Milagro

Eran las 4 o las 5 de la mañana y llovía y estaba con Eme y Jota. Nos despedíamos frente al portal de mi casa guarecidos de la lluvia bajo el saliente del primer piso. Habíamos pasado la noche bebiendo cubata tras cubata y viendo pasar de largo chica tras chica. Estaba siendo una mala temporada para los tres. Encadenábamos putada tras putada en todas las facetas de nuestra vida. En fin, por motivos diversos pero jodidamente parecidos estábamos, pues eso: jodidos. Así que delante de mi portal, apurando las latas de Steinburg que le habíamos pillado al último latero, maldecíamos nuestra suerte. Joder, tíos, somos unos putos pringados, dijo alguno de nosotros en un momento dado, quién sabe, puede que yo. Y siguió o seguí: No me extrañaría que ahora mismo nos fulminara un rayo a los tres de una tacada, así en plan por triplicado. En ese preciso momento algo pasó ante nuestros ojos en vertical y hacia abajo y cayó sobre el pavimento mojado con un ruido pesado, como de carne prieta y pelo apelmazado. En el mismísimo centro del círculo que formaban nuestros cuerpos. Con ojos borrachos miramos hacia abajo. Y la vimos. Una rata enorme como un gato cebado y de color gris oscuro, con una larguísima cola carnosa que serpenteaba entre nuestros pies como un látigo enloquecido. No sé mis amigos pero a mí se me erizó todo el vello del cuerpo. Joder, casi me cago. El animal se puso a chillar al instante. Iiihh-iiihh-iiihh agudísimos, igual que la música de las cuchilladas de Psicosis. La alimaña estaba de lado, agitando sus zarpas en el aire. Parecían manos humanas diminutas y siniestras. Durante unos momentos pareció tan aturdida como nosotros. Pero de repente recuperó el equilibrio y salió disparada por la acera tras escabullirse entre las zapatillas de Eme. Chilló durante todo el rato que la observamos alejarse hasta que se coló bajo la puerta de la iglesia evangélica que había unos números calle arriba. Solo entonces salimos de nuestra estupefacción. ¿De dónde coño había caído aquella repugnante criatura? ¿Tal vez trepaba por una cañería y la humedad la había hecho resbalar? ¿O nos la había arrojado a propósito algún vecino loco? Quien sabe, quizá vino a aterrizar sobre nosotros procedente de otra dimensión a través de un agujero de gusano. Lo único cierto es que era casi un milagro que hubiera caído a plomo entre los tres sin tocarnos un pelo a ninguno. Sí, era un jodido milagro. Porque, vale, hay gente que sobrevive al impacto de un rayo sin más secuelas que un agujero de salida cauterizado en el talón y algunas dificultades en el habla. Pero ni Eme ni Jota ni yo habríamos salido mentalmente estables del incidente si aquella asquerosa y gigantesca rata nos hubiera caído en la cabeza. Y supongo que los tres fuimos conscientes de inmediato de la suerte que habíamos tenido. Fue perder de vista la rata y empezar a descojonarnos. Nos abrazamos, nos felicitamos y seguimos descojonándonos bajo la lluvia. Sin importarnos el hecho de acabar calados. Sin miedo a los rayos. Felices de que por una vez nos hubiera sonreído la fortuna alejando unos centímetros de nosotros la caída de un monstruoso roedor. Es decir, fervientemente agradecidos, casi alucinados de que no nos hubiera pasado lo que el resto de la gente jamás pensaría que pudiera sucederle.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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