Lo que anoche me contó un borracho al que quiero más que a mí mismo

Recobré el conocimiento tirado
en un rincón del ascensor.
El vómito ensuciaba mi camisa.
Me dolía muchísimo la cabeza.
Busqué la razón en el espejo:
Un corte profundo en la ceja.
Por instinto quise llevarme
la mano a la herida abierta.
Solo entonces me di cuenta
de que sostenía un pañuelo
manchado de sangre, empapado.
Un pañuelo que no era mío,
sino, probablemente, de quienquiera
que me hubiera llevado a casa,
quizá incluso el mismo que
me había partido la puta cara.
Me juré que era la última vez.
Que aquello no se repetiría.
De esto hace ya más de diez años,
y aún hoy, cada vez que subo
al ascensor y observo mi reflejo,
me asombra haber cumplido mi palabra.
Me maravilla seguir cumpliéndola.
Porque un alcohólico puede
ganar cientos, miles de batallas,
pero jamás ganará la guerra.
Tiene que entender, simplemente,
que su única victoria posible
consiste en no perderla.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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