Segunda aparición mariana

Hoy, por segunda vez en mi vida, se me ha aparecido la Virgen. La primera vez lo hizo en el interior del minibar de la habitación de un triste hotel de carretera. Creo que lo conté en su momento, así que me ahorraré detalles. En fin, en esta ocasión ha ocurrido en los servicios de mi asqueroso trabajo. Yo estaba meando en uno de los ocho urinarios que recorren la pared. Sentía en el pecho una gran desazón, y en mi mente se alternaban macabras ideas de suicidio con otras cuestiones igual de siniestras. Por ejemplo, la conveniencia o no de apuntarme a una academia de salsa o a una ONG con el fin de aumentar mis posibilidades de intimar con el sexo opuesto o, simplemente, por tener algo que hacer en el mundo aparte de envejecer trabajando como un animal. Total, eso pensaba ahí de pie en el retrete observando las oscilaciones en la presión, potencia y alcance de mi chorro, cuando he olfateado un agradable olorcillo, como a pan recién hecho. Casi al mismo tiempo, frente al meadero del extremo y a cosa de un metro de altura, ha empezado a condensarse una pequeña nubecilla juguetona, de forma y colores cambiantes y de tamaño creciente. Un instante después la Santísima Madre de Dios se materializaba ante mis ojos.

-Salud, macho –me ha dicho con su aterciopelada voz.

Yo no he sabido contestarle; estaba obnubilado contemplando su vestimenta: un ceñido top de Bershka verde pistacho, minifalda de cuero y unas botas militares de un rojo chillón. Lejos de ofenderse por mi mutismo, la Virgen, aproximándose a su urinario, ha proseguido:

-Joder, colega, no veas lo difícil que es encajar los huevos dentro de un microtanga. Me plantearía no mear solo para no tener luego que recolocarme todo el asunto. Pero es que, cojones, ya no aguanto más.

Entonces, subiéndose la minifalda por encima de la cintura, se ha sacado la chorra. He visto manar su resplandeciente orina, que literalmente tintineaba como pepitas de oro al chocar contra la cerámica. Lo eran, de hecho: pequeñas pepitas de oro que de tanto en tanto salpicaban y se esparcían por el sucio suelo sobre el que Nuestra Señora levitaba. He querido decir algo entonces. No sabía muy bien qué, pero supongo que es normal que uno se sienta movido a manifestarse cuando se le aparece un ente divino. Sea como sea, no lo he hecho. Iba a abrir la boca cuando ella, la Señora de todas las Señoras, ha levantado su pálida mano reclamándome silencio, y ha continuado su discurso:

-En fin, vamos al grano. He venido para decirte que no te tortures más, chaval. Tampoco yo estoy orgullosa de mi hijo. Joder, yo quería que fuera arquitecto, hostia puta. Que dejara para la posteridad un imponente acueducto romano. Pero, ya ves, al muy capullo le dio por hacerse cabecilla de una panda de pordioseros. Hazme caso: no lo estás haciendo tan mal. Bueno, pues eso era todo. Ánimo, majete, y a cuidarse.

Y con estos buenos deseos, y mientras se sacudía la minga, se ha evaporado en el aire justo un segundo antes de que Jiménez, el de Recursos Humanos, entrara en los servicios. He estado tentado de contarle mi visión ultraterrena, pero lo que finalmente he hecho ha sido preguntarle si nos íbamos esta noche a tomar unas copas por ahí. Él, desde su urinario, me ha mirado con cierta perplejidad. ¿Te conozco?, me ha dicho.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Segunda aparición mariana

  1. jano dijo:

    jajajaja….

  2. Con la burla ante las mariofanías has demostrado con ironía sincera los sabios y sorprendentes, milagrosos, caminos del destino (o del Señor, para quien así lo quiera).

    Excelente relato. Saludos. \o 😀

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