Tuerto

Era un hombre sobrepasado que conducía asustado por la carretera desierta. Sintiéndose presa de algo terrible. El miedo y el cansancio dentro. Intentando disimularlo.

Al poco se le estropeó el coche a la orilla del mar de trigo reseco. Difícil concretar dónde. El mismo paisaje plano de la última hora. El culo del mundo, por ejemplo, kilómetro trescientos dos de una carretera devastada. Se lo pensó un buen rato antes de llamar al seguro. La grúa, dijo aquella cantarina voz indiferente, tan profesional, tan femenina, aún tardaría un par de horas largas.
Eran las cuatro de la tarde. Mediados de verano. Sol. Sol. Calor insoportable. Ni un puto árbol a la vista. El asfalto ondulaba el horizonte transformado en oleaje resplandeciente de petróleo. El aire inmóvil abrasaba. Y no sabía qué le habría pasado al motor pero el aire acondicionado tampoco funcionaba. El habitáculo era un auténtico horno. La tapicería quemaba como plástico fundido. Buscó sin fe en el maletero. Algo de beber. Una botella de refresco reblandecida por el calor contenía dos dedos de una agüilla turbia que prefirió no probar. Encontró un trapo manchado de grasa. Lo desplegó. Intentó hacerse con él una especie de turbante. Lo consiguió a duras penas, y se sentó a la raquítica sombra del lateral del coche.
Estuvo allí cuarenta y cinco minutos, durante los que ni un solo vehículo pasó por la carretera. Aburrido, se levantó a estirar las piernas. Se alejó veinte, cincuenta, ciento cincuenta metros del coche. Entonces vio la silueta aproximadamente a un centenar de pasos campo adentro. Una silueta claramente reconocible, pero extraña al mismo tiempo. En fin, la típica y tópica silueta de un espantapájaros recortada contra el cielo quemado de la tarde. Se encaminó hacia ella, lógicamente.
Las espigas tiesas, abrasadas le aguijoneaban las piernas a través de los pantalones. También los brazos y el abdomen. El ruido de su cuerpo desplazándose a través del trigo era como un chisporroteo. Le recordó al crepitar de los pinos que ardieron en aquel incendio que viera de niño con su padre, en un pequeño bosquecillo cercano al pueblo. Fue el último día que pasó con su padre. No había vuelto a verlo nunca.
El viejo se empeñaba en llevarle allí dos o tres veces a la semana. El viejo, al que todo el mundo llamaba el Tuerto precisamente porque lo era. Le enseñaba a cazar pájaros haciendo trampas de resina a la orilla de los pequeños huecos de roca en los que se acumulaba la lluvia. Le enseñaba a cazar culebras con un palo. Le enseñaba a resistir el dolor de atravesar a pie zarzales, descalzo, sin pantalones, sin calzoncillos. Desnudo. Le enseñó demasiadas cosas hasta el día en que el fuego los sorprendió en aquel bosque. También los primeros vecinos que acudieron corriendo a apagar las llamas los sorprendieron allí, juntos.
Así que las punzadas y el ruido como de vegetación en llamas le trajeron recuerdos demasiadas veces repasados. Y el hombre quiso quitárselos de encima acelerando el paso hacia el espantapájaros.
Al fin llegó a las inmediaciones del espantapájaros. Estaba en el centro de una pequeña explanada circular. Le sorprendió el tamaño del muñeco. Superaría los dos metros y su estructura era de una delgadez corpulenta. El pecho ancho y las extremidades largas y de aspecto fuerte. Espartos, ramas secas y sarmientos asomaban por las perneras del mono vaquero curtido de polvo y mugre y por las mangas y los descosidos de la descolorida camisa de cuadros. Un saco de tela de abono hacía las veces de cabeza. Ningún sombrero de paja la cubría. La boca era un agujero amorfo a través del que, de tanto en tanto, podía observarse cómo el interior del cráneo se hinchaba como una vela sucia a voluntad del mínimo aire. El único ojo, un tapón de lata de gasolina ligeramente descolgado, le clavaba la mirada.
El hombre sintió la necesidad de darle un final digno a aquel espantapájaros. Se dirigió al coche, creía recordar que tenía unas cerillas en la guantera. Las espigas volvieron a pincharle, igual que poco después, caminando de vuelta al pelele. Pero aquella fue la última vez. Poco después todo ardía definitivamente.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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