Aviones

Hace ya tiempo que el asunto
está mejor regulado
pero cuando yo era crío
vivía cerca muy cerca
del aeropuerto,
pared con pared
si me permitís la expresión
y en todo caso tan cerca
que la chabola de yeso y uralita
donde vivía con mis tíos
porque nací huérfano
temblaba de arriba a abajo
cada vez que algún avión
aterrizaba o despegaba.
Se rompían
platos
vasos
y una vez hasta se agrietó
la taza del váter.
Se caían las figuritas
de ciervos blanquirrosas
que mi tía sacaba de quién sabe dónde
y que coleccionaba
igual que hacía con las figuritas
de búhos
castores
conejos
nutrias
y cigüeñas a montones.
Y, joder,
era imposible que la tele
se viera sin interferencias
durante tres minutos seguidos.
Voy a dinamitar
esa puta torre de control,
gritaba engüiscado
mi tío cada dos por tres,
lo juro por mis muertos.
Aunque es posible
que los problemas del televisor
no fueran culpa del aeropuerto
sino de que el trasto
era marca Kyodo
y más que una tele
parecía una maleta
o un minibar en blanco y negro.
Y, claro,
también estaba
el ruido de las turbinas
a todas horas
como taladros en los oídos
siempre siempre siempre
y nunca nunca nunca
jamás poder dormir en paz,
poder descansar como dios manda,
lo cual enloquecía aún más a mi tío.
En más de una ocasión
y de cien la vibración hizo
que se cayera la lámpara
de araña de latón
que colgaba abollada sobre la mesa
de la única estancia.
Como por ejemplo aquella noche
en que uno de sus brazos
rajó la cara del primo
desde la ceja hasta la barbilla.
Recuerdo cómo se descojonaba
en la furgo de camino al hospital.
No me duele nada, repetía,
la voz rebozada en el polvo
blanco que acabó enterrándolo
al poco, tan solo dos días
antes de cumplir los veinte.
La tía no se recuperó nunca.
Seis meses más tarde
la encontraron muerta
en el mismo metro cuadrado
del descampado
donde su hijo se metiera
el último pico.
Sobredosis de caballo él,
Sobredosis de pena ella,
si bien es cierto que la autopsia
no supo determinar la causa.
Supongo que estaba
reventada por dentro.
O quizá simplemente
las vidas de mierda tiendan a ser cortas.
En cualquier caso imagino
que mi tío influyó en el desenlace.
Él
sus palizas
y su brutalidad,
que soporté solo desde los diez
hasta que seis años más tarde
una embolia lo dejó medio tonto
y totalmente en mis manos.
Así que ni él ni la casucha
tardaron demasiado
en ser devorados por el fuego
una noche de domingo
bajo la luna y el puente aéreo.
Y ahora que el ayuntamiento
me ha concedido el alquiler social
de una casa de verdad
como beneficiario de no sé qué programa
para la reinserción de despojos,
debo decir que a pesar de todo
me gustaba
me encantaba
vivir en aquella chabola
con mis tíos animalizados
y mi primo consumido.
Porque era precioso ver pasar
las panzas blancas de los aviones
y de noche las luces parpadeantes
en los extremos de sus alas
rojo
blanco
azul
blanco
rojo
tan brillantes sobre el polvo del solar.
Me gustaba vivir allí
porque algunos volaban tan bajo
que si sabías ponerte en el sitio adecuado
a veces las turbulencias
te elevaban
unos centímetros del suelo.
Me encantaba vivir allí
porque todo niño normal
quiere ser piloto
e incluso los niños no tan normales
desean con todas sus fuerzas
ponerse a los mandos de un Boeing
y largarse
a la otra punta del mundo.
Me encantaba vivir allí,
porque yo era un niño entonces,
y todo me parecía posible.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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