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Hoy he pasado por la calle Norte y me he acordado de mis abuelos paternos, los únicos que de verdad conocí. Me he acordado de su casa. Y sobre todo me he acordado de mi abuelo y de nosotros. Quiero decir mi hermano y yo. Mi hermano y yo de chavales, algún que otro sábado por la mañana, quitándonos de encima la resaca con la rapidez y facilidad de la juventud plena y yendo a ver a mis abuelos. Me he acordado también y muy vívidamente del olor de aquella vieja casa de renta antigua. A leche de bolsa hervida y naftalina y pan de leche. Y de los maullidos perezosos de los gatos que tomaban el sol matinal en el patio interior de la manzana. Me he acordado del pesado tic-tac del basto reloj de pared de madera negra, como un pequeño ataúd colgado cerca del alto techo. Y del rumor del pequeño transistor que mi abuela llevaba en un bolsillo del baby mientras hacía faena, agotada pero incansable. Y, ya digo, el trasto siempre encendido dentro del bolsillo y siempre radiando la misa, los salmos o el jodido Ángelus, porque mi abuela solo escuchaba Radio María. Y me he acordado de ella dándole el desayuno a mi abuelo. Café con leche y membrillo y pan de leche, creo que ya lo he mencionado, en fin, todo muy fácil de masticar. Porque mi abuelo había tenido una embolia siendo aún relativamente joven, al poco de cumplir los sesenta, que lo había dejado hecho una mierda. La mitad derecha del cuerpo muerta. La otra torpe, atrofiada. Y, joder, la lengua literalmente de trapo. Daba igual lo mucho que te esforzaras en descifrar lo que el pobre viejo intentaba decir: si la palabra en cuestión tenía dos o más sílabas no se le entendía un carajo. En definitiva, que aquel ataque había condenado a mi abuela a limpiarle el culo a su marido las veces que hiciera falta todos los putos días. Por su parte el viejo tenía que ver pasar la vida a través de la ventana de aquella jodida salita y oír misa todo el santo día sin poder hacer otra cosa que emitir algún balbuceo como protesta. Vamos, un panorama desolador para ambos. La cara dura de la vejez. Nada de guateques del Imserso en Benidorm ni partidas de dominó con los colegas del bar. Y, joder, aquello tenía que ser un suplicio para mi abuelo. Lo habría sido para cualquiera, está claro, pero el viejo tuvo que pasarlo particularmente mal sentado en aquella silla cuyas ruedas ni siquiera podía empujar. Él, joder, que para bien algunas veces y para mal la mayoría siempre había hecho lo que le había dado la gana… Ahora, casi ya durante veinte años, se veía dependiente de su mujer para cualquier cosa que quisiera hacer en casa. Y, seguro que para él más triste aún, completamente dependiente de sus hijos y sus nietos para lo que quisiera hacer fuera de aquel tercero sin ascensor. Así que hoy he pasado por la calle Norte y me he acordado de aquellas mañanas de sábado en que mi hermano y yo íbamos a casa de mis abuelos y entre los dos bajábamos la silla a pulso por las escaleras. Mi abuelo sentado en ella, en la cara la sonrisa entre ilusionada y maliciosa de un rey repuesto en el trono, de un niño ante el escaparate de una juguetería. Después lo llevábamos a la Bodega El Pilar. El camarero y los vejestorios habituales le saludaban con un cariño que parecía sincero. Le pedíamos un tinto y le ayudábamos a bebérselo. Le echábamos cuarenta duros en la tragaperras y nos hacíamos unas cañas mientras veíamos cómo manejaba las luces de la Cirsa. Y luego nos íbamos a picar unos calamares al Bar Ricardo, en el chaflán soleado de Norte con Zamenhoff. Justo al lado estaba y está el sex shop Moncho. Y siempre le hacíamos la misma jugada al abuelo. Encarábamos su silla hacia el escaparate y le dejábamos allí un rato, a un palmo de los corsés de satén y los ligueros con puntilla, riéndose con picardía, mientras mi hermano y yo nos sentábamos en la terraza del bar con sendos quintos helados. Y mirábamos al viejo. Cómo se reía. No sé qué coño le evocaría aquella lencería, ni me importa. Pero era bueno verle descojonarse. Y los piropos que les lanzaba a las mujeres que pasaban en su jerga imposible. Sí, cómo se reía. Y cómo nos reíamos. Él, nosotros, los camatas del Ricardo, el tipo del Moncho y las señoras. Hoy me he acordado de eso. Y de cómo brillaba el aire aquellas mañanas. Ojalá hubieran sido más. Por él. Por ellos. Y por mí.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Sex shop

  1. jano dijo:

    Cómo tenazas.

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