Opositando

Mi amigo y yo nos habíamos apuntado a aquellas oposiciones. ¿Por qué? Vete a saber. Supongo que nos sentíamos mal por no tener trabajo, por no tener dinero, por no tener de nada. Así que estudiamos un poco durante un tiempo y cuando llegó el sábado del examen cogimos el bus de buena mañana y nos fuimos para allá. Nos apeamos en “fin de trayecto”, pero el aulario de las pruebas quedaba a tomar por culo; al final de una avenida larga y desangelada, flanqueada de matorrales recubiertos del polvo gris de las obras a medio hacer que se levantaban en los solares. Empezamos a remontarla llevados por esa inercia vital que tan desapercibida nos pasa casi siempre. Enseguida observamos que no estábamos solos. De todas partes aparecía gente que, individualmente o en pequeños grupos, se sumaba a nuestro camino. Eran competidores, candidatos a las mismas plazas/vidas para las que mi amigo y yo habíamos estado estudiando. Bueno, más o menos. Y sin duda eran candidatos mejor preparados. Iban pertrechados de mochilas y carpetas. Algunos incluso releían los apuntes y los libros de texto mientras caminaban. Vimos con asombro como una chica con ojos de loca le pegaba un buen lingotazo a un termo y les explicaba a sus amigas que era una tisana relajante que le había preparado su madre. Admirable. A nosotros, debo decirlo, se nos había olvidado hasta el boli. El caso es que cada vez aparecía más gente, más competencia. Centenares, miles. Aquello empezaba a parecerse a una manifestación. La muchedumbre marchaba diligentemente como hormigas en formación hacia su objetivo. Y de pronto me sentí absolutamente absurdo, carente de raciocinio, totalmente animalizado. Miré a mi amigo. Al instante supe que sentía lo mismo. Oye, macho, ¿qué cojones estamos haciendo?, le pregunté. Ni puta idea, me contestó. ¿Pasando?, le sugerí. Pero pasando al máximo, me refrendó. Y empleando los codos empezamos a abrirnos paso hacia la orilla del gentío. No sin esfuerzo alcanzamos un remanso de paz entre las providenciales mesas de una terraza madrugadora. Nos dejamos caer en las sillas. El camarero se asomó por una ventana lateral. Dos quintos, gritamos mi amigo y yo al unísono. Un minuto después nos desayunábamos esas cervezas contemplando aquel desfile grotesco, aquella peregrinación hacia la virgen de los opositores, aquella marcha hacia la suerte o la desgracia. Eran las 7:50 de la mañana. Hoy me he acordado de aquel día con mi amigo. Y nos hemos reído. No sé si todos aquellos caminantes podrán decir lo mismo.

Anuncios

Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s