Vecindades (o cosas que pasan mientras uno lee a Ángel González)

El domingo a media tarde llaman a la puerta.

No espero a nadie, y además hace frío.

Ahí afuera la semana agoniza bajo un cielo

gris sucio como la pared de un congelador.

Nada de lo que pueda ofrecerme me interesa.

Así que permanezco en mi refugio doméstico,

debajo de la manta, leyendo a Ángel González.

Pero el timbre suena de nuevo. La educación

y cierta curiosidad animal hacen que me levante

de la cama y vaya a ver qué cojones pasa.

Hay una mujer de pie sobre mi felpudo.

Cuarenta y tantos años. Podría describirla

de pies a cabeza, pero lo cierto es que

ahora mismo me da bastante pereza.

Así que solo diré que la tía tiene ojos de loca,

la piel cetrina y una sonrisa timorata y torpe

que recuerda a un temblor, a un tic nervioso.

Por otra parte, es considerablemente fea.

Es fea de cojones, puestos a ser sinceros.

¿Sí?, le digo. Ni Hola ni hostias; Solo ¿Sí?

Ella se presenta. Soy Nosécómo, la nueva vecina.

Puto Hollywood… En las pelis la vecina de turno

suele ser una universitaria sonrosada y turgente.

Además, esta ni siquiera trae tarta de manzana.

Pero ahí no acaba la cosa. Tras una breve

e insulsa conversación muy políticamente correcta

en la que me explica que me ha visto un par

de veces por la escalera pero ha considerado

su deber cívico venir a saludarme en persona,

me pide disculpas de antemano por lo del piano.

También, añade avergonzada, da clases de canto.

Dice que aporree la pared sin contemplaciones

si alguna vez molesta demasiado. También dice

-me dice-

que ahí está para cualquier cosa que necesite, que

puedo llamar a su puerta cuando me apetezca.

A cualquier hora del día o de la noche.

Claro, claro, claro, por supuesto, le digo amable

mientras cierro lentamente la puerta de mi casa.

La penumbra del ocaso se opaca por momentos.

Recorro el pasillo a tientas hacia mi dormitorio.

Y me pregunto si esto de dar clases de piano

y llamar al timbre del desconocido más cercano

a los cuarenta y largos -cuando es evidente

que la vida ya jamás te deparará el éxito,

el brillo, la calidez o simple y llanamente

la compañía dominical que esperaste de ella-

es causa o consecuencia de ser una mujer fea,

sola y de mirada ansiosa. Vamos, y para que

ninguna activista susceptible se me enfade,

exactamente lo mismo que a menudo

me pregunto sobre esto de escribir poemas.

Y de leeelos, como ahora, que me hundo en la cama

y ni siquiera las líneas de Ángel sirven de salvavidas:

“Adiós. Hasta otra vez o nunca”.

Atlántida. El mundo bajo las aguas. Criaturas abisales.

Ciegas. Hambrientas. Tanteando la oscuridad a dentelladas.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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