Polos

Voy a la farmacia. Necesito más litio, litio, litio.  Esto de la bipolaridad es una jodienda; una década diagnosticado y aún no me acostumbro. El caso es que mi psiquiatra me subió la dosis hace unos días (“más vale prevenir, Rojo, ya sabes cómo te pones cuando te descompensas”), y esta mañana compruebo que con tanto megachute me he quedado sin. La farmacéutica, obviamente, conoce bien mi jeta. Quién sabe, puede que incluso sea su mejor cliente. Mejor en el sentido de habitual, claro. Porque la verdad es que no nos caemos bien. Me mira mal cada vez que entro por la puerta. Es un hecho, y punto. Puede que sea bipolar, pero desde luego no soy un puto paranoico ni tengo manía persecutoria. La tía me mira mal, sencillamente. Me tiene ojeriza. ¿Por qué? Ni puta idea. Hasta hoy mismo, que, tal vez henchido de euforia de laboratorio, se me han hinchado los cojones. Así que después de darle educadamente los buenos días y la receta a la boticaria, mientras observo cómo envuelve con maña mecánica mis drogas levantando cada dos por tres los ojos del papel para lanzarme miradas furtivas, se lo pregunto. Oiga, buena mujer, ¿qué problema tiene conmigo? Sus manos se detienen de golpe, un pedacito de celo oscilante adherido a su pulgar. Yo… Es que… Empieza a decir. Esto me sorprende; suponía que su reacción sería negar la mayor, como hace casi todo el mundo cuando se ve abiertamente encarado. Y precisamente por eso su voz dubitativa, su torpe intento de explicación me hace albergar esperanzas; quizá obtenga respuesta. Hable, hable, le increpo abruptamente para impedir que se salga por la tangente, ¿qué coño le pasa conmigo? ¿Por qué cojones me mira de esa manera? Tras unos segundos de silencio, por fin me lo dice: Es que eres la viva imagen de mi difunto hijo. Y acto seguido, claro, la señora empieza a sollozar. Las lágrimas mojan mis medicamentos. Perdón, perdón, dice. Y al intentar secarse los ojos el celo se le queda pegado a la ceja izquierda. La mujer no se entera, o no le importa. Ahora sus manos están empeñadas en revolver el bolso que ha cogido de debajo del mostrador. Saca una cartera, y de ella una foto tamaño carné. Yo me temo lo peor. En efecto. La mujer me la tiende mientras me dice: Mira, mira. Pero yo no quiero mirarla. No me apetece ver la foto de un muerto, por muy asombrosamente que se parezca a mí. No me apetece ponerle cara al motivo de su llanto. No tengo ni putas ganas de ser la reencarnación de un pobre desdichado. Demasiada responsabilidad. Con cargar conmigo mismo tengo bastante. No puedo permitirme que me echen el muerto encima. Así que dejo precipitadamente el dinero sobre el mostrador, cojo las pastillas y me apresuro hacia la salida. Antes de alcanzar la calle oigo a la mujer decir, más bien gritar a mi espalda: No dejes de visitarme, hijo. Pero no me vuelvo ni un instante. Recorro la acera a toda velocidad, absolutamente asustado, lo reconozco. Tal vez debiera reconfortarme el hecho de saber que no soy el único loco del barrio. Pero, joder, todo lo contrario.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Polos

  1. Simpática historia; el fastidio ante los locos, ja, ja, ja. \o

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