El abrazo

-¿Quieres hacer el favor de escucharme, por favor?

-No entiendo por qué tienes…

-Déjame hablar.

-Que te calles de una puta vez, cojones.

-Está bien, está bien, lo siento, de verdad, es que no me dejas ni…

-Ya te digo: sería solo este fin de semana. O simplemente el domingo, si lo prefieres.

-Ya lo sé. Pero hace mucho que no la veo. También es mi hija, joder.

-Que sí, hace tres meses que no te paso nada, pero es que ni siquiera tengo para el alquiler de este puto apartamento, hostia.

-¿Por qué dices eso?

-No, no he estado bebiendo. Acabo de llegar del trabajo. ¿Qué más quieres?

-Te estoy diciendo que no, pero piensa lo que te salga del coño.

-No, ya vale contigo. Tengo derecho a ver a la niña.

-Quiero que me la traigas.

-Deja de una puta vez lo de la pensión. No pienso darte ni un duro.

-Me importa una mierda que me denuncies y me importa una mierda lo que diga el mamón de tu abogado. Seguro  que te lo has tirado ya.

-¿Oye? No me cuelgues, hostia puta. No te atrevas a colgarme. ¿Oye? ¿Oye? ¡Joder!

Arrojó el teléfono inalámbrico contra la pared del pequeño salón. Una simple salita, en realidad, con una mesa baja de madera repintada de verde oliva y un sofá de segunda mano que había pillado en el rastro. El aparato estalló en pedazos contra el gotelé blanco sucio, viejo, más bien crema, cualquier cosa menos blanco, en realidad. Se arrepintió al instante, si bien levemente. Seguramente su nuevo casero le pediría explicaciones. Apuró la cerveza que tenía en la mano. Estaba caliente. La nevera que le había traído el cabrón del propietario era una puta reliquia. Marca Edesa, joder… Una puta mierda. Permaneció unos segundos con la bebida burbujeando dentro de sus carrillos. Dudó si escupirla en el fregadero. Pero finalmente se la tragó, como en el fondo sabía que acabaría haciendo. Luego se dirigió a la cocina y fue a abrir el frigorífico. Al hacerlo fantaseó infantilmente con que una descarga eléctrica le atravesaba desde los pies descalzos hasta las meninges. Se imaginó a sí mismo fulminado en el suelo de la cocina, con las encías requemadas y el pelo humeante. Lo encontrarían días después, por culpa del olor, hinchado y con larvas de mosca en los lagrimales carbonizados. Quizá eso hiciera que la cabrona de su ex se sintiera mal durante unos días, dos o tres. Aunque lo más probable era que le diera exactamente igual. En cualquier caso, nada parecido ocurrió cuando tiró del asa. Las tripas vacías del electrodoméstico se abrieron ante él envueltas en una patética luz ambarina. Contó las latas. Nueve. Palpó un par de ellas con el dorso de la mano, y al hacerlo recordó una noche de haría cosa de un año cuando la cría se había puesto mala y él se había acostado a su lado, pendiente de si le subía la fiebre. Sintió una punzada de pena. Y encima las cervezas ni siquiera estaban frescas. Así que optó por desprecintar la botella de Beefeater que había comprado esa misma mañana. Se sirvió un dedo en un vaso. Se lo bebió de un trago. A palo seco. Ni hielo ni pollas. Jodida nevera. Y luego lo rellenó hasta el borde.

Volvió a la salita. Se acercó a la ventana abierta. Una ola de aire tórrido le golpeó en la cara. Entornó los ojos. El sol ya caía pero aún faltaba al menos una hora para que desapareciera tras los edificios al otro lado del deslunado. Siempre había detestado el verano. Y aquel pisucho era un jodido horno. La luz y el calor inundaban la salita desde las dos de la tarde hasta el anochecer. Bebió, y se alejó de la ventana. Plantado en calzoncillos en medio de la habitación intentó dar un nuevo sorbo. Pero ya había terminado el vaso. Miró a su alrededor. Iba a ser un fin de semana larguísimo. Un agosto eterno. Tendría que haberme comprado una tele, pensó de camino a la cocina. Una vez allí puso el vaso sobre la encimera desgastada y se sirvió otra copa. Dio el primer trago mientras con la otra mano volvía a enroscar el tapón. Luego empezó a caminar de vuelta a la salita. Pero antes de salir de la minúscula cocina se detuvo. Volvió sobre sus pasos y cogió la botella. Con ella en una mano y la copa en la otra regresó a la sala. Puso la bebida sobre la mesa y se sentó en el sofá, los codos apoyados en las rodillas. Su cabeza empezó a pensar. Ideas tristes. Se pasó las manos sudadas por la cara sudada. Esto no tiene sentido, pensó, esto es injusto, pensó, esto es una puñetera mierda. Sintió que el corazón se le aceleraba. Sintió que le faltaba el aire. Se echó hacia atrás y se apoyó en el respaldo del sofá al tiempo que intentaba controlar el ritmo de su respiración. Con la mirada fija en la lámpara del techo notó cómo la camisa empapada se le pegaba a la espalda. Otra desagradable sensación. ¿Será esta la lámpara más fea de la ciudad?, se sorprendió preguntándose. Y llegó a la conclusión de que en ese preciso momento no habría otras cinco tan horribles colgando sobre la cabeza de nadie.

Pero había cosas más importantes que amenazaban con venírsele encima. El asunto de la niña le obsesionaba. Hacía once semanas que no la veía, y le aterrorizaba que acabara por olvidarle. Su mujer y él habían acabado hasta los huevos el uno del otro, vale. Pero, joder, una vez se habían querido como no habían querido jamás a nadie. Eso debería bastar para que la cordialidad imperara entre ellos. Era absurdo que ahora ella decidiera hacerle daño gratuitamente. Parecía disfrutar amargándole la vida. ¿Qué importaba la pensión?, pensó rellenándose el vaso. Solo era dinero. Además ella tenía un buen trabajo y una familia con pasta. Nunca iba a faltarle de nada. Ya se la pasaría cuando pudiera. No le había contado nada a su ex, claro, pero hacía tres meses que lo habían despedido. Y no encontraba nada, joder, nada de nada. El dinero no era motivo para no permitirle ver a su hija. Había sido un buen padre. Lo era. Era un padre cojonudo, joder, y la cría lo quería mucho. Cómo podía privarla del derecho a pasar con él un par de días, un día, una tarde de tanto en tanto. Hija de puta…

Entonces le pareció oír un ruido en la puerta principal. Como si alguien estuviera hurgando en la cerradura. Sin soltar la copa se levantó del sofá. Durante un segundo percibió el vértigo del alcohol inclinando su plano de visión. Se sintió como una bola de pinball, a merced de la pendiente. Pero se rehízo. Y anduvo hasta el extremo de la salita. Se asomó al pasillo que la conectaba con la entrada. El sol había empezado a ocultarse y la atmósfera de la casa se impregnaba poco a poco de penumbra, pero todo parecía estar en orden. Aun así, encendió la luz. Y recorrió el estrecho corredor hasta la puerta principal. Comprobó que estaba bien cerrada y acercó el ojo a la mirilla. Nadie en el rellano. Todo estaba bien.

De vuelta en la salita encendió la lámpara y la radio. Un pequeño transistor. Intentó dar con alguna emisora de música clásica. La música de orquesta le relajaba. Pero era un trasto viejo que no emitía otra cosa que un irritante chisporroteo estático salvo cuando el dial pasaba por alguna emisora potente como los 40 y otras mierdas. Acabó por cansarse y apagó el aparato. Se sirvió otra ginebra y anduvo despacio, con paso tambaleante, en torno a la mesa. Tres, cuatro, cinco vueltas. Otros tantos tragos. Mi vida es una espiral en picado, pensó. Miró el sofá. Pensó en echarse en él. Deseaba quedarse dormido. Que el día terminara. Amanecer por la mañana, resacoso, lo más atontado posible, y perder el día entero simplemente en el esfuerzo de no sentirse enfermo. Pero sabía que todavía era muy temprano para acostarse. Y que no había bebido lo suficiente como para noquear a su cerebro y poder descansar. Ya que no podía controlar la rotación de la Tierra, decidió solventar el otro inconveniente rellenando el vaso antes de haberlo acabado.

Estaba a punto de dejarse caer en el sofá cuando escuchó de nuevo ruido. Esta vez no había duda. Lo había oído. Eran pasos, apresurados y deslizantes, casi almohadillados, como las zarpas de los felinos, y habían recorrido el pasillo hasta el pequeño cuarto que había imaginado ocuparía su hija cuando le visitara. Al instalarse se había propuesto pintarlo para ella de colores alegres y forrar el techo de estrellas adhesivas fosforescentes. Pero hasta la fecha ni siquiera había comprado una brocha. A veces se avergonzaba de ello y se decía que a la mañana siguiente se pondría manos a la obra. Pero a la mañana siguiente el esfuerzo se le antojaba absurdo, frustrante. La perra de su mujer parecía dispuesta a hacer todo cuanto estuviera en su mano para que la niña no pisara aquel piso. Y el simple hecho de imaginarse a sí mismo pintando las paredes de una habitación destinada al sueño de alguien que jamás dormiría en ella le llenaba de una tristeza paralizante. Ahora, sin embargo, sus abotargados sentidos se concentraban en determinar qué o quién estaba moviéndose por su casa. Depositó el vaso sobre un pequeño charco de alcohol derramado sobre la mesa, para hacer el menor ruido posible. El vidrió se posó sobre el líquido transparente con un plop amortiguado, nimio. Y durante un instante el hombre se sintió satisfecho, casi orgulloso de su ingenio. Hasta que el reptar de algo tras el tabique medianero entre el salón y el cuartito volvió a acaparar toda su atención. Pensó en un perro rabioso. Pensó en un gato tiñoso. Y también en una rata enorme y sucia, en un loco con un hacha y hasta en un caimán salido del váter. Incluso en monstruos que llevaban años enterrados y pudriéndose en la memoria de su infancia. Todo eso le pasó por la cabeza en la fracción de segundo en que su cuerpo se vio atravesado por un escalofrío al comprender que no estaba solo en el piso. Cuando consiguió dominarse se dirigió a la cocina -ya sin preocuparse de no hacer ruido- y cogió el cuchillo más grande que encontró en el cajón. Un cuchillo que no dejaba de ser pequeño, por otra parte. Se quedó unos minutos con el culo apoyado en la encimera y en la mano derecha temblando el cuchillo, esgrimido hacia la puerta, cagándose en sí mismo por haberse cargado el teléfono. El sol ya oculto por completo le había dejado a solas con la luz amarillenta de la lámpara del salón, que llegaba a la cocina reducida a poco más que un resplandor turbio, desagradable, que bañaba la piel de su mano asustada del desagradable color de la sustancia en la que flotan los fetos de los frascos de formol. Los cuerpos muertos. Dios, se dijo, ¿y si solo se trata del alcohol? Tiene que ser eso. He bebido demasiado, joder, y estoy alucinando. Del pasillo, del cuartito, de la salita, de la casa entera no llegaba sonido alguno. Poco a poco el hombre fue tranquilizándose. Y cuando consideró que había transcurrido el tiempo de seguridad suficiente se aventuró a regresar a la salita.

Cogió la ginebra de la mesa y dio un trago largo y lento. Sintió cómo el alcohol le calentaba y refrescaba al tiempo la garganta, reconfortante como un beso con lengua, y se envalentonó lo suficiente como para hacer una última inspección del apartamento. Nada, nadie. Joder, esta vez se le había ido mucho la pinza. Tenía que empezar a controlarse. A hacer bien las cosas. A dar los pasos correctos. Aún era posible que las cosas se arreglaran. Dio otro sorbo, esta vez breve, diciéndose a sí mismo que sería el último trago que bebiera hasta que mereciera concederse un premio a sí mismo. Y tras verter en el fregadero lo que quedaba del Beefeater y las cervezas volvió a la salita, apagó la luz -tenía que empezar a ahorrar- y se asomó a la ventana de la salita.

Encendió un cigarro y empezó a fumárselo mientras el frescor de la noche le acariciaba las sienes. Se sentía de pronto extrañamente optimista, dueño de sí mismo otra vez después de mucho tiempo de vorágine. Capaz de todo. O, bueno, capaz de intentarlo todo, tampoco era cuestión de exagerar. En fin, se sentía bien, en cierta paz, con la vista abstraída en la media luna que plateaba elegantemente el azul marino del cielo, allá a su derecha. Entonces, tras unas cuantas caladas, los chillidos le hicieron descolgar la vista del cielo. Frente a él, casi a su misma altura, los murciélagos revoloteaban entre las cuatro fachadas del enorme deslunado. Fachadas llenas de ventanas donde resplandecían cocinas y salones y dormitorios en los que la gente cenaba y veía la tele y discutía y follaba y lloraba y reía. Siempre con alguien más o menos cerca. Ventanas llenas de luz. Él, en cambio, estaba a oscuras. Estaba completamente solo. No tenía sentido negar la evidencia. Lo había perdido todo irremediablemente hacía demasiado tiempo. Y toda la culpa era suya. Sintió que los ojos se le humedecían. Y en ese preciso momento una mano -o lo que le pareció una mano- se posó en su hombro. Una mano pesada, pesadísima, firme, sin violencia pero con fuerza. El hombre dudó fugazmente. Pero algo en su interior le decía que debía girarse y afrontar lo que le acechaba. Y así lo hizo. Se volvió lentamente y frente a él, en la estrechez de su salita, dio cara a cara con la inmensidad de la soledad. Ella le saludó, llamando por su nombre al hombre. Y luego lo abrazó para siempre.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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