La cacatúa

A las doce de la noche,
después de fregar los cacharros, secándose
los dedos viejos, artríticos
sobre la pila,
la mujer se acuerda
de la ropa tendida.
Abre la ventana,
y ahí está: una cacatúa.
Posada en el tendedero.
Con una pata rota,
pero elegante,
majestuosa.
Un penacho rojo
y todas esas plumas
de blancura antinatural,
fantasmagórica.
Algo así como un fuego
fatuo de carne y sangre
salido del abismo oscuro
del deslunado dormido,
en equilibrio precario
sobre la fría tiniebla.
Una visión hipnótica.
La mujer decide dejar
para mañana la ropa,
respetar el descanso
de la cacatúa herida.
Y sencillamente se queda
mirándola, agradecida
a quienquiera -la suerte,
el caos, algún dios aburrido,
el vecino que se haya dejado
abierta la puerta de la jaula-
que le haya regalado
un final tan absurdo para
otro día demasiado predecible.
Hasta que al poco rato
el pájaro gira la cabeza, clava
en la mujer sus ojos como
de tinta china, alza de pronto
el vuelo y se pierde
en la negrura como
un sueño olvidado al despertar.
Como un día sin retorno.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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