Una vez maté a un galgo

Una vez maté a un perro. De chaval. Un galgo. Lo ahorqué de la rama de un árbol. Y hoy, igual que todos los días desde aquel, tampoco sé explicar por qué.
Loa amigos no bajaban aquella tarde a los bancales de la parte baja del pueblo donde jugábamos, mal fumábamos, crecíamos. Estaban en sus casas. Tenían cosas que hacer. Otras maneras de pasar el rato. Yo, como de costumbre, no quería volver a la mía. Tampoco quería pasar frío solo y aburrido entre los olivos. Pero sobre todo no quería irme a casa. Aún no. Lo haría como siempre lo más tarde posible. Intentaría meterme en la cama sin hacer ruido, sin ser visto, deseando que mi padre no se acordara de mí.
Pero, ya digo, aquel atardecer mis amigos no estaban. El sol enorme incendiaba los olivos en su caída en picado. El verde de sus hojas era negro. El blanco, rojo. Un escenario irreal. Por un instante dudé incluso si estaba vivo. Cerré los ojos con fuerza, cegado por el ocaso. Sentí la sangre latir bajo mis párpados. Sí, estaba vivo. Intenté tranquilizarme. Cuando volví a abrir los ojos, lo vi.
Un galgo blanco se movía entre las sombras de los árboles, alargadas como dedos de bruja vieja. Un galgo apaleado y asustado, todo huesos, que arrastraba por el polvo una larga cuerda atada a su cuello.
Lo llamé, acercándome a él muy despacio. El animal vaciló, pero al final empezó a avanzar hacia mí, muy poco a poco, con la cabeza y la cola gachas. No era la cautela lo que le hacía recelar; era el más puro terror. Lo vi en sus ojos cuando me acuclillé frente a su hocico. Quise acariciarle la frente. El perro dio un respingo histérico en cuanto le hube tocado. Logré no obstante calmarlo. Le hablé entre susurros. Le toqué el pecho con firmeza y amistad. Y sí, se tranquilizó. Me lamió las manos, agradecido por nada. Y frotó contra mis rodillas su cuello, en el que era bien visible la abrasión causada por la cuerda que arrastraba. Era evidente que aquel pobre galgo había esquivado en el último momento el destino que se le había adjudicado.
Entonces, no sé, tal vez me invadiera la envidia. O puede que me asaltara un impulso maligno irreductible. O quizá deseara comprobar si la sangre que corría por mis venas era tan venenosa como la de mi padre. Quién sabe, a lo mejor simplemente era un crío asustado y sin refugio, y alguien tuvo que pagar por ello. No sé…
Lo que sé es que sin dejar de acariciar al galgo con una mano recogí con la otra la costrosa cuerda con la que alguien había intentado ahorcarlo, la pasé en torno a una rama, y acabé el trabajo.
No había dolor ni miedo ni odio en la última mirada que me lanzó antes de que sus ojos se apagaran como aceitunas secas. Lo que vibraba en ellos era una pregunta, sí, como la que podría haber hecho un niño: ¿por qué?
Después se convulsionó. Agitó espasmódicamente las patas varias veces. Y se orinó.
Sostuve la cuerda unos largos minutos. No podía dejar de mirar al perro, balanceándose lentamente a un metro de mí, con la lengua larguísima colgando a un lado de su boca. Cuando por fin solté la cuerda el cuerpo cayó sobre su propio charco con un ruido sordo. Y allí lo dejé, muy blanco y muy flaco, como un esqueleto sobre la tierra oscura, húmeda y sucia.
Cuando volví a casa no tuve la suerte de librarme de las manos de mi padre. Pero por primera vez en mi vida no le tuve miedo. No le odié ni me dolió uno solo de sus golpes.
Pensé en el galgo durante todo el tiempo que duró la paliza, oscilando ante mis ojos recién muerto en la noche recién nacida. Y pensé en él durante todas las palizas que vinieron luego.
Pensé y pienso en aquel galgo todos los días al menos un rato. Y si alguna vez se me olvida él viene hasta mí en sueños. Se levanta de entre la inmundicia y se me acerca despacio. El costillar marcado en el pellejo tirante, algunas vértebras del espinazo perforando el pelaje ralo. Llega hasta mí, arrodillado, y me lame las manos. Me mira fijamente, con enjambres de moscas zumbando en sus ojos. Y se come los míos.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Una vez maté a un galgo

  1. Nojaman dijo:

    uuufff!! Duro pero real como la vida misma. Somos lo que vivimos

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