Fauna urbana

No podía dormir.
Estaba hecho polvo. Me dolía cada músculo.
Pero no podía dormir, como de costumbre.
Encendí la luz y un cigarro.
Empecé a fumármelo en la cama, viendo el humo gris
no azul
subir y subir hasta desparramarse en un charco por el techo.
El mundo al revés.
Un sonido extraño llegó desde la calle.
Me incorporé.
Me lo pensé un poco sentado en el colchón.
Al final me levanté, me acerqué a la ventana
y eché un vistazo al exterior a través del cristal.
Nada se movía bajo el resplandor dubitativo de las pocas farolas.
Iba a meterme en la cama cuando el ruido volvió a oírse.
Esta vez más nítido. Más cerca.
Abrí la ventana, metí la cabeza en la noche fría
y la miré cara a cara.
En la acera, justo bajo mi casa, un hombre paseaba a su perro.
Solo que no se trataba de un perro.
Ni de un gato.
Ni siquiera de un puto cerdo vietnamita.
El animal que se movía junto al hombre,
al otro extremo de la correa,
era un pato.
Un jodido pato, como los que Tony Soprano vio partir de su piscina
zarandeado al tiempo por la alegría y la nostalgia.
El ave luchaba por levantar el vuelo.
Lo intentaba a cada paso aleteando
y emitiendo gañidos enloquecidos, sus alas
nacaradas pintadas de destellos
de electricidad y luna.
Azules, verdes, naranjas.
Pero cada vez que el pato
conseguía elevarse un metro
el cabrón de su dueño lo hacía aterrizar
dando un tirón a la correa.
Y el pájaro caía al suelo agitando sus alas
contra la acera, obstinado y exhausto,
desgañitándose de rabia.
También yo la sentí, la rabia,
mientras observaba el indecente espectáculo alejarse calle abajo.
Cuando el hombre y el pato
se perdieron de vista
apuré la colilla, la lancé a la oscuridad
y volví a la cama, todavía
los graznidos del ave audibles en la distancia.
Y mi rabia solidaria para con el pato
dio paso a la sensación de extrañeza
que desde niño me ha inspirado el ser humano.
Porque, vale, era fácil y hasta lógico
empatizar con aquel pato al que se le impedía
llevar a cabo su instinto más natural, volar.
Pero, a fin de cuentas,
el pato no era más que eso: un pato.
Lo que de verdad me desconcertaba y
despertaba mi curiosidad
era que hubiera personas que decidieran
salir a pasear por la ciudad en plena noche
con un pato salvaje atado a una correa.
No sé si me explico. Quiero decir que
no conseguía entender que el mundo nos diera
el mismo nombre genérico a él y a mí.
En fin, el caso es que al cabo de quince minutos o más
reflexionando sobre todo ello todavía,
de tanto en tanto,
me parecía escuchar remotamente los lamentos nasales del pato.
Me di cuenta entonces de que me había dejado la ventana abierta.
Me levanté, la cerré y volví a acostarme.
Y me dormí.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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