Ciudades con puerto

Hay algo morboso, seductor

en las ciudades con puerto.

Esa humedad sucia, oleosa

que lo cubre todo alrededor,

desde la barra del sórdido bar

abierto las veinticuatro horas

hasta el papel apelmazado

de los carteles pegados

en las tapias, viejos conciertos,

celebrados o suspendidos

allá por dos mil siete, ocho.

Kilómetros y kilómetros

cuadrados de contenedores

apilados rojos y amarillos,

óxido y herrumbre indomables.

Mercancías blancas y negras

a la espera de su carga-descarga,

igual que las putas ateridas

dispuestas-expuestas a lo largo

de las vías de servicio

que conducen a los muelles.

Senegalesas. Eslavas.

Flores exóticas enraizadas

bajo la triste luz de invernadero

de unas farolas instaladas

para mal alumbrar polvorientos

matorrales suburbanos.

Y los buques enormes como

estadios deportivos flotando

inverosímiles en la línea

del horizonte, amurallándolo.

Hay algo morboso, seductor,

hipnótico e inquietante

en las ciudades con puerto.

La sensación de vivir al lado

de un monstruo gigantesco

que en cualquier momento

podría arrasar con todo.

Y que sin embargo se limita

a capturar nuestro reflejo en

sus aceitosas aguas negras.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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