Naranjas bordes

Al final mi hermano no podía ni andar y había perdido casi por completo la visión y no hacía otra cosa que decir incoherencias. Sobre todo una: que quería robar naranjas por primera y última vez. Tenía un tumor en el cerebro del tamaño precisamente de una naranja pequeña y no hablaba ni de follar ni de viajar ni de sobrevivir un día más. Ya digo, lo único que quería era volver a aquel campo al que íbamos de pequeños a comer naranjas al sol. La putada era que ese campo estaba a treinta kilómetros de distancia y yo acababa de cumplir los dieciocho y, claro, no tenía coche. Pero tenía que hacer algo. Así que bajé al centro de día de la esquina y le quité la silla de ruedas a una vieja. Volví a casa y senté en ella a mi hermano. Mi madre intentó impedir que saliéramos, pero no lo consiguió. La aparté de un manotazo y subí con mi hermano al ascensor mientras ella gritaba que el pobre estaba muy enfermo, que no podía darle el sol por eso de la quimio, que aquello lo mataría. Como si el chaval no estuviera muerto desde el día en que el escáner ratificó el segundo diagnóstico. Bueno, pues empujé la silla por las calles, buscando. Pero no había suerte; todo eran acacias y putas moreras que en cuestión de semanas se comerían los gusanos con la misma indiferencia que a mi hermano. Pero yo buscaba una calle jalonada de naranjos urbanos llenos de naranjas bordes. Nunca me atreví, dijo mi hermano en un momento dado, nunca me atreví, joder. Y sus ojos medio ciegos se echaron a llorar. No llores, no me jodas, le contesté yo, nunca es tarde, y también lloré en silencio a su espalda. Era verdad: de críos nunca se atrevió a coger una sola naranja de aquellos árboles entre los que veraneamos un par de años. Decía que le daba miedo que apareciera el perro guardián, y siempre me esperaba del lado seguro de la verja mientras yo pelaba las ramas. Me burlé de su cobardía durante años. A él le jodía un huevo, como si de alguna manera supiera que algún día necesitaría urgentemente volver a aquel campo y esquilmarlo de parte a parte. Demostrarse a sí mismo que habría sido capaz de hacer lo que no hizo. Por eso me alegré tanto cuando por fin desembocamos en pequeña calle salpicada de naranjos. Puse la mano en el hombro de mi hermano y le dije Ya hemos llegado. Él quiso incorporarse en la silla. No puedo. Nos colocamos debajo de uno de los árboles y arranqué una naranja. Mira, aquí la tienes, le dije. No, no, no, contestó él, quiero cogerla yo. Vale, hermano, yo te ayudo. Y le cogí por las axilas y luego por las costillas y finalmente le rodeé la cintura con los brazos y lo levanté hacia las ramas. Extiende el brazo, le animé, agarra todas las que quieras. Solo cogió una. Una naranja ni pequeña ni grande de un color verde incomestible. Sentí cómo el cuerpo de mi hermano se volvía más ligero entre mis brazos. Luego se llevó la naranja a la nariz y aspiró profundamente. Entonces sonrió y volvió a llorar, pero esta vez de un modo distinto. De un modo que me llenó el pecho de algo parecida a la alegría, si es que es posible sentir eso en tal situación. Y recuerdo que deseé que mi hermano se muriera en ese momento, así, sintiéndose bien consigo mismo, a mi lado, conmigo bajo el sol y sombra fluctuante del naranjo, protegido por los brazos y las ramas de un ser vivo. Pero no. Ocurrió una semana después, en casa, en su cama. Yo había bajado a devolver de una vez la silla de ruedas y mi madre atendía al teléfono. Una llamada publicitaria de Orange. Ocurrió, en fin, en el único momento de los tres últimos meses en que mi hermano se había quedado a solas con el monstruo que le devoraba los sesos. Supongo que es lo de menos, pero me gusta pensar que al menos sostenía en su mano una naranja borde verde. Reblandecida. Medio estropeada. Perfumada de dulce, como la muerte. Preciosa.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Naranjas bordes

  1. Con la característica conmoción que presentas en tus relatos, evidencias el verdadero terror del tamaño de una naranja.

  2. micromios dijo:

    Solo los que lo tienen cerca pueden saborear el dolor de la naranjas y el aroma de la muerte.
    Salut

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