A mi padre

Viento en la playa desierta.

La caña cimbrea y pienso

En los campos de trigo,

En la planicie de interior

De la que anoche me sacó

El sonido del teléfono.

Ahora frente a mí olas

negras y picudas como

las de las acuarelas

japonesas se forman,

se hinchan y rompen en

explosiones muy blancas

entre mis botas de agua.

Espuma volatilizada,

escupida a jirones contra

la orilla. Amaneció hace rato.

El sol remonta despacio

el cielo azul lavado por

la tormenta de anoche.

La arena dura, apelmazada.

Y no pican. No pica ni uno.

A veces un pez salta entre

el oleaje, ni lejos ni cerca,

sencillamente fuera de sitio.

Un centelleo fugaz entre

dos mundos. A mi espalda

una gaviota se calienta

al sol, acurrucada en el

hueco de una de mis huellas.

Así que todo desubicado,

todo donde no corresponde:

la gaviota en tierra, el pez

en el aire y yo aquí, aterido,

pescando -cosa que nunca

me ha gustado- solo porque

el cadáver de mi padre

reposa desde anoche en

una cámara de la morgue

y una vez, siendo yo un crío,

me dijo que al día siguiente

me enseñaría a pescar.

No sé por qué he recordado

esto. Debo decirte que esa

no fue, ni de lejos, la peor

decepción que nos causaste.

Y sin embargo no puedo evitar

sentirme en deuda contigo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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