La tuerca suelta

El hombre del fondo
de la barra resucita
un poco. Sorpresa.
Hace solo un minuto
habría apostado que
estaba muerto. Muerto
o deseando estarlo,
la cabeza abatida sobre
la barra, el coñac al lado,
denso, caliente, turbio,
a las ocho de la mañana.
Pero ahora carraspea,
se pasa la mano torpe
por la cara hinchada,
y me pide el periódico.
Se lo doy al camarero
para que se lo acerque.

Ya me he puesto al día
en muerte y desolación
a lo largo y ancho del
pequeño gran mundo.
Dieciocho de marzo,
te pareces tantísimo
a cualquier otra fecha.
Me levanto, pago y
salgo hacia el trabajo.

Mi corazón late, sí,
pero con un ruido raro.
Suena como imagino
que durante un segundo
antes de hacer historia
debió de sonar la tuerca
suelta del Columbia.
Fuga de combustible.
Toneladas y toneladas
de combustible.

El día ha amanecido
limpio, azul, apacible.
Incluso los gorriones
cantan con armonía
en las ramas peladas
de los árboles que
aún sobreviven en
este jodido desierto.

Pero sé que algo está
a punto de arder.

Miro las fachadas, miro
las azoteas, las nubes.
Blancas, algodonosas.
Simple vapor de agua.

Pero no, no es cierto.

Yo sé que hay humo
en sus panzas traidoras.
Humo tóxico. Sé que
algo está ardiendo. Ya.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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