Muerte de Leopoldo

No soy quién,
no soy nadie
pero hoy quiero decirlo:
Yo te vi morir,
Leopoldo María Panero,
hijo de borracho
y hermano de suicida.
Yo te vi morir
no este 6 de marzo,
en el psiquiátrico
o donde haya sido,
guiñapo desdentado
de pellejo y huesos
sobre una cama limpia
más limpia, mucho,
mucho más limpia
de lo que tu pequeña
leyenda maldita
acabará propagando.
No. Yo te vi morir
hace tiempo, mucho
tiempo, años y años.
Leí por vez primera
un poema tuyo y ya
sentí que mis manos
no sujetaban un libro,
sentí que mis manos
sostenían la tuya,
mano de moribundo
sin miedo a la muerte
por valor, inconsciencia
o puro y simple cansancio.
Tus líneas, tus renglones,
tus letras, tus poemas
retorcidos e hipnóticos
como los dedos de
la mano huesuda y
helada del vampiro.
Vampiro desesperado,
pobre vampiro cansado
de verse reflejado en
el vidrio de los ojos
de la gente, muy harto
de mancharse la boca
con la podrida sangre
de la especie humana.
Alimento, decías asqueado.
Alimento tan inmundo
como necesario para
compensar las hemorragias
que vertías en el papel.
Porque escribías a pecho
descubierto por mucho
que hablaras de corazas.
Fumando y bebiendo
sentado en el filo cortante
y luminoso de la vida
le hablabas de tú a tú
al abismo de piedra negra
de la misma muerte.
Y ya sabes lo que dicen…
te devolvió la mirada,
él, el abismo, el vacío
de las calles, los trabajos,
las escuelas, las normas,
los amores y los cuerpos.
El Gran Vacío que todos
llenamos, habitamos
hacinados día tras día.
Peor aún:
El abismo te escupió
a la cara tus palabras.
Oíste el eco. Lo oíste.
Y te volviste loco,
aunque lo niegues.
Te pusiste enfermo,
aunque no lo admitas.
Te transfomaste,
esto sí lo reconoces,
en el monstruo
que ya eras al nacer
y que la implacable
ley de vida hizo crecer
hasta su perfección terrible.
Perseguido por recuerdos
y bandadas de pájaros,
anhelaste muy pronto
el desvanecimiento
de la memoria acechante,
quisiste iluso convertirla
en inofensivo humo azul
de cigarrillo inacabable.
O bien tú mismo volverte
humo. Ser intocable.
Inmune al daño inevitable.
Poder disiparte igual
que la quemadura del tabaco.
Poder evaporarte, dejar
tras de ti tan solo el vago
efluvio de tus alcoholes
y tu tensa duermevela.
Bien. Ahora los pájaros
se comen el pan duro
de tu cráneo. Quizá
alcen el vuelo llevándose
en el pico pizcas
por nimias que sean
del sufrimiento que
te taladró los sesos.
Las hebras con las que
tejiste el Desencanto.
Ojalá. Ojalá que tu gesto
se relaje y tu mirada
tanto tiempo hueca
se llene de nuevo.
Ojalá que descanses.
Eras el único de tu raza.
Encarnabas la raza del fin.
Ahora estás muerto.
Y ella contigo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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