Cementerio de coches

Por un par de birras
el guardia me deja entrar
en el cementerio de coches.
Las noches con luna
es un hermoso lugar.
Aire de sepulcro,
de eternidad.
Pero sin himnos ni rezos;
únicamente, de tanto en tanto,
ladridos a lo lejos.
De noche no se ve la herrumbre,
no se ve la grasa.
Tan solo ese fulgor azulado
que se eleva silencioso
desde los capós oxidados,
los techos agujereados,
los motores muertos.
El alma del metal.
Fuegos fatuos de máquinas
que albergaron vida.
Vidas que recorrieron
el mundo.
Ojalá una de estas noches
dé con nuestro maldito Seat.
Me dijeron que acabó aquí.
Así que recorro el polvo
en su busca, arrastrando
mi pierna coja.
Al fin y al cabo
es tu verdadera tumba.
Quién sabe. Puede que aún
conserve intacto el tapizado
sobre el que follábamos.
Y prefiero acordarme de ti
así, allí, irradiándome
el calor de tus ingles. Así,
aquí, en plena noche
con una cerveza en la mano.
Prefiero esto mil veces a
buscar tu foto triste
entre paredes de nichos.
Y mirar tus ojos muertos,
y adivinar los gusanos
tras la lápida, comiéndoselos.
Prefiero buscarte bajo
todas estas estrellas
reflejadas, multiplicadas,
divididas en ventanillas y
lunas rotas. Mientras
arrastro mi pierna muerta.
Mi mitad muerta,
dormida al volante.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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