Frío de extrarradio

Fue mucho antes de que el polígono se llenara de discotecas latinas y toda esa mierda. Allí estábamos, como todas las noches, a la puerta del desguace, poniéndonos hasta arriba de hierba y cerveza. Hacía un frío de cojones, pero ninguno de los cuatro lo notábamos. Ya digo, íbamos bien puestos, y además, teníamos quince años.

El Tete volvía a tener el ojo morado y el labio partido, muy inflamado. A la luz remota de la única farola de la calle parecía una babosa oscura, hinchada de sangre negra. Pero esta vez no nos hablaba de cómo había sido la última paliza del borracho de su padre. Esta vez estaba hablando de su hermana mayor. Le tenía hasta las pelotas. Nos contaba que desde que habían enchironado a su madre la cabrona se creía la jefa de la casa. Esa misma tarde, haciendo limpieza, había encontrado la colección de porno de su hermano pequeño. Y la muy zorra la había tirado a la basura.

-Joder, tío –dijo Paquito-, hace falta ser hijaputa.

-Eso no se le hace a un hermano –añadió Kinder, negando solemnemente con su cabeza de huevo.

El Tete nos explicó que se lo había dejado claro a la muy guarra con un buen par de hostias. Pero era obvio que no le habían calmado lo suficiente. Estaba fuera de sí.

-Tres años… –repetía como para sí mismo-. Tres años llevaba pajeándome sobre esas fotos. Les tenía cariño, hostia.

En un momento dado sacó una filipina que ninguno de los demás le habíamos visto antes, y acuchilló una y otra vez, muy rápido, la barriga imaginaria de la noche.

-Voy a vengarme de verdad –dijo, esta vez mirándonos uno por uno con sus ojos de loco, los mismos que a Paquito, Kinder y a mí nos habían hipnotizado y acojonado por igual desde primero de EGB.

Y quizá esa habría sido la suerte de su hermana de no ser por aquel pobre capullo regordete, no sé, de unos treinta, que sin duda se equivocó al coger la vía de servicio del polígono. Detuvo su R5 a nuestro lado, bajo la ventanilla y dijo:

-Ey, chicos, ¿cómo hago para ir a…?

El primer navajazo del Tete le entró por el lado izquierdo del cuello, muy arriba, justo debajo de la oreja. La sangre brotaba como de un surtidor, humeando levemente en medio del oscuro frío del extrarradio. El tipo abrió la portezuela e intentó salir del coche. Nunca he entendido ese gesto, por cierto. Quiero decir: lo lógico habría sido que pisara el acelerador y se largara dando bandazos hasta donde sus fuerzas le hubieran permitido. Pero no. En lugar de eso agarró la barra de seguridad, uno de aquellos candados aparatosos con que se bloqueaban los volantes en los noventa, y quiso salir del coche, venir hacia nosotros. Quizá sabía que ya estaba muerto, y pretendía llevarse a alguien consigo a la tumba. Tenía la mirada clavada en el Tete. Una mirada cargada de estupefacción y odio, al principio, de miedo y odio al final. Hijo de puta, me pareció que decía, pero la sangre le inundaba la boca, así que en realidad no emitió más que un burbujeo denso, pegajoso, rojísimo. Se agarró al volante para tomar impulso, para ayudarse a incorporarse, pero no lo consiguió: cayó de culo sobre el asiento. Recuerdo su barriga pálida asomando entre los faldones de la camisa. Me vino a la memoria aquella tarde de pequeño en que había visto la matanza del cerdo en el pueblo de mis padres. Y deseé con todas mis fuerzas que el pobre capullo del R5 se convirtiera de repente en un cerdo, que no tuviéramos que cargar con su barriga ensangrentada y fofa y humana en nuestras mentes de por vida. Pero la transformación no se produjo, claro. Nunca se produciría. Y mi miedo dio paso a una angustia que ya en ese momento supe que jamás me abandonaría.

El Tete decidió entonces terminarlo. Unas cuantas cuchilladas más en el cuello, cinco o seis. Otras tantas en el pecho, en el corazón.

Un instante después nos largábamos de allí cagando hostias. Subimos el terraplén sobre el que se extendían las vías del cercanías y empezamos a descender por el lado opuesto, corriendo, desbocados. Tropecé con algo y rodé por el polvo y los guijarros pendiente abajo. Me quedé tendido boca arriba. Las estrellas brillaban más que nunca pese a las densas volutas de vaho con que mi respiración acelerada me nublaba la vista. Voy a quedarme aquí, pensé, voy a quedarme aquí tumbado para siempre y nadie me encontrará nunca. Sí, eso pensé allí tirado. La silueta del Tete se recortó entonces contra el cielo negro. Me tendió la mano. Y yo se la cogí. Me levantó. Me levanté. Y seguimos corriendo, los cuatro. Yo sudaba a chorros. Pero era la primera vez que tenía frío en mi vida. Frío de verdad, quiero decir. Ya nunca he podido quitármelo de encima. Sacármelo de dentro.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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