Yo, Adolfo

Era miércoles, creo. Serían las cinco de la tarde y estaba tumbado en la cama, oyendo el viscoso pudrirse de un día más, de un día menos, con la vista clavada en la lámpara del techo. Se había roto. Una de esas bolas de papel. Una raja irregular, quebrada como las grietas ocultas en el hielo de la Antártida la recorría casi de polo a polo. No la había vuelto a tocar desde que la colgara, y se había roto. ¿Cómo? Ni puñetera idea. Las cosas se rompen. Se estropean. Las cosas se mueren sin saber por qué. Era una pena. Y, además, es algo que le transmite a uno mucha incertidumbre. Da hasta miedo, si uno se para a pensarlo. Y yo no quería pararme a pensarlo, así que me vino de maravilla que sonara mi móvil.

-Diga.

-Eh… ¿Adolfo? –preguntó una voz femenina ni bonita ni fea, ni joven ni vieja.

No sé por qué respondí lo que respondí, pero el caso es que lo hice. Con firmeza, dije:

-Sí.

-Hola, Adolfo, qué tal. Soy Loli.

Tampoco sé por qué seguí con el asunto, pero el caso es que lo hice.

-Ah, sí, Loli, pues muy bien, ¿y tú?

-Bien también, gracias.

-Estupendo.

-Bueno, nada, solo quería… llamaba para… -Loli titubeaba, incluso emitió un gorgorito, muy agudo, que enseguida intentó disimular con una tosecilla forzada.

-Dime, Loli.

-Nada, es que esperaba que me llamaras.

-Iba a hacerlo, de verdad. Es que he estado muy liado.

-Ah, ¿y eso? El sábado en la disco me dijiste que estabas de vacaciones y que me llamarías para tomar algo.

-Sí, y así es. Lo que pasa es que –improvisé- mi madre faltó el lunes. Vamos, anteayer, como quien dice. Acabo de volver del sepelio, de hecho.

-Oh, lo siento mucho, Adolfo –se disculpó de inmediato y sinceramente Loli-. Qué vergüenza, por Dios. Y yo aquí dándote la brasa sin conocerte de nada… De verdad que lo siento.

-No te preocupes, mujer, son cosas que pasan. Además, no me das la brasa en absoluto.

-¿Cómo estás? ¿Estás bien?

-Bueno, ha sido un duro golpe. Mi madre y yo estábamos muy unidos. Quién iba a pensar que la bici estática que le regalé por su cumpleaños acabaría con ella.

-¿Un infarto?

-No, qué va. Ojalá hubiera sido algo así de rápido. No. El aparato se volcó y le atrapó la pierna. Ochenta y tres años tenía la pobre, y tres días resistió ahí tirada, según la autopsia. Con razón no me cogía el teléfono… Debí haber ido a ver lo que pasaba. Pero era una mujer tan dinámica, tan llena de vida que ni se me pasó por la cabeza tal desgracia. Supuse que estaría de acampada con sus amigas. Dios, me siento fatal.

-No es culpa tuya, Adolfo. No te martirices. Seguro que tu madre no querría verte así.

-Sí, puede que tengas razón. En fin, ¿para qué dices que me llamabas?

El repentino cambio de tercio de la conversación volvió a paralizar a Loli. Balbuceó algo, y al fin se atrevió a decir:

-Pues iba a proponerte quedar para tomar un café o algo, pero me hago cargo de que no es un buen momento.

-Te equivocas –repliqué, sintiendo ya la punzada de la culpa; aquello se me estaba yendo de las manos-; me vendrá bien que me dé un poco el aire.

-Entonces, ¿sí?

-Sí, sí, Loli, me apetece.

-¿Cuándo?

-No sé, ¿hoy mismo?

Loli aceptó. Quedamos a las ocho de esa misma tarde en la terraza de una céntrica cervecería, muy de moda. Llegué con tiempo para coger un buen sitio entre el público de mi propio espectáculo. Un camarero ultrabronceado de dientes ultrablancos y ultramusculado vino a tomarme nota.

-Una birra.

-¿Ha leído el señor nuestra carta?

-No.

-Tenemos una gran variedad de cervezas. Belgas y alemanas, principalmente, pero esta semana promocionamos nuestro trío de cervezas escandinavas. Rubias, suaves y elegantes.

-¿Un quintito de Mahou es posible?

-Lo siento, señor, no trabajamos con esa marca.

-Pues una fanta de naranja, gracias.

Me la tomé con calma a la espera de ver aparecer a Loli. Obviamente jamás la había visto, pero estaba seguro de que la reconocería en cuanto llegara. Así fue.

A las 20:01 hizo acto de presencia en la terraza. Se sentó dos mesas más allá, en diagonal a la mía, y pidió un rooibos. Podía observarla con detalle sin levantar sospechas. Algo más de cuarenta años, ni guapa ni fea, tan anodina como su voz por teléfono un par de horas antes. Tan anodina como cualquiera. Llevaba una falda de polipiel granate que seguramente ella consideraba sugerente. El resplandor anaranjado de la vela aromática que reposaba sobre la mesa remarcaba la profundidad de sus arrugas y el relieve de las bolsas bajo sus ojos.

A las 20:34 se decidió a llamar al tal Adolfo. Mi móvil, prudentemente silenciado, vibró hasta la extenuación dentro de mi bolsillo. Lo mismo ocurrió a las 20:42, a las 20:45 y a las 20:47. Cuando dieron las nueve, Loli se decidió a pedirle la cuenta al camarero guaperas. El tipo tardó bastante en llevársela, pues su atención estaba focalizada en coquetear con un grupo de clientas veinteañeras bastante bien formadas que se reían y le pedían consejos sobre tablas de ejercicios y complementos dietéticos.

En fin, me quedé allí viendo a Loli alejarse por la avenida con pasitos cortos, el móvil en su mano, por si se producía el milagro. Me sentía bastante mal, pero no lo suficiente como par dar la cara. Decidí esperar un poco más. A las doce de la noche le envié un sincero sms: “Lo siento. No soy lo bastante bueno para ti. Que tengas una buena vida”. Ella me contestó por whatsapp: “Que te den por culo”.

Me puse el pijama y me metí en la cama. La lámpara del techo seguía ahí colgada, maltrecha pero todavía útil para lo que fue concebida, como el corazón de casi todo el mundo. La miré un buen rato mientras pensaba en mis cosas. También miré el haz mortecino que la raja de la pantalla proyectaba sobre la pared. A primera vista parecía una sonrisa, pero si uno se fijaba bien tenía que concluir que se trataba de una mueca grotesca, contrahecha. Después apagué la luz. Y al cabo de dos o tres horas, creo, me dormí.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Yo, Adolfo

  1. Se agradece, como lector, el don de la improvisación ficticia y el reflejo sincero de un hombre que se conoce con la perfección del «yo».

    Notable obra narrativa. Excelente. Saludos. \o 😀

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