Nuevas estrategias de adaptación

Podría haber sido una hiena fugada del zoo.
Podría haber sido un buitre desorientado por el frío y el hambre.
O un oso descendido de las inexistentes montañas circundantes.
Quizá un perro, un vulgar perro vulgar, como todos los perros.
Podría haber sido un gato callejero. Una gata parturienta en busca de calor.
Podría haber sido una rata. Una asquerosa rata enorme, pesada, peluda y fuerte, tan fuerte como un gato o un perro o un oso o un buitre o una jodida hiena a juzgar por los rotundos, enérgicos golpes que se oían dentro del contenedor.
Pero cuando la tapa se abrió lo que emergió a la madrugada fue simplemente un hombre con un palo de escoba en la mano. Un hombre relativamente joven, todavía con el blanco de los ojos limpio, brillante bajo la capa de mugre, mierda y pestilencia que lo cubría. Un hombre que saltó con agilidad a la acera pese a no tener más que una pierna.
Yo pasaba por allí. El tipo me vio y me pidió un cigarro. Con acento de país pobre. Me llamó señor. Con acento de culo deñ mundo, de suerte echada a perder incluso antes de lanzar los dados. Acento de Piotr, de Ahmed, de Wilson Aniceto. De Juan. Acento de brasero, chatarra, carromato y cobre. De empalmes de luz. De sábanas tendidas en fachadas como colmenas, siempre sucias por el polvo del inmenso descampado de enfrente.
Así que me pidió un cigarro y yo me estaba fumando el último. Lo siento, le dije. Pero no era del todo cierto. Quizá ni siquiera en parte. En cualquier caso el hombre me dio las buenas noches y se dirigió hacia su destartalada bicicleta apoyada en una farola. Saltando a la pata coja, como el perdedor de un juego macabro. Y pedaleando a ritmo tranquilo con su única pierna se alejó calle abajo, el calor de su aliento congelándose blanquísimo en el aire, hasta hundirse por completo en la noche.
No. No era una rata. Ni un gato. Ni un perro. Ni un oso de Las Rocosas ni un buitre del desierto ni una hiena africana. Lo que acababa de salir expulsado del contenedor, como si este fuera el ano de la ciudad, del país y de Occidente entero, era un hombre. Con nariz para oler la inmundicia. Con ojos para verla. Con lengua para probar y no olvidar jamás su nauseabundo sabor. Un hombre como yo. Con cerebro, polla, pelo. Seguramente con apéndice y otras cosas por el estilo, ya sabes, de esas que a veces la vida convierte en trastos inútiles, como los sueños, el amor, la dignidad.
Lo que acababa de salir del contenedor era, en definitiva, la última especie animal que uno esperaría encontrarse rebuscando entre la podredumbre. Y, al mismo tiempo, la más habitual de ver en cualquier contenedor del primer mundo. Tanto que en cuanto acabe este texto me olvidaré de la criatura de la basura. Y tú también.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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