Ahí adentro

Mi padre era un buen pescador.

Lo recuerdo de niño, los domingos,

cuando me sentaba en la popa

y le veía trabajar, sacar del agua

aquellas truchas brillantes,

una tras otra,

como un milagro.

Ahora el río baja

sucio y hace ya tiempo que el

último pez se descompuso sobre

el fango frío de la orilla. Lo único

que flota en el agua son unas extrañas

arañas, de un verde fosforescente

en cuanto cae la noche. Solo

tienen cinco patas.

También, de tanto en tanto,

nos llega algún cadáver.

Deben de venir de muy lejos,

porque aparecen prácticamente

deshechos. Y siempre mutilados,

sin manos ni pies. Los subo a la barca

y les reviso los bolsillos. A veces

encuentro cigarrillos que seco

al sol apagado sobre la plancha

metálica de la proa. Y algunas

monedas y billetes antiguos. Los meto

en un bote, por si acaso, aunque

sé que nunca los utilizaré. Lo que

nunca hago es mirar sus carnés.

No quiero saber quiénes eran. Es más

fácil devolver al río muertos cuyas

caras desconoces. Mucho más fácil.

Ya no siento la menor pena por ellos.

Ni siquiera por los niños. Y tampoco

me entristece intuir lo que está pasando

ahí adentro, en el centro del continente.

Lo único que de vez en cuando

me apena es acordarme de mi padre

y pensar que jamás imaginó que

su barca acabaría sirviendo para cualquier

cosa menos para pescar truchas.

Anuncios

Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en POEMAS. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s