Depredadores

El chico alcanzó un pequeño claro, se parapetó detrás de un tronco caído, la respiración desbocada lanzando breves nubes blancas al frío de la mañana, y miró atrás. Montaña abajo. De vez en cuando, entre el verde, el ocre, el amarillo y los incontables marrones del bosque otoñal, fugaces siluetas que ascendían la ladera. Los cuadros de las camisas de franela. El amarillo inconfundible de los impermeables de plástico. Lejos, cerca, le resultaba difícil decirlo. Aún no los oigo, aún no oigo a los perros, se dijo en un intento de tranquilizarse. Pero le resultaba complicado calcular la distancia que le separaba de sus perseguidores. Al chico nunca le habían gustado los paseos, las acampadas, ni siquiera los juegos infantiles en las montañas que rodeaban su pueblo. El escondite, las yincanas estivales del grupo de scouts al que jamás se había apuntado. Y ya de mayor ni una sola vez de caza, a diferencia de los demás hombres de la zona. Como su padre, por ejemplo. Todas esas cabezas de jabalí, de ciervo colgadas toda la vida en el salón de casa, en los pasillos forrados de papel pintado, en el garaje, cada año, cada temporada más y más y más, mirándole fijamente. Era curioso: probablemente el chico era el único varón de la región que jamás había disparado contra un animal, y ahora le tocaba ser presa. Se preguntó si también su padre estaría en ese momento subiendo la montaña para atraparle. Seguro, se dijo. El viejo siempre se había avergonzado de las rarezas de su hijo. Los pequeños incendios, mojar la cama hasta los dieciséis, su pasión por los insectos, su nula popularidad entre las mujeres. Incluso el hecho de detestar desde que había tenido uso de razón el pueblo, las montañas y a la gente del lugar. También se preguntó qué estaría haciendo ahora su madre. Cómo se sentiría. Seguramente empeñada en negar lo que la gente ya le habría contado, pero en el fondo tristemente convencida de su certeza. La imaginó sentada en la cocina, los codos en las rodillas y la frente apoyada en las manos, rezando, asustada, llorando, rezando, qué dirán, señor, qué dirán, qué vergüenza, tendremos que irnos, rezando, rezando, rezando, lo único que había sabido hacer a lo largo de su vida ante cualquier problema, ante cada paliza que su marido le propinaba a ella, al chico o a los dos. En fin, agazapado tras aquel tronco podrido, con las rodillas hundidas en la oscura tierra húmeda de la montaña, con el frío en los huesos y con el calor del cansancio raspándole la garganta, el chico sabía que era cuestión de tiempo que dieran con él. No estaba familiarizado con la cordillera en la que había crecido. Y ellos sí. No tardarían en darle caza. Y tenía miedo. Pero al mismo tiempo una parte de sí mismo deseaba que lo cogieran. Estaba cansado de ser tratado como un bicho raro por una gente que a él le resultaba tan incomprensible y siniestra como el centelleo muerto de los ojos de los trofeos animales que decoraban todas las casas, bares y comercios del pueblo. Quería que aquella gente hiciera con él lo que le diera la gana. Anhelaba una especie de redención. Acabar con la sensación de aislamiento que le había acompañado durante toda su vida. Acabar con el tedio. Puede que por eso el chico hubiera hecho lo que había hecho esa mañana, hacía tan solo un par de horas, cuando el sol aún no era más que una claridad amortiguada que empezaba a deshacer la noche por el este. El cuchillo de caza de su padre oculto en el bolsillo interior del anorak. Dos canicas apretadas en el puño cerrado. Y la casa de los vecinos al otro lado de la niebla, tan cerca, a poco más de trescientos metros, que resultaron ser cuatrocientos ochenta y nueve de sus pasos. Y cada vez que daba uno deseaba que la idea se le fuera de la cabeza. Pero no se iba. Al contrario: ganaba fuerza. Varias veces intentó detenerse, pero era como si sus piernas obedecieran a una voluntad ajena a la de su cerebro. Y tampoco nadie por el camino escarchado, nadie que oyera el ruido de sus pisadas al quebrar los cristales de hielo que revestían el barro del fantasmagórico tono azulado de la luna filtrada por la neblina. Ni siquiera el ladrido de un perro que le hiciera asustarse, desandar lo andado. Era como si el escenario se hubiera conjurado para despejarle el camino hasta el objetivo que se había instalado en su mente. Y cuando el chico empujó la puerta de la casa de los vecinos y vio que se abría de par en par delante de él, su parte más fría perdió toda esperanza de imponerse. Como guiado por un instinto animal dio al primer intento con la habitación del bebé. Dormía boca arriba en su cuna, bajo un móvil inerte del que pendían siluetas de arqueros y animales y caballos montados por hombres armados con escopetas. Dormía en medio de un tenue recuadro de resplandor lunar que hacía que su blanda piel se viera de una blancura sorprendente, marmórea, casi fúnebre. Pero su sangre brotó negra, sí, muy viva y muy negra cuando con la punta del cuchillo el chico le sacó y sustituyó los ojos por las dos canicas transparentes que llevaba en la mano.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Depredadores

  1. Con la tesis natural y la antítesis inhumana el relato alcanza tanto las descripciones más espléndidas y rústicas como la barbarie más aborrecible, todo en armonía admirable.

    Excelente relato. Saludos. \o

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