Como mojama

Por aquel entonces mi jefe era también el padre de mi novia. Tenía un almacén de recambios de automóvil. Un pequeño mostrador y una trastienda llena de estanterías desde el suelo hasta el techo, repletas de miles de piezas. Joder, todavía recuerdo el código y el precio de la mayoría. Era un trabajo de mierda el mío. Nunca me habían interesado los coches, y aún menos sus motores y accesorios. Pero estaba enamorado, me propusieron ganar un dinero y, claro, cuando quise darme cuenta llevaba ya medio año en la tienda aguantando a aquel cabrón. Porque era un jodido cabrón. Un cabronazo que se divertía teniéndome todo el día subiendo y bajando la escalera de mano, ordenándome traerle cualquiera de las piezas de los últimos estantes para después, sin siquiera mirarla, decirme que la volviera a poner en su sitio. Un puto tacaño que se ahorraba el coste del servicio de mensajería obligándome a cruzar la ciudad de punta a punta cargado con las piezas para el cliente de turno. Un capullo que no hacía otra cosa que criticar mi falta de ilusión y de implicación en la empresa, en la familia, en mi relación con su hija, un tarado que recriminaba mi falta de impulso, mi falta de agallas, que vaticinaba que nunca sería nadie en la vida y que me llamaba maricona cada dos por tres. Una tarde me mandó a llevarle a un tipo un puto alerón gigantesco para su Megane amarillo. Atravesé la ciudad con aquel trasto al hombro envuelto en papel de estraza clavándoseme en la clavícula. Durante el camino me juré mil veces que en cuanto regresara a la tienda mandaría a la mierda al hijoputa, dándole además un par de hostias bien dadas. Estaba absolutamente decidido. Quería largarme de allí, dejar todo aquello, incluyendo si hacía falta a mi novia, que parecía totalmente ignorante del tipo de mierda que era su padre. Pero cuando volví al trabajo encontré a mi suegro tieso como la mojama sentado frente al escritorio de la trastienda. La pantalla silenciada del ordenador reproducía una peli porno. Concretamente el momento en que la descomunal polla de una transexual negra se adentraba en el culo pálido, fofo y peludo de un cincuentón calvo. La polla de mi jefe, retraída y ridícula, medio asomaba por la bragueta abierta, la mano derecha apoyada a la altura de la ingle. Joder, me alegré. Me alegré un huevo. Me descojoné un minuto largo mirando cara a cara al pobre pringado, celebrando en lo más íntimo el estupor que el último soplo de vida había dibujado en su expresión. Sin embargo, y todavía a veces me pregunto por qué, acabé abrochándole la bragueta, recolocándole como pude los calzoncillos y borrando el historial del ordenador. Después llamé a emergencias. Un derrame cerebral, dijo la autopsia. Yo no dije ni mu. Ni entonces, ni nunca.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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