En algún lugar de lo oscuro

Eran las siete de la tarde
del primer aniversario de
la tragedia y mis padres
y yo nos vimos allí, en el
espigón, lanzando flores
al mar, haciendo esa clase
de cosas que uno nunca
cree que vaya a tener que
hacer. Mi madre lloraba
en silencio, la cara serena,
como si su pena fuera tan
profunda, estuviera tan adentro,
que ya no consiguiera emerger
a sus facciones salvo en forma
de discretas lágrimas. A mi
padre, de vez en cuando,
le temblaba la barbilla. Yo
simplemente los miraba.
A ellos, a las flores que flotaban
en el agua oscura y al cielo
crepuscular que nos cubría.
Entonces un meteorito lo
rasgó de sur a norte. Todos lo vimos. Su estela
se perdió entre las nubes
mar adentro, tras la línea
del horizonte. Me imaginé
aquella roca espacial hundiéndose
despacio, casi ingrávida en
el océano, descansando
para siempre en el fondo,
igual que mi hermana pequeña.
Pero no dije nada.
Mis padres tampoco.
Nos quedamos allí, callados,
escuchando el chapaleo del agua
y observando cómo el mar
devoraba al sol poniente
en un baño de sangre naranja,
muy naranja, como el pequeño
bikini que quizá todavía
lucía el cadáver de mi hermana ahí abajo,
en algún lugar de lo oscuro,
entre hermosas criaturas
fosforescentes nunca vistas.
Llenas de luz propia.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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