La inundación

Ayer la vimos. Ayer lunes. Día laborable. La mujer encaramada al muro del puente de piedra. Nosotros en el pretil del siguiente, más moderno, de hierro oxidado. Dos curiosos más entre los cientos, miles de ociosos. Porque esta ciudad ya solo tiene ociosos, a montones. Forzosos. El viento racheado nos traía algunas de las palabras que gritaba la suicida.
Que si le habían quitado a su hijo.
Que si no tenía trabajo.
Que no era culpa suya.
Que estaba desesperada.
Que alguien la ayudara.
Que estaba desesperada, desesperada, desesperada.
Pero lo cierto es que no hubo drama en sus gestos, sino más bien la calma que confiere el cansancio, cuando se arrojó al río. Porque esta ciudad tiene río. Esta ciudad ya solo tiene ociosos y río. Feo. Marrón. Una viscosa y lenta lengua de fango. La mujer se hundió -recuerda, lo vimos- como un cascote en las aguas espesas. Apenas sí salpicó. No volvimos a verla. Algunos leves lamentos emergieron de entre la multitud. Pocos y aislados, en cualquier caso, revolotearon en círculos por el aire. Buitres discretos, sin prisa, curados de espanto y carroña. La reacción general fue el silencio. El ahogo. Seguramente, como señaló alguno de los espectadores, la mujer podría haber encontrado otra salida. Pero, ya digo, imagino que simplemente estaba cansada de buscarla.

Sea como sea, no es hora de plantearse futuros alternativos. Y aún menos presentes. No es hora de imaginar universos paralelos. Este es el nuestro. El que nos ha tocado.
Al cabo de un rato la multitud empezó a dispersarse. Nosotros, llevados por la marea, acabamos en la terraza de un bar del barrio. Pedimos dos tintos con casera. El chino nos regaló unos altramuces. Allí sentados al sol bebimos, comimos y paseamos la mirada por la ciudad mientras masticábamos y masticábamos en nuestro intento por tragar la incómoda sensación que nos cerraba la garganta como una bola de barro.
La luz del aire era extraña. Amortiguada. Desteñida. Casi subacuática. Parecida a la que supongo ahora medio alumbra a la mujer del puente y a tantos otros ahogados que besan las piedras del fondo del río. Parecida a la que se burla, supongo, de los habitantes de las ciudades fantasma. Terriblemente parecida a la que hoy ha amanecido sobre la nuestra, eso seguro.

Bueno, insisto: todo eso pasó ayer. Ayer lunes. Y ya casi habían conseguido que se me olvidara.

Cabrones…

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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