Zumbidos

Serán más o menos las diez y media. El cielo que vislumbro por el rabillo del ojo luce con la limpieza de las mañanas de abril al otro lado de mi ventana sellada. Casi puedo oler su azul resplandeciente. Pero mis pupilas no se dejan seducir. Permanecen obedientemente posadas en el resplandor verdoso del monitor del ordenador desde que llegara al trabajo, hace ya unas tres horas. Me hallo cumplimentando con pulcritud, diligencia y admirable velocidad una hoja de Excel de extensión inverosímil cuando involuntariamente percibo un ruido que se superpone al monótono zumbido de fondo del ventilador del pc. Salgo poco a poco y de mala gana de mi estado seudocatatónico. Después de cuatro años aquí he alcanzado un notable dominio del arte de desactivar a voluntad millones de mis conexiones neuronales conscientes. Soy un puto monje shaolin. La única diferencia es que en lugar de identificarme envolviéndome en una túnica naranja yo me anudo una corbata negra. Aunque algunos días, también es verdad, si durante la noche he tenido un sueño erótico o la evacuación intestinal de la mañana ha sido particularmente satisfactoria, me permito una nota de color y me pongo la corbata marrón. En fin, lo importante aquí y ahora es que esta habilidad desconectora me ayuda a sobrellevar los días. Resulta agradable -o al menos no desagradable- ejecutar tareas de manera robótica. Sin embargo, el empleo exitoso de este recurso exige, además de una gran disciplina mental y un constante entrenamiento, un entorno absolutamente rutinario y predecible. Quiero decir que la menor alteración en el ambiente, como esta anomalía acústica que ahora me desconcentra, conlleva la ruptura del trance y mi indefectible reingreso en el mundo consciente. Un tránsito, por otra parte, tan lento y penoso como debe de resultarle a un oso el abandono de su acogedor estado de hibernación. Así, una vez “despierto” permanezco aturdido durante unos momentos. Un lapso de tiempo que quizá no sea objetivamente largo, pero que desde luego se eterniza y le hace a uno quedar como un jodido tarado en determinadas situaciones. Por ejemplo, y sin ir más lejos, ayer por la tarde, cuando mi jefe me devolvió abruptamente a la realidad entrando sin previo aviso en mi despacho y solicitándome que le resumiera urgentemente mi informe de viabilidad económica acerca de la posible apertura en Teruel de una sucursal de nuestra empresa. No acerté a articular palabra hasta pasados treinta segundos. Por suerte o por desgracia para mí, al jefe no parecen importunarle demasiado mis atontamientos puntuales. Imagino que la sumisión norcoreana con que sin excepción acato sus órdenes, recomendaciones y/o sugerencias compensa con creces esos pocos instantes en los que mi conducta pueda hacerle presumir que sufro algún tipo de daño cerebral. Bueno, creo que me estaba refiriendo al sonido que acaba de hacer explotar mi burbuja de paz laboral, mi guarida secreta, mi torre de marfil. Con el fin de identificar el origen de esa maldita distracción, a medida que me reincorporo al mundo de lo real centro mis esfuerzos en afinar el oído. Se trata de otro zumbido, si bien más agudo que el que emite mi ordenador. Además su volumen fluctúa. A veces incluso se hace inaudible. El lugar exacto de lo que quiera que sea su emisor, por otra parte, se diría que se desplaza por la estancia. Y es sobre todo ese carácter móvil de la fuente sonora lo que, pese a mi todavía severo estado de confusión, me hace concluir que lo que estoy escuchando es el batir de alas de un insecto. En su busca alzo la vista hacia los fluorescentes, no sin un punzante esfuerzo por parte de mis entumecidas cervicales. Nada en las alturas. Entorno entonces los ojos para mitigar las dioptrías que he ganado y que por falta de tiempo no he tenido ocasión de corregir con una visita a la óptica, y hago un barrido visual del despacho efectuando una rotación lenta y completa en mi silla giratoria. Pero tampoco ahora localizo nada que rompa la fría blancura del mobiliario de la oficina. Ni un movimiento. Ni una sombra. Empeñado, examino incluso el pequeño cactus que, si hago caso a un recuerdo tan vago que bien pudiera ser de otra persona, compré al poco de empezar a trabajar, por aquello de protegerme de la radiación del pc, y que lleva muerto desde tiempo incalculable. Nada. La maceta no alberga la menor forma de vida. Tierra estéril. Estoy empezando a barajar la posibilidad de que todo haya sido una jugarreta de mi imaginación cuando de nuevo oigo, y esta vez con diáfana claridad, el puñetero zumbido. Ahora, además, el variable aleteo se acompaña de un levísimo, ínfimo pero persistente golpeteo que me ayuda a reducir el ámbito de mi rastreo: el ruido parece venir de las inmediaciones de la ventana. Oriento la silla hacia allí. Concentro todos mis sentidos en la zona y, tras unos tensos minutos de pormenorizada inspección, al fin doy con el bicho. Se trata de una mosca. Una mosca común que ahora mismo descansa pegada al cristal del ventanal, aproximadamente a la altura de mis ojos. De tanto en tanto, no obstante, el insecto agita rápidas las alas y, emitiendo el infernal zumbido, traza un par de breves y en apariencia aleatorios círculos en el aire. Imagino que la finalidad de estas piruetas es la de tomar impulso, proporcionar velocidad a su vuelo, porque, tras ejecutarlas, la mosca se estrella de cabeza contra el cristal en el que ahora permanece posada verticalmente, recuperando fuerzas. Aprovechando la pausa del bicho, me levanto y empiezo una lenta y sutil maniobra de aproximación. Con el sigilo de un tigre agazapado entre la maleza, avanzo poco a poco, muy poco a poco hacia la mosca, la vista clavada en ella. Ni siquiera dejo de mirarla para sortear los objetos que me obstaculizan el camino. A fin de cuentas, después de cuatro años envejeciendo aquí ocho horas al día, podría moverme a tientas, a oscuras, a ciegas por este minúsculo cuarto sin rozar mueble alguno. El fax, mi escritorio, esa papelera del suelo o el gigantesco archivador metálico que se alza a mi izquierda como un guardián de la nada hace tiempo que se convirtieron en extremidades adicionales a las cuatro con que la naturaleza tuvo a bien dotarme. Es decir: igual que cualquier persona está segura en todo momento de dónde está, por ejemplo, su mano derecha y de que no se va a autolesionar con ella asestándose un puñetazo repentino, yo sé con certeza que no existe posibilidad alguna de que tropiece con nada. Así que no, nada me distrae del objetivo que acecho, nada interfiere en mi atención a la mosca. Durante mi acercamiento el insecto repite un par de veces la acrobacia antes descrita, volviendo siempre a su punto de origen. Pero por alguna razón no me preocupa que pueda alzar el vuelo y largarse a cualquier otro sitio. Por alguna razón estoy absolutamente convencido de que voy a atrapar a esa jodida mosca. Necesito cazarla. Sentir agitarse sus alas desesperadas en la prisión de mi puño. Porque es obvio que en eso consiste todo: atrapar o ser atrapado. Ser depredador o presa. Y va siendo hora de saber lo que se siente en la posición del ganador. Estoy ya muy cerca de la mosca. La tengo al alcance de la mano. Puedo ver y hasta oír cómo frota sus sucias y peludas patitas delanteras. Patitas, antenas, lenguas, lo que sean. No sé si he dicho que siempre me han dado mucho asco las moscas. Ni los gusanos ni las cucarachas ni los escarabajos. No hay bicho más repugnante que la mosca común. Tal vez esa repulsión que me inspira sea otra razón para desear atraparla. Mirar cara a cara a lo feo. Dominarlo. Someterlo. No sé, gilipolleces. Pero es lo que pienso en este instante último en que disparo mi brazo derecho con rapidez y precisión maquinal contra el cristal de la ventana, el imponente e indiferente cielo azul al otro lado, como el telón de fondo de mi absurdo escenario cotidiano. Al retirar la mano, la mosca ha desaparecido. Sin embargo, experimento unos instantes de temor; no siento nada en mi palma cerrada. Quizá el insecto haya esquivado mi ataque. Me invade una ansiedad lenta, antigua, pesada que se abre paso en mi pecho como un anciano renqueante pero terco en su caminar, arrastrando el cansancio de las cosas viejas, de la derrota y la frustración acumuladas. No, no puedo permitirme otro fracaso. No podría soportarlo. Entonces siento el maravilloso roce de las alas y las patas de la mosca en la jaula de carne que es mi mano. Ese delicioso cosquilleo. Concretamente, puedo sentirlo, el insecto ha quedado apresado entre mis dedos índice y medio. Me acerco el puño a los ojos. Oh. Puedo ver asomar por el intersticio entre ambos dedos el extremo traslúcido de una minúscula ala. La constatación visual del éxito de mi ataque me llena de alegría. Mi euforia es tal que, para mi sorpresa y aunque me incomode admitirlo, me asaltan las ganas de devorar mi captura. Regalarme un sacrificio. Comerme en mi propio honor el alma impura del derrotado. Sentirme un dios pagano. Me llevo el puño a la boca y permanezco así unos buenos segundos, sintiendo en su interior el zumbido de las alas, de la sangre, de la vida. Conteniendo las ansias de abrir la mano y arrojar el insecto a mis fauces. Reprimiendo este sobrevenido impulso atávico, luchando por mantenerme dentro del ámbito de la cordura. Al fin bajo el puño, avergonzado, sabiéndome miserable. El desprecio que sentía hace un momento por la diminuta criatura deja paso a un sentimiento ambivalente. Claro que sigo odiando su estupidez, su fealdad, lo grotesco de su forma. Detesto su paupérrima existencia, condenada a comer mierda y a mal volar durante un mes escaso antes de morir sin pena ni gloria. Pero de pronto también la amo. Amo profunda y sinceramente a la mosca. Amo dolorosamente su torpeza. La amo, a qué engañarme, porque me recuerda a mí y porque envidio sus ansias de vivir su vida de mierda. Sí. Respeto en lo más hondo su lucha obstinada por liberarse de la mano del gigante que la aferra. Admiro la perseverancia irreductible con que persigue su libertad, ajena a sus ínfimas probabilidades. Imagino que por eso, animado por un impulso súbito e irrefrenable, echo hacia tras la cabeza, pongo en tensión las cervicales y estampo la frente contra el cristal con todas mis fuerzas. El golpe es descomunal. Retumba en mi despacho y en toda la oficina, seguro. Un dolor intenso se extiende por todo mi cráneo. Se me nubla la vista por momentos. Me mareo. Me tambaleo. En busca de alivio y apoyo reposo la dolorida frente contra el cristal frío y pulido. Sin embargo, su tacto es áspero, rugoso. Me palpo la zona magullada con la mano izquierda. Me miro la palma. No hay sangre, lo cual me extraña levemente. Lo que sí hay es una especia de arenilla brillante. Cristal pulverizado. Me esfuerzo entonces en salir de mi aturdimiento y miro la ventana. Y compruebo con alegría y orgullo que el sacrificio ha valido la pena: el vidrio se ha resquebrajado. Algo parecido a una estrella de cristal astillado de la que brotan grietas zigzagueantes se abre en el punto donde mi cabeza ha golpeado. Entre las líneas quebradas, los añicos forman una retícula similar a una telaraña. En el centro exacto del impacto, sin embargo, algún fragmento debe de haberse desprendido, pues se aprecia un pequeño hueco de contornos irregulares a través del cual se cuela una brisa fresca, limpia que me acaricia la cara. Un orificio minúsculo pero, con un poco de suerte, lo bastante amplio como para que una mosca pase por él. Acerco la mano al breve agujero y abro los dedos. De inmediato la mosca se eleva veloz en el aire. Y todo sucede muy rápido. Quizá atraída por el soplo de aire puro, o tal vez consciente de que se trata de su última oportunidad de escape, su vuelo resulta esta vez firme y preciso. Su trayectoria traza una perfecta línea recta hacia la abertura que le permite atravesarla al primer intento. Con la cara pegada al cristal veo cómo la mosca se adentra en la libertad sin mirar atrás. Enseguida, engullida por la luz, el aire y el cielo, desaparece de mi vista. Y yo me quedo allí, con lágrimas de emoción en los ojos al imaginar a mi mosca libando feliz el cadáver de un gato, teniendo cientos de larvas o, en su faceta cojonera, tocándole los huevos a algún capullo. No sé, mil cosas, todas bajo la luz del sol. De pronto la voz de mi jefe a mi espalda me saca bruscamente de mi ensoñación. Qué ha pasado aquí, pregunta con expresión de desconcierto desde el dintel de la puerta. Intento contestarle, sincerarme, explicarle lo sucedido. Abro la boca, pero de ella solo me nace un siniestro zumbido. Lo reprimo enseguida. Finjo encontrarme sumido en medio de uno de esos intervalos de idiotez que sufro cuando mi jefe interrumpe mis trances. Bueno, apostilla él a mi silencio, date prisa con ese listado, eh, lo quiero para ayer. El jefe se va cerrando de un portazo. Yo me siento en mi silla giratoria. Me seco las lágrimas con un folio. Y, apurando mi esperanza, me paso la mano por la frente otra vez, en busca de sangre. Pero nada: ni rastro. Ni una gota. En fin, me acomodo en el asiento, respiro hondo y empiezo a teclear. Respiro hondo y sigo tecleando. Respiro hondo y con cada pulsación en el teclado lo que acaba de ocurrir se difumina un poco en mi mente. Lo estoy logrando de nuevo. Mi cerebro se desactiva por sectores. Con cada pulsación doy un paso más hacia mi bendita torre de marfil. Avanzo, si no feliz al menos no infeliz, hacia el Nirvana. Lo que pasa es que, de repente, un hilillo de sangre brota de la herida de mi frente, resbala por el puente de mi nariz y gotea espectacularmente rojo sobre mi pálido escritorio. Sin más, me levanto, cojo la chaqueta del respaldo y me largo a la calle. Aún tengo sangre. Aún estoy vivo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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