yo intento levantarme. Me cuesta.

Demasiados gintónics.

No recuerdo con quién salí

de fiesta anoche. Pero me acuerdo

de ti todos los días.

Y ya van a cumplirse dos veranos.

La travesía más larga. La más lenta.

Soy un carguero rumbo al desguace.

Sin reservas de combustible.

Vías de agua, las bodegas llenas

de alcohol. Creía que el destino sería

otro.

Y el sol emerge gigantesco del mar.

Incomprensible y cegador.

Brutal.

Como las multinacionales de transporte

marítimo. Como una nave espacial.

Como la flota ballenera japonesa.

Como un día más.

Y las gaviotas desaparecen de mi vista,

engullidas por la luz.

Solo entonces empiezan a chillar.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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