La mano

Nunca quise más a Sonia que durante aquel atardecer de agosto, mientras iba y venía de un lado a otro sobre el alquitrán recalentado de aquella carretera secundaria, buscando como un loco su mano derecha en cada socavón, entre las hierbas resecas que sembraban su estrecho arcén y entre la tosca vegetación que la flanqueaba. Veníamos de hacer un poco de senderismo. Había sido un buen día. Uno de esos días en que notas el amor burbujeando dentro de ti y ni siquiera te importa patear durante horas a pleno sol por el siempre abrasador sotobosque costero. Sí, había sido un buen día. Incluso habíamos echado un polvo a la sombra de una modesta agrupación de pinos jóvenes, único refugio contra el sol que encontramos durante nuestra excursión. Después, relativamente felices, llegamos al claro donde habíamos aparcado el coche, y empezamos a descender la carretera. Sonia llevaba el brazo sacado por la ventanilla, meciéndolo al viento en imitación del movimiento de las olas, como en aquel anuncio de BMW. Solo que a ella no le gustaba conducir. Prefería sentarse a mi lado y disfrutar del paisaje mientras la brisa le acariciaba los pelillos rubísimos del brazo. Te quiero, dijo ella de pronto sin volver la cabeza hacia mí. Sus palabras se mezclaron con el ruido del aire que entraba por la ventanilla, pero estoy seguro de que eso fue lo que dijo. Estoy casi seguro. Era la primera vez que me lo confesaba, y, claro, experimenté una alegría viva, profunda, cantarina. Entonces quise besarla, así que me incliné hacia ella en busca de su cara en escorzo, de su oreja izquierda, su pelo o lo que fuera. Ya alcanzaba a oler su pelo, luminoso y brillante al sol poniente, cuando recibí un profuso chorro caliente en plena cara. A partir de ese momento todo ocurrió muy deprisa. Tanto que más que como una sucesión de acontecimientos mi mente lo retuvo como una simultaneidad o solapamiento. Una vorágine histérica, simple y llanamente. Como un resorte, salté de nuevo sobre mi asiento y casi instintivamente di un volantazo hacia la izquierda. Sabía que había perdido el control del coche. Delante de Sonia, la guantera y la parte interior del parabrisas estaban cubiertas de sangre. Ella, muy tiesa en su asiento, casi rígida, se miraba con ojos perplejos y boca de pánico el muñón sanguinolento de su brazo, a la altura de la muñeca. Su cara era una mueca paralizada, su boca abierta pero muda, con las comisuras vueltas inhumanamente hacia abajo. Pisé el freno a fondo y salí del coche. Inmediatamente empecé a buscar la mano, la mano de Sonia. Recuerdo vagamente haber llamado a emergencias, así como mis torpes intentos por tranquilizarla; había entrado en shock o, simplemente, estaba a punto de desangrarse. Creo que le improvisé un torniquete con el cinturón de seguridad. Seguí buscando. Carretera, arcenes, bosquecillo adyacente. Por todas partes. Miré también en los asientos traseros, por si hubiera ido a parar allí. Incluso, absurdamente, registré el maletero. Mi desesperada búsqueda me llevó al pie de un letrero oxidado que indicaba el desvío hacia un Safari Park cerrado años atrás. En uno de sus afilados bordes se observaba un fino reguero de sangre fresca. Concentré en sus alrededores mis pesquisas, bañado por la engañosa luz crepuscular. Pero nada. El sol acababa de hundirse tras las montañas cuando llegó la ambulancia. Se llevaron a Sonia rápidamente. Yo me quedé con la policía. Traté de explicarles lo ocurrido. Ellos me miraban mal, de arriba a abajo, pero aun así fui parte activa del despliegue de efectivos que se organizó para intentar dar con el miembro amputado. Equipado con una potente linterna escruté los alrededores y los alrededores de los alrededores de los alrededores. No podía dejar de imaginar la pequeña, hermosa, suave mano de Sonia pudriéndose a la intemperie, rebozada de tierra sucia, en las fauces de alguna alimaña. Cosas así. Y precisamente esta última visión acabó siendo la conclusión de la investigación oficial: la mano debía de habérsela llevado algún animal. Yo salí del juicio más o menos satisfactoriamente. Pero aún hoy, una década después, me despierto a menudo en plena noche, envuelto en sudor tras haber soñado con la mano de Sonia, tersa, perfecta, incorrupta, en el fondo húmedo y oscuro de una madriguera. Siempre lleva las uñas pintadas de rojo, curiosamente. Algunas de esas noches acudo al lugar del accidente y sigo buscando lo que sé que nunca encontraré. Como el fugaz amor de Sonia, que, obviamente, nunca más quiso saber de mí.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a La mano

  1. Con la indiscutible expresión de los temores imaginados por su potencial de realización, el relato muestra una forma de sucumbir ante el abismo de lo adverso del miedo.

    Excelente. Saludos. \o

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