Niño en un cobertizo

Llegaron a toda prisa al pequeño cobertizo. El niño obedeció a su padre y corrió sin hacer ruido al rincón más lejano. Se acurrucó allí a la espera de nuevas instrucciones. Pero esta vez el hombre no hizo otra cosa que decir adiós a su hijo y cerrar la puerta de golpe. El crío oyó cómo su padre cerraba con llave desde fuera. No entendía nada. Se quedó allí agazapado, muerto de miedo, preguntándose por qué le habría encerrado su padre y muchas cosas más. Del exterior llegaban voces extrañas. Gritos. Alaridos proferidos en lenguas que nunca antes había escuchado. Además, a través del solitario ventanuco sin cristal que se abría a considerable altura en la pared opuesta, se colaban resplandores ondulantes rojizos, anaranjados, casi amarillos a veces. El aire olía a humo de hoguera y a metales pesados. De tanto en tanto la tierra vibraba y se sacudía como el lomo de una bestia enfurecida. El terror se apoderó del niño, que escondió la cara entre las rodillas. Así se quedó durante horas, temblando, hasta que cayó dormido. Despertó al alba. Una luz clara, de un tono azul pálido casi subacuático, inundaba el espacio. El silencio era sepulcral. Ni un solo pájaro lo rompía. Y el aire estaba limpio. Vio la mancha de humedad en el suelo, delante de la mísera ventana, y supo que había llovido. Se levantó. Era la primera vez en muchas horas que estiraba las piernas. Le sorprendió levemente no tener entumecidas las rodillas. Se acordó entonces de su padre. Dónde estaría. Qué querrían aquellas sombras con antorchas que habían salido del bosque anoche. Se dirigió a la puerta. Intentó abrirla. Seguía cerrada. La empujó en vano varias veces con el hombro hasta que su camiseta se rasgó con un clavo oxidado. Su piel, sin embargo, permanecía intacta en el centro del desgarro de la tela. Se agachó y miró por la rendija de la parte inferior de la puerta. Le pareció ver que una niebla blanquísima y muy espesa flotaba sobre la tierra, avanzando hacia él en lenta marea. Se incorporó de nuevo. Se acercó al pie del ventanuco. Quedaba demasiado alto. Echó un vistazo alrededor en busca de algo a lo que pudiera subirse. Decidió que la mejor opción era un bote de pintura vacío que encontró bajo unas telas. Los restos resecos de pintura de su interior, roja, formaban algo parecido a letras sangrantes en las paredes y el fondo del recipiente. Pero el chaval no se detuvo a descifrar el posible mensaje. Sencillamente puso el bote boca abajo en el basto suelo del cuartucho, y se subió a él. Pero el hueco en la pared todavía quedaba por encima de la línea de visión del crío. Así que, firmemente decidido a ver lo que había sucedido y sucedía fuera, bajó la cabeza hundiendo la barbilla en su pecho.
Puso bajo sus ojos la mano izquierda, ahuecada.
Y con la derecha se dio un par de golpecitos en el cogote.
Sus globos oculares se desprendieron de sus cuencas y cayeron gomosos, amortiguadamente y sin la menor hemorragia en el centro de la palma de la pequeña mano.
Después, sosteniendo cada ojo suavemente entre sus dedos índice y pulgar, levantó los brazos hacia el ventanuco.
El niño pudo percibir en las yemas de los dedos el frescor de la mañana.
El frío, el frío absoluto, irreversible e inhabitable, además de percibirlo, lo vio con sus propios ojos, que empezaron a llorar entre sus dedos temblorosos como si imploraran ser devueltos a su sitio.
Ya era tarde, no obstante. Las pupilas del niño estarían para siempre clavadas en lo que se retorcía ahí fuera.
Ahí delante.
Cada vez más cerca.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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